lunes, 6 de septiembre de 2021

EL ESPECIAL DEL DOMINGO CINCO

El TALLER 9 tiene estas cosas. El domingo 5 al mediodía convoqué a un ESPECIAL de apenas doce horas de duración. Estos son los cuentos producidos en un lapso tan exiguo.

 


En casa no tomamos

Silvia Travi

 

Me levanté a las nueve y media. Preparé las cosas para la atención de mi familia con la pesadez típica de la rebeldía. Una norma de dieciocho horas que amanece con un hilo delgado de fiaca y desemboca como torrente en un delta de gritos y malentendidos. Y a dormir, con los nervios en corto.

Esta mañana mi hijo decidió ir a un cumpleaños solo, “remando” con su silla. Tiene derecho, es un hombre de treinta y cinco años, aunque los padres temblemos de pavor.

¿Y si lo asaltan, lo tiran de la silla, le pegan? ¿Si se queda varado en la calle?

A veces me pregunto si esos temores no serán deseos.

Mi marido y yo suplantamos la bebida, tan presente hoy en día, por peleas llenas de violencia y angustia. Nunca a las manos ni al insulto directo. Sí a la incomunicación.

Hace un rato llamó él. Está con los amigos. Respiro tranquila.

No pienso discutir durante su viaje de vuelta. Va a venir  solo, “remando”, como su padre y yo.

 

Domingo caos

Jésica Galeano Jarcousky

 

Domingo niños. El descanso es imposible. La mente se aletarga, es el sueño, el dormitarse frente a la computadora. Intentar ordenar. Juntar ropa sucia, con el cansancio de llevar un pensamiento elefante. O peor, pensamientos hormigas, muchas hormigas que perdieron su instinto y van corriendo en diferentes direcciones, pero llevando cada una su propio elefante.

Hay un montón de loros hablando al mismo tiempo y cada uno lucha por posicionarse de mis oídos. Esa batalla descomunal, zoológica que intento acallar.

Mi hija sale al patio, no la veo y come tierra. Se come a las hormigas con sus elefantes, a los loros parlanchines y, me devuelve a la realidad.

 

Casi un buen día

Joyce Barker

 

Limpió y ordenó la casa. Aprovechó de botar antiguos papeles y manuales. “¿Qué haré después?”, pensó, temiendo que el fin de sus actividades la llevara al aburrimiento y luego, inevitablemente, a un estado ansioso de querer hacer algo y no saber qué. O peor, que tenga que hacer algo sin querer hacerlo. No, no podía permitir que el último día de la semana terminara así. ¿Último? Eso es discutible. “Y ¿qué pasaría si salgo vestida de…? No, mala idea”, pensó. Se puso una mascarilla facial de pepino, y esperó unos minutos. “Iré a comprar cigarros con vestido largo”. Abrió el clóset en busca del vestido de fiesta, pero se encontró con un pequeño hombrecito que gritó y salió corriendo.

—¡Perdóneme! No era mi intención estar acá, algo pasó con el dispositivo —dijo, mostrándole una cajita amarilla parecida a las de fósforos. El hombre no medía más de treinta centímetros, y estaba vestido de frac.

—¿Qué hacías en mi clóset?

—Fue una equivocación. Debí aparecer en el bar “Placard”.

—¡Un bar de otra dimensión! Qué entretenido. ¿Puedo ir? Me tomaría un trago.

—Mejor que no, se podría asustar. Hay gente extraña y tocan bandas muy ruidosas; venden drogas, y además tendría que achicarse.

—¡Vamos!

—Pero, señora…

—Me vuelves a decir señora, y te aplasto.

—Ok —dijo, mirándole la cara embetunada y el buzo deportivo—. ¿Va a ir así?

—¡Tutéame!

—No puedo, sería insolente.

—Está bien… —respondió resignada—; ¿allá están tus amigos?

—Sí: Ana, María y José. Son una banda.

—¡Qué coincidencia! Me llamo Ana, y tocaba en una. Mira esta foto.

—¡Ana! ¡Eres tú!

—¡Pedro! —lo abrazó fuertemente. El hombrecito no respondió—. ¡No! —Corrió a buscar el manual para revivir criaturas, pero lo había botado al ordenar la casa.

 

 

Nostalgia

Eri Echilley

 

El séptimo día de la semana tiene estas cosas: la nostalgia eterna de un recuerdo en pausa, la añoranza de lo imposible, los estrépitos de una soledad acostumbrada.

Te escucho, Ma. Mientras Horacio Guaraní grita desde la casa del vecino. Cierro los ojos y te veo abrir la puerta, atravesaste el portal dimensional entre la muerte y la vida para contarme que encontraste las galletitas de oferta en Día, esas que me gustan. De repente, el ruido del colectivo me cachetea la melancolía y desaparecés.

Me hago la tonta, pero te extraño. Engañó al dolor de tu recuerdo anotándome en cuanto curso se me cruce. Mi carrera se remanga los puños y me saca a flote. Qué difícil hacer que flote una piedra del tamaño del mundo, “pero no imposible", dice la literatura, mientras escribo una parodia de Hansel y Gretel con Kristeva y Luisa Valenzuela.

He empezado a creer que los domingos y yo somos enemigos mortales, porque la nostalgia me transporta hasta tu sonrisa, pero me cierra la puerta en la cara.

La casa de la abuela es ese lugar seguro al que viajo para abrazarte fuerte. Ahí mi infancia me espera sentada debajo de la parra comiendo unas Manón. El abuelo le pone una sombrilla a la pelopincho y nos metemos a la sombra, mientras vos tomás mates con la abuela. De pronto, salgo corriendo de la pileta, esquivo un par de tábanos y te abrazo con la fuerza de un amor que se quedó en pausa.

Suena el teléfono. Vuelvo al presente, a la puñalada certera de ser la última persona que apaga la luz al irse a acostar. El domingo termina. Cierro las persianas. Tu silla vacía ahora sostiene un cúmulo de ropa. Te tiro un beso al viento y me desplomo en la cama.


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