lunes, 27 de septiembre de 2021

EL PORTAL DE CESIO

Joyce Barker

 

Sobre una enorme roca se encontraba la casa de Pedro, el encargado de cuidar el portal de cesio. Pensaron, y con justa razón, en un lugar apartado de todo y todos. Y era tan peligroso saber que existía, que se elegían candidatos sin vínculos sociales, que estuvieran dispuestos a vivir en zonas inaccesibles e inubicables, ni siquiera por satélite. Para acceder al puesto, Pedro, un hombre en sus sesentas, tuvo que estar encerrado en un cubo de aproximadamente tres metros cúbicos; dotado, en sus paredes plásticas, de innumerables botones que activaban los servicios básicos, y no tan básicos, requeridos por el usuario. El ejercicio de estar encerrado duraba seis meses, y estaba absolutamente solo en un radio de diez kilómetros. Pocos duraban tanto, pero Pedro estaba acostumbrado desde que tenía nueve años, cuando se encerraba en el armario, debajo de la cama o dentro de un baúl. Añoraba esos lugares cada vez que volvía del colegio, y no era porque lo molestaran, era simplemente que así, encerrado, podía obtener de vuelta la energía que entregaba a sus compañeros por su exceso desequilibrado de empatía, algo que no podía evitar y que lo dejaba exhausto en ciertas ocasiones.

Del portal de cesio no tenía idea y tampoco le importaba saber mucho, solo lo que alcanzó a investigar someramente en la red. Que era un metal líquido y hasta gaseoso a una temperatura semejante a la del cuerpo humano, y que era posible que fuera la causa de esas fotos horribles de médiums botando humo por la boca, nariz, orejas y quizás qué otros lugares del cuerpo. Cesio, era semejante a otros metales poco comentados, de los que aparecen en la tabla periódica. Sabía de los metales líquidos, el mercurio, evidentemente, pero por lo visto había más de características similares.

Le dijeron que el portal de cesio debía renovarse cada cierto tiempo, usando su propio cuerpo como filtrador. Pedro era experto en eso al poder absorber naturalmente la energía de la gente, que constantemente le pedía consejos o tiempo. Pedro nunca se negaba, pero había llegado el momento de vivir sin molestias.

Los controles de calidad del portal, eran mensuales, lo que incluía también el filtrado que hacía Pedro, simplemente usando la concentración. Era importante que no quedaran residuos en su cuerpo, al menos eso le dijeron.

Un día, y luego de una tormenta eléctrica que desbloqueó todos los sistemas de seguridad del sector protegido, una turba de turistas logró entrar al área protegida. Desconociendo completamente de qué se trataba esa reserva, y sin la capacidad de ver el portal, a diferencia de Pedro, se instalaron con carpas a pocos metros de su casa, que por fuera parecía una roca más. Él despertó rápidamente, percibiendo que algo no andaba bien. Al salir, se percató de los intrusos y fue corriendo a echarlos, pero los turistas, acostumbrados, le sonrieron y le pidieron que se calmara, que se habían perdido y que se irían luego. Pedro, como de costumbre, se llenó de las contaminadas energías de los intrusos y tuvo que ir a encerrarse en su cubo hasta limpiarse por completo. “Estos tarados… Y justo ahora que debo hacer la filtración del portal”.

Los turistas ya se habían ido cuando logró salir de su limpieza, y se dirigió al portal, aliviado de no tener que verlos de nuevo. Comenzó con el proceso de filtración, respirando pausadamente. Al terminar, se dirigió a su casa, exhausto. Durmió el día entero, y al despertar apretó el botón del baño, como de costumbre, pero un ruido insoportable comenzó a sonar. Era la alarma de emergencia. Pedro corrió a ver la información que aparecía en la pantalla roja y leyó: “Se ha registrado una actividad anómala en el portal. La zona completa está en riesgo. Quédese dónde está”. De los muros salieron unos tubos aspiradores que se pegaron al cuerpo de Pedro con ventosas y comenzaron a extraerle los residuos de cesio que habían quedado pegados a su cuerpo. “No me di cuenta de eso”, pensó. “Diríjase al portal”, anunció la pantalla.

Al llegar, su cuerpo comenzó a temblar, sintió que una avalancha energética era absorbida por su cuerpo, tanto, que se desplomó en el piso. De la casa de Pedro salió una camilla con ruedas que lo recogió utilizando brazos robóticos y se lo llevó al laboratorio que estaba debajo de la casa. En el pabellón, la pantalla mostraba la imagen de Pedro y seis personas más, para luego anunciar: “Comenzando la extracción de seis criaturas interestelares”. Pedro, riendo, pensó: “Cuántos más andarán por ahí buscando estos portales, disfrazados de turistas despistados. Debo reconocer que son ingeniosos”.

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