martes, 28 de septiembre de 2021

POLVO ENAMORADO

 José Luis Velarde

 

El polvo se extendía por toda la casa como manto tenebroso sobre los objetos claros y velos descoloridos en las áreas oscuras. Era grueso en algunas partes y finísimo en otras. El inquilino había intentado sacudirlo muchas veces hasta descubrir que era un trabajo interminable. Bien sabía que se integraba con su cuerpo para cumplir los designios de la naturaleza. El recubrimiento era suave. Una segunda piel cómoda y abrigadora que además absorbía los colores del hogar y creaba nubes internas.

—Polvo somos y al polvo retornaremos. Somos “polvo enamorado” y “amor constante más allá de la muerte” como afirmara Francisco de Quevedo —solía responder Lauro Estrada Sacramento ante las críticas infalibles de quienes lo visitábamos a pesar de su rechazo manifestado mil veces. Tanto esconderse volvió menos frecuentes nuestras aproximaciones.

Recuerdo el último encuentro ocurrido una tarde septembrina y lluviosa.

Llamé a la puerta sin respuesta. Antes de marcharme decidí girar el picaporte que no estaba bloqueado. Supuse un accidente o un robo. Me preocupaba la salud de mi amigo. Incluso llegué a pensarlo muerto.

Mis pasos dejaron marcas sobre el piso del vestíbulo.

—Lauro —llamé en varias ocasiones sin respuesta hasta que lo vi tendido sobre un sillón reclinable en el mismo instante en que afuera comenzaba un griterío. Las exclamaciones opacaron la respuesta acompañada de una neblina polvorienta surgida al unísono de sus labios.

—Mi estado natural es vivir así —manifestó en voz baja, como si no quisiera que le oyeran los niños que gritaban ante la puerta principal sin preocuparse por la llovizna que descendía menuda y silenciosa. La tranquilidad era un fenómeno inusitado en aquel barrio donde el ruido surgía de cada casa y cada voz ahí establecida. Más de diez pequeños saltaban arrítmicos como las frases repetidas con voces chillonas.

—Hombre de harina sal, hombre de harina ven.

Me levanté y la parvada infantil desapareció apenas verme salir por la puerta. Al regresar noté que las telarañas eran más abundantes que a mi llegada. Con una escoba grisácea abrí espacio y barrí mi silla. Mi anfitrión ni siquiera volteó a verme, mientras yo descubría por todas partes los restos de las envolturas plateadas que en otros días contuvieron los medicamentos ingeridos. Lo vi más frágil que de costumbre.

Me atemorizaba su tristeza permanente y su rechazo a continuar los procesos encaminados a mantener su salud.

—¿No has vuelto con el médico?

—No.

Quise iniciar otras conversaciones sin conseguir más que monosílabos como respuesta. De nada valieron los recuerdos del trabajo compartido hasta jubilarnos el mismo año. Durante un rato nos vimos en silencio, ya pensaba marcharme cuando Lauro habló.

—Aún la extraño y bien sé que espero decir antes de morir: “cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día”. Ya sabía Quevedo que el amor es eterno para algunos y que las muertes matan a quienes sobreviven a la ausencia. Bien sabes que la pienso de manera constante y también sé que esta capa crecida alrededor mío es la tierra que me busca.

Advertí entonces que su cabello blanco tenía la misma textura de las telarañas. Por un instante me hizo feliz mi odiada calvicie. Pensé en Angélica y los matices desprendidos por su lejanía. Tras veinte años de muerta era evidente que aún faltaba en el hogar que iba de la ceniza a los hilos confundidos con el pelo. En un arrebato fui hasta el taller donde se amontonaban las herramientas acumuladas durante los años dedicados por Lauro al bricolaje. La aspiradora encendió como si fuera nueva. Recorrí las piezas de la vivienda hasta llenar de basura cuantas bolsas tuve a mi alcance.

—Mira —musitó Lauro— aún existo debajo de mi envoltura.

Sonreí antes de verlo arrastrado por la máquina que se agitaba entre mis manos. Me estremecí junto con ella sin detener la desaparición de mi amigo. De poco me sirvió oprimir los botones. Arranqué el cable de la pared, pero el motor sólo se detuvo cuando quiso.

Pensé que podía liberar a Lauro. Salí al patio para invertir el proceso. Surgió una nube de polvo disipada por el viento. Al abrir la aspiradora encontré telarañas y restos de plásticos brillantes. Residuos contrastantes con los tonos grisáceos esparcidos sobre la maleza crecida en el patio.

Incapaz de pensar con claridad decidí marcharme.

Lauro recitaba a Quevedo como acostumbraba hacerlo desde los días compartidos en la oficina.

—“Alma a quien todo un dios prisión ha sido, venas que humor a tanto fuego han dado, medulas que han gloriosamente ardido”.

El cielo se cubría de nubes blancas. Algodones espesos en el horizonte. Al volver la vista a la casa descubrí un capullo sobre las líneas rectas de la construcción. Oval como tejido por una mariposa invisible, quizá una araña gigantesca empecinada en ocultar todo lo relacionado con Lauro. Por un instante pensé en su renacimiento. Mi optimismo desapareció abrupto. Supe que nada podría surgir del polvo cautivo en sí mismo desde el instante en que la voz de Lauro resonaba constante en mis oídos: “serán ceniza mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”.

El poema desapareció entre palabras altisonantes y músicas expulsadas por las ventanas. El vecindario retomaba los estruendos contenidos durante mi visita. Apresuré mis pasos. Los relámpagos se intensificaron y la lluvia descendió feroz toda la noche.

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