jueves, 4 de marzo de 2021

CASI NADA SE PIERDE

Sergio Gaut vel Hartman


 

 El tipo me abordó cuando regresaba del cementerio.

—No se resigne —dijo. Era delgado, muy alto y hablaba chistando las eses.

—¿Usted qué sabe? —repliqué amoscada—. Y salga del paso. —Además de inoportuno, el sujeto era desagradable y olía mal.

—Sé todo. La enfermedad de Aldo, lo mucho que luchó para no morir. Hubiera merecido seguir viviendo.

No pude reprimir el llanto. Odiaba llorar delante de un extraño, de un desconocido; y más aún frente a aquel engendro que parecía salido de una mala película de terror.

—¿Y a usted qué le importa? —argumenté cuando pude reponerme un poco—. No es asunto suyo.

—Me importa, porque puedo devolvérselo.

Tardé cinco segundos en asimilar el impacto y otros diez en elaborar una respuesta válida, aunque creo que no fue la que el tipo esperaba.

—¡Déjeme en paz!

El sujeto se irguió, alejándose de mí como un pájaro que levanta vuelo. Reparé en el tamaño de las orejas, cubiertas de pelo rojizo y en los ojos de un azul tan intenso como nunca había visto en un adulto. No era el mejor momento para reparar en esos detalles, lo sé, pero así ocurrió, aunque no fue nada si lo comparo con lo que dijo.

—No ando por ahí resucitando gente, señora. No pretendo ser un dios, ni tampoco un mago —señaló acercando de nuevo la cabeza a mi rostro; la fetidez del aliento era insoportable—. Trabajo para New Life, una empresa reconstructora. Usted puede dejar que el cuerpo de su marido se pudra en el cajón o puede autorizarnos a exhumarlo para que nosotros nos ocupemos.

—¿Qué se ocupen de qué? —Junté la aversión que sentía con el recelo que el tipo me despertaba, y ante mi propia sorpresa, le concedí cinco minutos—. Explíqueme qué quiso decir con eso de… ocuparse.

El sujeto movió la cabeza e hizo crujir las vértebras del cuello; las orejas parecieron disminuir de tamaño y parpadeó varias veces. Luego, sacando un folleto ilustrado de una ajada cartera marrón, apuntó el encabezado con un dedo largo, rematado por una uña sucia.

—A la gente que se muere —dijo hablando con exasperante lentitud— no le fallan todos los órganos al mismo tiempo.

—¿Qué quiere decir?

—Su marido tenía cáncer, pero murió por un paro cardíaco. —No estaba preguntando. Era como si hubiera tenido la historia clínica de Aldo delante de los ojos—. Eso significa que el cadáver es aprovechable.

—¿Aprovechar el cadáver? ¿De qué está hablando? —Sé que soné exasperada, casi al borde de la histeria, pero no me importó; ya no me importaba nada. Al tipo le quedaban dos minutos antes de que le arrancara los bellos ojos azules.

—Sintetizo —dijo el agente de New Life sin inmutarse, aunque estoy segura de que era consciente de que su tiempo se agotaba—. La Empresa acondiciona el cuerpo del difunto para que operen un centenar de nanobots inteligentes controlados por un procesador alojado en el bulbo raquídeo. Su marido recuperará la mayor parte de las funciones motoras, podrá hablar, reír y jugar a la lotería de cartones.

—¿Habla en serio? —estallé—. Ustedes no tienen sentimientos.

—Tenemos, señora, tenemos —replicó él, haciendo alarde de una paciencia infinita—. En el lugar de la sangre inyectamos silicoil, un fluido que facilita los desplazamientos de los nanos por todo el cuerpo.

—Es una locura —murmuré. Pero fue evidente que el tipo de New Life oyó lo que dije.

—No lo es. Le garantizamos el setenta y cinco por ciento de su marido original.

—¿Me garantizan qué? —exclamé volviendo a sacar las garras.  

—El setenta y cinco por ciento de lo que fue su marido, tal vez hasta el ochenta. Eso significa que volverá a ser tres cuartas partes de lo que era. —No quise preguntar cuál sería el cuarto que no iba a funcionar. Y el vendedor pareció captar mis pensamientos de inmediato—. Una parte se ha perdido para siempre, lo siento. Pero le sugiero ver la copa medio llena y no la copa medio vacía. —Y tras decir esto volvió a apartarse de mí. Lo vi como en un sueño, flotando hacia atrás, las orejas agitándose como alas y el aliento fétido perdiendo consistencia en el aire.

—Espere, no se vaya. ¿De cuánto dinero estamos hablando?

 

Aldo regresó una tarde de otoño. El viento parecía haberse ensañado con las persianas y la casa estaba impregnada de una humedad viscosa, quizá la respuesta del ambiente a mi ansiedad. Temblaba; todo mi cuerpo era un bloque de aserrín y podía desarmarse en cualquier momento. Me habían dicho que Aldo volvería en el curso de la semana, pero yo me preparé para que fuera el viernes, no el lunes. Tocaron el timbre como vulgares repartidores de pizza y se quedaron quietos, esperando a que yo abriera la puerta.

—¿Leticia Romani? —dijo el más bajo y calvo. Era una pregunta, pero sonó como la orden de un sargento a su tropa.

—Soy yo.

—Traemos —consultó el artefacto que llevaba colgado del cinturón— a ZA-34. Restitución grado A. Garantizado 80 por ciento. —Sacó una hoja de papel y me la tendió. Yo, hasta ese momento, no me había atrevido a mirar a Aldo a la cara, pero el gesto del otro repartidor —porque de algún modo debo llamarlo— empujando a mi marido muerto y resucitado hacia delante, como si quisiese sacárselo de encima, me obligó a fijar la vista en el abrigo de gabardina demasiado estrecho, en la camisa de cuello raído, en los puños gastados. Era Aldo y no era, como los muertos son y no son las personas que fueron cuando estaban vivas. En ese momento pensé que todo había sido un error. Pero también pensé que era maravilloso tenerlo de nuevo en casa. El repartidor calvo interrumpió esos devaneos al sacar un sobre de su mochila y mover la mandíbula hacia adelante, una inequívoca señal de que tenía que tomarlo.

—¿Qué es? —balbuceé.

—La tarjeta, señora —dijo el empleado de New Life, como si mi pregunta hubiera hecho desbordar su malhumor—. Tiene que llevarla para pagar las cuotas, a menos que adhiera al sistema de débito automático.

Lo miré de arriba abajo, incrédula. Yo estaba recuperando a mi Aldo, lo estaba trayendo de regreso de la muerte y ellos me hablaban de cuotas y débito automático.

—¿No podemos dejar eso para otro momento?

—No, señora —dijo el segundo repartidor—. ¿Se creé que este es el único… el único que tenemos que entregar?

Había estado a punto de decir el único paquete, o el único muertito, pero se contuvo a tiempo. Yo, en cambio, no tenía muchas ganas de contenerme. Solo la presencia de Aldo, parado como un guardia de seguridad en la garita de un barrio privado, evitó que hiciera una escena.

—Firme acá —dijo el repartidor más alto. Firmé.

—¿Es todo? —pregunté.

—Es todo —dijeron a dúo. Pensé que se parecían a unos cómicos ridículos, que nunca me habían hecho reír. Abbott y Costello, creo que se llamaban. Hubiera querido burlarme, herirlos, pero no se me ocurría nada. Y Aldo seguía parado, inexpresivo, como esperando una orden que no llegaba.

—¿La zeta es por zombi? —dije de un modo inesperado, inclusive para mí. Los repartidores de New Life se quedaron duros como piedras.

—¿Cómo lo supo? —susurró el más bajo.

—No importa. ¿Hay que activar algún código? —Extendí la mano, esperando que me dieran otro sobre, esta vez con instrucciones, pero los tipos dieron media vuelta y se marcharon hacia la camioneta que habían dejado estacionada a unos cincuenta metros de la puerta de casa, por falta de lugar. Miré mi brazo estirado y lo adelanté algunos centímetros más hasta alcanzar el hombro de Aldo, que no se había movido—. Entremos, que está empezando a refrescar —dije.

 

La casa se fue transformando en una prisión sin rejas. Aldo permanecía sentado todo el día en el que fuera su sillón favorito, con la mirada perdida, en silencio. No necesitaba comer, dormir o ir al baño. Los nanobots hacían todo el trabajo nadando en el silicoil que circulaba por los tubos que le habían injertado. Es cierto que contestaba a mis preguntas y que a veces hacía comentarios y deslizaba sugerencias oportunas, pero era evidente que eso era obra de un ingenioso programa y que, en síntesis, lo que me habían devuelto era poco más que una marioneta, un muñecote pasivo y aburrido. A fin de cuentas, esta versión envilecida de Aldo solo era un poco más tenue que la que ostentaba hasta poco antes de enfermarse. Si el cáncer no hubiera activado mis circuitos compasivos habríamos desembocado en una irremediable separación. Se lo terminé diciendo de un modo que creí elíptico.

—Todo este dinero inútilmente gastado… para terminar así, como dos extraños.

—Nuestro dinero —respondió Aldo.

—¿Qué dijiste?

—Que es nuestro dinero —insistió él, imperturbable.

—Estás legalmente muerto…

Sonrió; no creí que semejante gesto estuviera entre sus talentos.

—Los de New Life se ocuparon de anular el certificado de defunción.

Me quedé petrificada. O sea que todo había sido una trampa, una celada cuidadosamente preparada para sacarme mucho más dinero del que costaba ese monstruo. Traté de argumentar y todo lo que brotó de mis labios fue un sollozo. Me levanté y fui hasta el bargueño, saqué un botellón de cristal en el que guardábamos coñac y me serví una copa.

—No te ofrezco porque imagino que el alcohol podría dañar tus tuberías.

—Sería cuestión de probar —replicó Aldo, enigmático. El nudo en mi garganta se estrechó aún más; no solo no sabía qué decir, sino que una terrible sospecha empezó a germinar en mi mente. Tragué el coñac y sentí que el ardor del líquido apenas podía compensar la furia y el odio y el desencanto que me habían tomado por asalto.

—No estás muerto —logré balbucear.

—De hecho, no —dijo Aldo—. Morí, en todo caso, pero no estoy muerto.

—¿Y el cáncer?

—Es difícil de explicar, pero en las actuales condiciones se ha vuelto inofensivo.

Lo enfrenté. Mostraba el mismo aspecto mustio de cuando llegó en la camioneta con los repartidores de pizzas; seguía sentado como un gran panda de peluche, inactivo, impasible. No era Aldo; era un simulacro de Aldo, una burda falsificación.

—¿Por qué volviste, para qué?

En el caso de que tal gesto estuviera en su repertorio, puedo decir que se sorprendió.

—Es una pregunta estúpida —dijo—. Acordaste mi resurrección con los de New Life. Pagaste un adelanto y te comprometiste a saldar el resto en veintitrés cuotas. Compraste un marido muerto y resucitado para que mitigue tu soledad.

—¡Que mitigue mi soledad! —estallé—. ¿Cuándo, dónde, en qué sentido? No dormimos juntos, no hacemos el amor, no salimos a pasear. Todo es no. Tengo un androide a cuerda sentado en el sillón de la sala; he comprado un adorno. ¿Eso es lo que mitiga mi soledad? Un jarrón de porcelana sería más divertido y cálido.

Aldo, o lo que fuera aquella aberración que me habían devuelto los de New Life, se levantó chirriando del sillón. ¿El ruido que ahora hacían los nanobots era un desperfecto, se había terminado el silicoil? Avanzó hacia mí exhibiendo un destello inusual en los ojos, extendió los brazos y las manos se convirtieron en garras. Un potente y agudo sonido de alarma señaló que algo estaba fallando en los sistemas, pero eso no fue un obstáculo para que Aldo pronunciara la frase más absurda de las últimas semanas.

—Vamos a la cama. Quiero que tengamos sexo.

No lo podía creer. ¿Eso? ¿Tener sexo? ¿De dónde había salido esa propuesta? ¿Acaso había un técnico de New Life manejando a ese… artefacto por control remoto y ahora se divertía a mi costa?  Aldo avanzó otro paso y yo retrocedí. De nuevo me veía sumergida en una pésima película de horror, como cuando el vendedor me había hecho la oferta de resurrección. Las zarpas del ser inverosímil buscando el cuello de la mujer para estrangularla. Y ningún héroe providencial a la vista.

Mi espalda chocó contra la pared mientras mi cerebro funcionaba a toda velocidad. ¿Era el cadáver de Aldo reciclado? ¿Un sustituto fraudulento, bien maquillado, que New Life había preparado para estafarme? ¿Qué era eso que se disponía a asesinarme?

Dicen que siempre hay una salida. Y en este caso la salida tenía la forma de un atizador de bronce. Aldo, o lo que fuera, no esperaba mi reacción. Descargué la vara de metal sobra la cabeza y golpeé, golpeé, golpeé, golpeé…

 

Hubo un lapso en blanco. Una niebla azulada que cubrió el universo, la ignorancia feliz de perder el sentido. Cuando abrí los ojos, el rostro grotesco del vendedor de New Life ocupaba todo el campo de visión. Las orejas velludas se agitaban como banderas. El aliento fétido me agredía como la primera vez, pero ahora su expresión era tierna, la que un padre brinda a su hija en falta.

—¿Qué hizo señora?

—¿Qué hice?

—Mire.

El sujeto movió el brazo en abanico, como un ilusionista que está a punto de revelar el resultado del truco y cuando terminó de hacerlo, vi al peluche tirado boca abajo sobre la alfombra, el cráneo partido y una sustancia negra manando de la raja.

—¿Es silicoil? —pregunté como una estúpida.

—Eso no importa. A propósito, mi nombre es Olegario Franchini.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Vamos a tener que empezar de nuevo. Y eso es muy caro, muy caro.

—¿Eso muerto es Aldo o qué?

—Eso tampoco importa, señora. Lo malo es que la reparación va a costar el doble de lo que costó preparar el original. Y su marido ya no será un ochenta por ciento de lo que era sino solo el cincuenta, o tal vez el cuarenta. Mire cómo le destrozó el cráneo.

—¿De qué está hablando? —El discurso del tipo de New Life no contribuía a que yo me sintiera menos aturdida, obnubilada.

—Hablo de lo que tengo que hablar, señora. ¿O quiere pasar el resto de su vida en la cárcel?



(Este cuento está incluido en CUERPOS DESCARTADOS, Sinergia, 2019)

  

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