jueves, 26 de agosto de 2021

ARGUMENTAR EN TIEMPOS DE PANDEMIA

José Luis Velarde


Las crisis que agobian a la humanidad entera se reunieron en un foro especial celebrado en las cavernas Veryovkina, a más de dos kilómetros de profundidad en las montañas del Cáucaso ubicadas en Georgia, para analizar el desempeño colectivo entre el 2020 y el 2021. Las primeras crisis en tomar la palabra expusieron un recuento favorable por las múltiples erosiones causadas en individuos, empresas tan poderosas como países y países tan débiles como individuos tras la eclosión de un virus de exagerada mutabilidad e inmortalidad aparente. Privilegiaban a un transformista capaz de superar las diversas vacunas que pretendieron eliminarlo, aunque sólo dejaran tras de sí victorias aparentes. En año y medio fue declarado endémico ante la impotencia de la industria farmacéutica para crear fórmulas que pudieran exterminarlo. Los organismos responsables de la salud pública se confirmaron incapaces de obtener antídotos que pudieran aplicarse en los menores de dieciocho años con la prontitud necesaria. Los gobernantes se vieron obligados a reanudar las actividades públicas en espera de la inmunidad de rebaño. La población hastiada de los meses de encierro y restricciones emprendió festejos que pronto incrementaron los contagios incluso entre la población ya vacunada.

Las ponencias fueron leídas entre aplausos hasta que llegó el turno de Crisis Moral, una participante que solía exceder las atribuciones reglamentarias, pues en vez de provocar el desaliento de manera consistente solía otorgarse facultades para juzgar el desempeño de las diversas instancias inscritas en la Asociación de crisis polivalentes para el deterioro humano (Acripodehum). Su mera presencia fue recibida con abucheos, pues desde los tiempos del diluvio había manifestado su pesadumbre, por considerar que destruir a la mayor parte de los seres vivos constituía un castigo terrible y una lección innecesaria. A nadie agradaban las opiniones que contrariaban las disposiciones generales dictadas por el organismo colegiado y Crisis Moral solía hacerlo, pero sus peores enemigos siempre encontraron difícil expulsarla, incluso en los días de Sodoma y Gomorra o durante las guerras mundiales y otras campañas de exterminio, pues el tema dejado bajo su control nunca necesitó demasiados estímulos para provocar desaliento en cualquier ámbito o persona. Crisis Moral obtenía las mejores calificaciones y destacaba entre sus pares. Era repentina e impredecible. Sus congéneres temían que, entre todas, fuera la única, porque desataba crisis emocionales, financieras, sicológicas, laborales, educativas, epilépticas o de cualquier otra índole. Podía ser generalizada o focal como una aguja punzante en un punto específico de sus víctimas o sus compañeras de oficio. Sembrar dudas le resultaba natural y por donde iba solía crecer el dolor incluso a partir de reflexiones diminutas y apariencia inofensiva.

En diversas ocasiones se había demeritado su mera existencia por considerar innecesario contar con una crisis tan dada a la compasión y a criticar el trabajo de sus colegas que la oían con hartazgo.

—Los seres humanos parecían encaminarse al colapso procedente de la irracionalidad colectiva, el descontrol de los natalicios y los incontables abusos cometidos en contra de la naturaleza, sobre todo a partir de la Revolución Industrial surgida en los años finales del Siglo XVIII.

Crisis Moral alzó la mirada ante algunos abucheos. Por un momento pareció abandonar el podio. Su voz la contradijo al manifestar con firmeza.

—Cierto es que la endemia y el desaliento provocado por muchas de las crisis que hoy escuchan mis palabras son entidades poderosas. Tanto que podrían matarnos sin imaginarlo siquiera.

Las participantes apenas rozaron el sentido de lo dicho por la ponente.

—Las conmino a recordar que existimos para evitar que los hombres sueñen ser dioses. Nuestra misión consiste en mantenerlos dentro de los sueños alcanzables y la cordura de cualquier criatura mortal, aunque cierto es que las razones fundamentales terminaron extraviadas en un hálito de maldad generalizada. Por eso hoy convoco a todas ustedes para que revisen sus conceptos y reconsideren si desean morir junto con la especie humana.

El recinto se adentró en las profundidades del abismo cuando las crisis reflexionaron sobre lo dicho y las sombras intercambiaron posiciones y murmullos hasta extender el silencio.

—Regocijarnos por un colapso generalizado involucra extinguirnos. Ninguna de nosotras podrá subsistir sin los humanos.

Desde las profundidades de la caverna resonó la voz siempre inestable de Crisis Nuclear.

—Podremos reanudar nuestras actividades en cualquier parte del universo donde quiera que haya seres inteligentes —afirmó proteica en el mismo instante que un conflicto de credibilidad la invadía para dejarla sin argumentos.

Crisis Cultural intervino para complementar lo dicho por su compañera:

—Yo lo dudo. No llegaremos a otros mundos con sólo imaginarlo. Hasta hoy nuestro recorrido más largo fue compartido con astronautas hayan vuelto o no. Y de emprender el supuesto viaje interestelar que sugiere nuestra amiga radioactiva, las invito a reflexionar sobre las características de los destinatarios. ¿Si los seres humanos respiran oxígeno ya pensaron cómo podría manifestarse la vida en otros mundos? Tomen distancia de la química del carbono, olviden las formas humanoides. Imaginen globos de fuego como los descubiertos por el padre Peregrine narrado por Ray Bradbury. En aquellos seres el sacerdote encontró la inutilidad del ministerio de bondad que lo alentaba, pues al ser luz carecían de pecados en espera de redención. Eran puros por naturaleza y elección propia. Aquella historia ocurrió en Marte y nosotros no tenemos forma de viajar, aunque nos pese, sin los seres humanos. Nunca supimos de entidades semejantes a nosotros que no fueran narradas en novelas o ensayos de origen terrestre.

Crisis Espiritual fue la primera en notar cómo Crisis Depresiva asumía el control de sus congéneres. Una a una, padecieron los efectos que durante tantos años habían alimentado; se derrumbaron ante la incertidumbre, el dolor, la melancolía, el pánico y el rumor de una enfermedad desconocida para ellas. Cuentan algunas sobrevivientes que sufrieron los achaques causados por un virus transmitido por Crisis Moral durante una reunión celebrada en alguna caverna europea. Sorprendidas, aún intentan recuperarse, pero el resurgimiento luce imposible, conforme descubren entre ellas mutaciones que nunca imaginaron. Vicisitudes destinadas a recordarles que son tan perecederas como los padecimientos y anhelos divinos de los hombres extraviados en la inmensidad del universo.



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