lunes, 3 de mayo de 2021

AD INFEROS

 Cristian Mitelman



Los gritos lo sorprendieron por la tarde, mientras se abotonaba el último botón de la camisa y sentía que el calor en el cuello almidonado tenía algo de vejatorio y ridículo.

Se asomó a través del alféizar. Del otro lado, las casas pintadas en albayalde parecían reverberar bajo un sol inhóspito. ¿Gritos de alegría o de dolor? No podía saberlo. Había llegado a Río dos días atrás, luego de un viaje en barco que le había deparado la humillación de las náuseas, la vergüenza de no poder sostenerse en pie: la absurda corporalidad que nos acomete cuando nos sentimos solos y enfermos.

El profesor Delfino había sido invitado al simposio de estudios clásicos que organizaba una publicación semestral de helenistas cariocas, hecho que le pareció un inesperado contrasentido. Sus compañeros de cátedra lo urgieron para que aceptara. Hasta entonces, Delfino solo había publicado algunas pequeñas monografías sobre distintos pasajes de Horacio y algunas traducciones comentadas de la antigua poesía lírica griega. Sus clases eran prolijas, de escaso vuelo tal vez, pero lo suficientemente pautadas como para que el alumno no se perdiera en la selva de los aoristos y de los verbos atemáticos.

Su voz era nasal; sus modales mostraban una cierta timidez que intentaba disimular mirando un punto vacío del aula cuando iniciaba sus exposiciones. Se sabía imitado por más de un alumno. Aceptaba esas chanzas como algo más del oficio. Dado que sentía una especial aversión por los malos olores, se cuidaba siempre de llevar pastillas de menta o limón antes de iniciar la clase. “El aliento”, pensaba, “una persona es un muerto civil si le perciben mal aliento”. Delfino le tenía terror a esa cuestión. Por fortuna, un kiosco a una cuadra de la calle Viamonte parecía estar siempre abierto. Maquinalmente el hombre le tendía las Halls y Delfino pagaba con el importe exacto. Conservaba los billetes y las monedas en el bolsillo derecho para que la operación se efectuara de un modo simétrico.

En la sala de profesores manifestaba un silencio que para muchos era una forma de hostilidad, hecho que era una injusticia. Delfino era un hombre tímido que vivía junto a su anciana madre en un caserón de Glew. La parra en el patio, las baldosas rotas bajo la luz de abril, las pastillas que tomaba la anciana para dormir (“porque necesito dormir, hijo, sin las pastillas no pego un ojo, aunque después me llevan a una caverna de sueños que me dejan exhausta”); todo eso formaba la parte más íntima de su existencia.

Cuando presentó un trabajo sobre los rituales de Eleusis, sorprendió al consejo académico. A través de citas indirectas reconstruyó la idea de la ceremonia y la asoció con los viejos cultos órficos que ligan los procesos de la vida, la destrucción y la muerte como una realidad indivisible. Se animó a trabajar sobre la cuestión de las drogas que ingerían los participantes, hecho que suscitó un pequeño revuelo universitario. Hasta entonces, ese fue el único acontecimiento más o menos imprevisible de su adultez. No cuenta el territorio de la infancia, poblado de pequeñas crueldades que nunca fueron debidamente tratadas. A Delfino le apasionaba cazar pequeños pájaros y torturarlos con una certera frialdad. Una sola vez la madre lo pescó en semejante regodeo y el intento de castigo fue cancelado por el padre. “Dejalo que se haga hombre; lo vas a convertir en un mariquita llorón”. Su padre había sido un hombre fuerte, un policía de carrera sorprendido por la muerte antes de la jubilación. Respetado por los conservadores, había sabido poner orden en el laberinto de prostíbulos de Avellaneda. Los proxenetas de la zona, seres poco aferrados a la ley, sabían que con el viejo Delfino no se jodía: había que poner el dinero estipulado y la cifra iba religiosamente a las arcas del gobernador, hombre que amaba las delirantes esculturas de estilo fascista en medio de los pueblos espectrales de la pampa.

Más allá de esas truculencias de infancia, el joven Delfino tuvo un alto rendimiento escolar y cuando terminó la escuela secundaria estudió Contaduría, una profesión que tranquilizaba a los padres, aunque estaba lejos de cumplir su vocación. Con el título en la mano y empleado en el estudio de un conocido de la familia, inició sus estudios de Letras. Tenía algún talento para el estudio de las lenguas clásicas. Rápidamente fue nombrado ayudante de cátedra y luego hizo el lento cursus honorum de la vida universitaria.

Ese día, en medio de una calle desconocida del Brasil, sentía que estaba llegando al punto más alto de su laboriosa existencia entre los claustros. Y de pronto la calle parecía enfervorizada por algo que no acaba de entender: alaridos, corridas, lejanos ruidos de sirenas.

Tenía media hora para llegar al Instituto donde se celebrarían las ponencias. Un auto enorme y blanco lo esperaba en la puerta de Recepción. Lo manejaba un hombre que parecía brotado de algún bosque africano. Delfino pudo advertir que las córneas, profundamente blancas, contrastaban con derrames de una sangre amarronada muy cerca del iris. “Signos de alcoholismo”, pensó, “esperemos que este pobre diablo no esté borracho justo ahora”. Le preguntó si sabía qué estaba ocurriendo, pero el chofer le respondió en una jerga incomprensible. Había algo seco en esa voz, una mezcla de odio o de fastidio. Delfino había aprendido el portugués, pero no pudo reconocer un solo vocablo. Pensó entonces que en la conferencia le convenía hablar despacio: no fuera que a él tampoco le entendieran nada.

El negro manejó de un modo endemoniado, como ganado por una especie de fuego interior. Esquivó micros y autos con la pericia de quien se lanza a una ciudad en la que prácticamente no existen las leyes de tránsito. Para darse ánimo, Delfino pensó que en Argentina las cosas no eran mejores.

Llegaron al Instituto: allí lo esperaban los directores de la revista. Lucían serenos y felices.

Después de dos ponencias, Delfino acometió su tesis eleusina. Había leído dos páginas cuando alguien entró corriendo en la sala. Todos miraron al nuevo con más entusiasmo que estupor:

—Está confirmado —gritó—: el monstruo se ha matado. El cobarde se pegó un tiro. ¡Somos libres!

Y de pronto fueron las risas, los abrazos. Alguien estrechó la mano de Delfino, que no acaba de entender. Una señora mayor tuvo la amabilidad de explicarle:

—El inmundo de Getulio Vargas por fin se ha suicidado. Y pronto sucederá con ustedes: ya se librarán de ese coronel infame que oprime vuestra república.

Como hombre de cultura liberal, Delfino detestaba al Coronel. Pero se guardaba de expresar su odio al hombre. La vida universitaria era un laberinto de habladurías y cualquier comentario podía traer consecuencias no deseadas.

Las exposiciones se reanudaron y fue aplaudido de un modo fervoroso. Sabía que tanta efusión era casual: el entusiasmo venía por otras vertientes. Si hubieran puesto a un prestidigitador o a clown, el resultado habría sido el mismo: esa gente odiaba al muerto y de pronto sentían que sus vidas recobraban el sentido extraviado.

Luego hubo un brindis y una invitación para recorrer la ciudad. Se había hecho tarde y la posibilidad de esa pautada aventura le causó a Delfino una sensación placentera. Dos días después estaría de nuevo en Buenos Aires y seguramente recordaría por décadas esa isla de libertad que se le había concedido.

Iba con dos profesores que parecían exaltados, pero luego se sumaron otros hombres que no habían asistido al congreso. “Deben ser amigos”, pensó.

Bebieron largo rato frente a una de las playas y de pronto alguien lanzó una profusión de sonidos ebrios y todos estallaron en gritos y fueron entrando en autos lustrosos que parecían surgir de la sombra.

A Delfino la única caipiriña no le había sentado del todo bien. Se desabotonó la camisa y debió quitarse la corbata. Los demás, en cambio, habían bebido de un modo heroico y parecía que el asunto recién empezaba.

Con timidez le dijo a uno de los organizadores que prefería volver al hotel. Nadie parecía escucharlo. Nadie parecía escuchar nada. Los autos se adentraron en unas callecitas solitarias y después de un camino tortuoso llegaron a una antigua casona que brillaba de un modo siniestro bajo la luna.

Una mujer los recibió con una sonrisa feroz. Era grande, cavernosa y autoritaria… “Esto es un prostíbulo; me han traído a un prostíbulo…”

Delfino tuvo ganas de ir al baño, pero logró contenerse. Pensó que su padre muerto aprobaría semejante incursión.

Dos tipos con gafas oscuras aparecieron de la nada. Llevaban a una mulata que intentaba resistirse. La tenían sujeta por las muñecas y de pronto uno de ellos le dio un empellón que la hizo estrellar contra una pared. La joven dio un grito de dolor.

—Señores, por la libertad —dijo uno de los que la habían traído.

—En este país hasta las putas se creían con derechos. Ahora empieza la restauración —le dijo uno de los organizadores.

Desnudaron a la joven y allí mismo, en uno de los corredores, tres tipos comenzaron a vejarla de un modo brutal. Los demás tomaban whisky y aplaudían; luego se iban repartiendo los turnos frente a lo que parecía la víctima sacrificial.

Delfino comprendió que desde las otras puertas había más mujeres y que todas estarían aterradas.

—¡Tierra liberada! —gritó alguien, y comenzaron a patear las puertas para ganar el terror de las habitaciones. A él mismo lo llevaron a un segundo piso y de pronto se encontró frente a una chica que no tendría más que trece o catorce años. Dos desconocidos que estaban con él la accedieron de un modo brutal y enseguida uno lo invitó a que se les uniera.

—Después —atinó a decir Delfino. Los otros se rieron a carcajadas y comenzaron a sodomizar a la chica con el frenesí de salvajes inocentes. Una hora después los tipos dormían una especie de sueño absoluto. La chica parecía estar en una especie de trance: lloraba quedamente y se quejaba como un animal lastimado.

Delfino había llegado a vomitar en el bañito interno de la habitación. Un vómito espumoso, colmado de nervios y de un alcohol mal asentado. Sentía un gusto horrible en la boca. Se sintió débil, mareado. Miró a la chica por última vez; luego se encaminó hacia la planta baja. La efervescencia había mermado. Solo una mujer estaba siendo violada en ese momento por un tipo que había conseguido vaya a saber dónde un antiguo látigo de plantación.

En la puerta se encontró con uno de los organizadores.

—Tuvo suerte —le dijo con voz rasposa—: hotel, comida y bacanal. Una semana atrás esto hubiera sido impensable.

—Necesito volver al hotel.

—Claro, claro. No se preocupe.

El tipo lo llevó a uno de los autos y le dijo al chofer que inmediatamente condujera al profesor al lugar solicitado.

Al otro día se purificó con agua y café amargo. La inminencia del viaje lo incomodaba, pero la posibilidad de estar ahí un día más le parecía aterradora.

Por fortuna, en Buenos Aires los acontecimientos de aquella jornada memorable no tuvieron trascendencia. A su madre llegó a decirle que su conferencia había sido escuchada con sumo interés y la señora, entre un rosario y otro, pareció satisfecha.

Tres meses después la mujer tuvo un aneurisma y falleció. Por primera vez se sintió solo. Por primera vez Delfino se sintió feliz, como liberado de una responsabilidad que le venía desde el inicio de los tiempos.

Al principio se sentía extrañado en la casona silenciosa y pensaba que su madre iba a aparecer en cualquier momento para reanudar el ritmo isócrono de la anterior vida. El profesor se quedaba hasta el atardecer en el patio, tomando mate y corrigiendo exámenes. Luego, pasadas las ocho, se preparaba un bife a la plancha y un plato de arroz o puré. Era lo único que sabía hacer y no pensaba cambiar. Aunque la soledad comenzó a serle gravosa.    

Pasado un poco más de un año de aquel congreso en el que veía algo liberador y algo infernal, sintió una mañana los ruidos de poderosos motores que tajeaban el aire. Se levantó de la cama, pasó corriendo por el corredor que conducía a la azotea y allí vio dos rayas blancas en el cielo. Comprendió que lo que le habían profetizado en el Brasil ya comenzaba a cumplirse. La caída del régimen no podía demorarse. Se sintió purificado por el aire de septiembre. Se obligó a ir a la Facultad, aunque pasar por el centro fue casi demencial. Miró el fuego y los micros volcados; alguien señaló los agujeros que las ráfagas de metralla habían dejado en un Ministerio. “Hemos estado en guerra y por fin hemos vencido”, pensó mientras enfilaba hacia la facultad. Debía trabajar con sus alumnos de la primera comisión una de las Odas Cívicas de Horacio. Sintió que una mano providencial le había destinado ese texto para ese día.

Solo un profesor se mostró renuente al entusiasmo. Los otros coincidían en viriles gestos de satisfacción.

Esa noche Delfino no pudo dormirse. Estaba en Río y estaba en Buenos Aires. Estaba en el congreso y estaba en su casa. Estaba en el presente y en una cueva de las llanuras atenienses.

No; no podía permanecer en la cama. Por primera vez se animó a tomar el pastillero de su madre. Solo quedaban dos grageas blancas que ingirió rápidamente con agua de la canilla. No le provocaron el sueño que invocaba: apenas una sensación de irrealidad.

Se vistió entonces y salió a caminar por el barrio. Se fue hundiendo en las zonas que siempre había esquivado: un mundo de chapas y de casitas bajas; no todas las calles presentaban la decencia del asfalto. En medio de un silencio que parecía brotar de las entrañas de la tierra, solo algunos perros olisqueaban bolsas de basura. Llegó hasta una casa semiderruida. No sabía por qué, pero en esas paredes sentía la presencia de su padre. Entró. Una mujer que parecía ebria lo miró con displicencia. No era el día de ellas: estaban consternadas, estaban caídas.

—La Rita es la única que trabaja hoy. Las demás están de luto —le dijo.

Le señalaron la puerta; Delfino entró sintiendo que deseaba estar ahí. La Rita estaba desnuda frente a un espejo.

—Che, ¿no te enseñaron educación en casa? Se golpea antes de entrar. Mirá si estaba acompañada.

La mujer se rio y el profesor de pronto comprendió que no sabía exactamente lo que debía hacer. Sentía el impulso, sí, pero carecía de los conocimientos básicos de los rituales, la geometría despreocupada que ejercen los hombres que suelen ir a esos lugares.

—Dale, sacate los pantalones, ¿o me vas a decir que sos friolento?

Fue desvistiéndose como si estuviera en la antesala de la junta médica del servicio militar. Una especie de pudor lo hizo dar vuelta, pero un espejo le devolvió la imagen burlona de la mujer.

Entró en la cama y sintió que aquellas sábanas podían mancharlo. Pero ya era tarde: ahora no podía irse. Y por más que la mujer hiciera lo que estaba acordado, el profesor parecía una cera blanca que se iba derritiendo de un modo inexorable.

—Bueno, che, qué te anda pasando. Mirá que no hay devolución.

Volvió a reírse la chinota y le brotó un aliento a vino que exasperó a Delfino. Un aliento que lo llevó de pronto a la misma raíz de su furia. Solo odiar a esa taimada, pero no por aquella burla circunstancial. Eso tenía que existir de antes, un fermento largo, una acumulación que venía de tiempos pretéritos, incluso antes de su propia vida. De pronto estalló. Quiso darle una bofetada, pero el golpe le salió con el puño cerrado. La mujer no llegó a gritar: un nuevo puñetazo ahora en el estómago la hizo doblar. Definitivamente no. Esa puta no podía reírsele en la cara, porque él no era uno de esos pobres diablos que van a ahí simplemente por lo bestial del deseo. Y la mano llegó hasta la garganta y Delfino comenzó a apretar. Y entonces sintió que por fin encontraba su mano; por fin podía entender qué es lo que tan dignamente habían hecho sus pares cariocas; por fin se había convertido en el hombre con la voz de mando de un comisario, y supo que esta vez podía gozar, porque a medida que la puta jadeaba (o daba los últimos estertores) su miembro se ponía tieso y lanzaba un hondo torrente seminal que lo dejó exhausto. Luego fue el silencio.

Se asomó al pasillo. La que regenteaba estaba ahí abajo, adormecida. El lugar parecía solitario. El profesor se vistió, extrajo un pañuelo que pasó concienzudamente por donde creía haber puesto sus manos, especialmente el picaporte. Luego vio una ventana que daba a un baldío y saltó. La madame, borracha como estaba, apenas recordaría su rostro en caso de que la policía quisiera iniciar algún tipo de investigación. Él sabía que su propio rostro no decía nada: era casi un arquetipo de lo impersonal.

La caída no fue tan peligrosa como había creído. Enseguida se fue internado por la tierra desierta y encontró un camino lateral que bordeaba una zanja. Era mejor no tomar por la avenida. Se obligó a recorrer un laberinto de calles muertas antes de llegar a la casona.

Fue a su dormitorio y tomó ropa limpia. Una ducha tibia lo hizo sentir mejor. Después preparó un té de tilo para calmarse. Ya acostado, repasó la clase que daría al día siguiente.

 

2 comentarios:

  1. Un cuento fuerte!! Que nos muestra un submundo cruel existente.

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  2. Muy buen cuento. Destaco las descripciones de los personajes:" era grande,cavernosa y autoritaria", " sonrisa feroz" entre otras.
    Una historia fuerte y muy bien contada.

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