martes, 21 de diciembre de 2021

ESPECIAL 60 > 150 - (DOS) DIECIOCHO AUTORES

 


Vergüenza

Irma Cristina Cardona

 

Me habló suavemente al oído y erizó mi piel. Rozó mi cuerpo y me sedujo. Levantó tímidamente mi falda, sin poner en evidencia sus deseos. Y cuando me convenció de su nobleza, me lanzó contra la pared, recogió con fuerza mi falda, se metió entre mis piernas. El frío penetró mi cuerpo y el sudor invadió mi frente. El dolor fue profundo.

Hasta ahora no conocía el invierno, ni contaría a nadie la vergüenza de permitir que me violara el viento.

 

La media

Maru Alzugaray

 

Un mate a medio tomar. Una rodaja de pan a medio morder.

Un pucho a medio fumar.

Mientras se viste, se acomoda el pelo, se pone las botas, las chatitas, las sandalias (según sea la estación), se pinta los labios y renuncia al delineador y al rímel y a las sombras.

Recuerda a su mamá, tan pendiente del maquillaje y piensa en ella misma, la hija, tan a cara lavada y se sonríe sin mirarse en el espejo.

Sale a la calle, por enésima vez en su vida. Sube al colectivo.

Se baja. Camina más de cuadra y media.

Pisa la baldosa con la llave en la mano.

Y sabe que su media vida (o lo que quede de su media vida y de ella) dejarán de existir en el momento en el que pise el escalón.

 

El hacha adormecida

Jorge Alberto Baudés

 

Durmió larga siesta hasta que escuchó voces en el establo. El patrón dejó el motor en marcha como con ganas de salir carpiendo. Entró pisando fuerte mientras dejaba deslizar palabras sueltas que escapaban de los labios resecos poniendo al descubierto sus pensamientos.

—Hoy talaré tantos pinos que no alcanzarán las manos para fabricar los cajones para la fruta. Ya viene la vendimia y no quedaré sin palenque ande ir a rascarme.

La tomó con firmeza y la llevó al monte. Tres y cuatro golpes asestados sin suerte.

—¿Justo ahora quedas desafilada?

Ella rio con picardía.

 

Algo irresistible

Joyce Barker

 

—Cuando era chica, me gustaba ver La isla de la fantasía.

—¡A mí también! Me encantaban esos lugares. ¿Por eso fuiste después, a buscar “tu fantasía”?

—No, al enano. Pero claro, ya no estaba. ¿No le encontrabas “algo”?

—¿A Tatoo? ¡No! —La conversación estaba empezando a parecerle rara, y detestaba eso—. Bueno… claro… era simpático; pero más que eso, obvio que no. ¿Tú le encontrabas "ese" algo, loca? —su amiga no contestó—. No lo puedo creer.

—¡Oye! Yo nunca he criticado tu gusto por los…

—¡Para! —le tapó los oídos al maniquí—. Te dije que esa palabra está prohibida en esta casa. Y se llama Billy.

—¡Qué me importa!

—Si no te importa, ¿a qué viniste?

—Bueno. Tú mandaste un mensaje invitándome.

—No fui yo…—respondió molesta mirando al maniquí—. ¿Debería ponerme celosa por esto, Billy?

—Mejor me voy—dijo la amiga, apresurándose a salir.

 

Con la Yanina no

Ana Chernak

 

Yo sé que es de gusto si le digo que esta vez no tuve la culpa, igual me va a pegar con el cinto, y si el Beto me quiere defender, le va a pegar a él también, que encima hasta sangre tose. El viejo lo lleva a afanar de noche aunque haga frío. ¡Cómo voy a tener yo la culpa! Si lo único que hice fue darle un palazo para sacarle a la Yanina, que es muy chica para que me la coja ese borracho con el que se juntó, mamá.

 

Sin palabras

Guillermo Corte

 

Andrés Rigarti era el mejor escritor de su generación. Su propia esencia, camaleónica, le permitía ser sus propios personajes, por lo cual, todos sus textos eran en el fondo, autobiografías. Esto suponía una gran ventaja: sus obras eran genuinamente autenticas. Una noche decidió experimentar con Casimiro, un personaje inefable; a la mañana siguiente, Andrés se había esfumado en la nada.

 

Ley de seguridad en China

Oscar De Los Ríos

 

Caminando por la calle, Huan Chung encontró una nada y la guardó en un bolsillo del pantalón. Unos metros más adelante lo paró la PSB y lo requisó: como es lógico, no hallaron nada. Pasaron los años y Huan Chung siguió encontrando nadas y guardándolas en el bolsillo del pantalón. Un día la PSB lo volvió a parar y, esta vez, no tuvo escapatoria.

Una nada se puede ocultar, mil no.

Lo acusaron de secesión e incitar al terrorismo. Lo encarcelaron y condenaron a veinte años de cárcel.

 

La criatura

Ada Inés Lerner

 

Atravesando miedos, la criatura comienza su juego vital, recorre el cuerpo de su víctima, casi desnuda, en su obsesión por descansar al sol. No sabemos qué espacio busca en la piel tibia para introducir su probóscide, sorber y satisfacer su apetito. No le preocupa la perfección del cuerpo de la víctima, se desplaza por todos los espacios, casi morbosa, con su memoria instintiva… profecías, sortilegios oscuros que dominan los diluvios y las sequías.

 

En el tren

Alberto Macadar

 

El nene corría feliz. Iba y venía por el pasillo atrás de su pelota de goma. Sus padres se aprestaban a echar una siesta.

—Déjalo que se divierta mientras descansamos un poco. Aquí no hay peligro; no tiene dónde ir.

Cuando se despertaron, el nene no estaba. Preguntaron a los otros pasajeros, pero nadie lo había visto. El tren continuaba parado en el medio del puente, sobre la límpida superficie del lago, con los conductos de ventilación abiertos.

  

Las pesadillas de Nahir

Felipe Armando González

 

Nahir es una niña muy traviesa que tiene pesadillas todas las noches. Ve a un hombre sin cabeza a caballo, vestido de negro, que la persigue y no puede escapar de él. Se despierta agitada y ve al Hada de los Dientes al pie de la cama.

—Lleva mis dientes y deja las monedas —dice el hada—. Acomoda la almohada y vuelve a dormir.

Pero dormir significa despertar en otra pesadilla en la que un hombre alto sin rostro la persigue y no puede correr.

Nahir se despierta  confundida  y ve a una bruja volando en una escoba que le dice:

—No podrás escapar del mundo de las pesadillas.

  

Ley pareja

Nélida Fernández

 

Como lo ordenó el Inquisidor, sumergieron en el río a la acusada de brujería.

Cuando la sacaron, el cura se agachó y gritó:

—¡Está viva, está viva! Es una bruja, vuélvanla a meter.

Pero se había acercado demasiado. En su desesperación por poder respirar ella alzó los brazos y se prendió de él.

Nadie pudo impedir que los dos cayeran al agua.

Cuando los sacaron, ambos seguían vivos.

—¡Brujería! —gritó el pueblo.

Y los quemaron a los dos.

 

¿Corinto o Tebas?

Maximiliano González Jewkes

 

Palo, golpe, click. Uno se aleja. ¿Dónde estaba entonces? Sombra de sospecha en los ojos de la esfinge.  Necesito un plus de grrr para seguir andando. Golpe. Padre cae mientras madre piensa en mí rodeada de sedas. ¿Camino a dónde encontraré mis huellas? Ceniza en las pupilas. Algo se adivina. Soberanía de sombras. Mamá, ¿con qué cielo pasan estas cosas?

 

Ciudad Madero

Iñaki Garzia Furia

 

No tenía nada que hacer, salvo concentrarme en mi propia miseria. Y, tal vez, encontrar un sitio donde dormir y algo para comer y algo con lo que colocarme y dejar así de concentrarme en mi propia miseria.

Joder, ¿qué me había pasado? Yo era un tipo de buena planta, inspiraba respeto. Y tal y como me encontraba, daba más bien pena. Intentaba desentrañar la maraña de golpes de mala suerte que me habían dejado así.

Estaba bien jodido. Ciudad Madero no era un buen sitio para andar sin un puto clavo en el bolsillo.

 

Una mañana en Ulm

Nicolás Micha

 

Hermann Einstein estaba dispuesto a salir de su casa cinco minutos antes de lo usual. Por ese motivo terminaría pasando por debajo de un edificio en construcción en el momento en que una viga de ciento veintidós kilos se precipitara al vacío y cayera sobre su cabeza. Tan solo por culpa de un obrero borracho y una diferencia ínfima de tiempo, se habría llevado a la tumba la teoría de relatividad. Pero, fruto del mal presentimiento, terminará saliendo a horario.

 

El día después

Claudia Isabel Lonfat

 

El día después quedarán las calles silentes. Un montón de piedras. Un montón de cadáveres. Todos apilados, como pequeños monumentos de lo que no pudo ser.

La morguera se llevará los despojos, y los municipales, la basura; ambos con la misma indiferencia.

Un hilo de humo dibujará la madrugada. Pronto todo se disipará para volver a la normalidad y naturalizar la herida.

Los oficinistas, obreros, maestros, comerciantes, y hasta los siniestros, regresarán a sus puestos. Se cambiarán las vidrieras rotas. Despintarán las paredes de reclamos. Se borrará todo vestigio.

Las calles, ahora limpias, escribirán otra página en blanco.

 

El sueño

Milton Echeverría

 

Estuve tan cerca de hacerlo que no debería haber despertado. No quería haber despertado. Pero los sueños son así, se terminan. Se terminan justo en el mejor momento. La secuencia se desarrollaba en su esplendor perfecto pero de la nada se esfumó con los rayos del amanecer.

Abrir mis ojos y despertar fue el sacrilegio peor, cometido por mí.

Ya no había vuelta atrás. Intenté, debo decirlo, dormirme de nuevo para que todo volviera a donde quedó, pero con esa convicción de que nada sería como fue. Mi despertar me marcó en los parámetros en los que realmente vivía, solo, apesadumbrado y muchas veces triste, por lo que deseaba, la mayoría de las veces, vivir soñando pero no para despertar, pues era lo que hoy me había pasado y lo que yo no quería…

 

Homero minimalista

Cristian Mitelman

Una grulla se ha posado sobre el muro que parece infranqueable. En uno de sus ojos se reflejan  los hombres que preparan la defensa de la ciudad, las arengas eólicas, los templos frecuentados por los sacerdotes. En el otro, las barcas, los escudos que reposan en la arena, el bronce de las lorigas, la imagen de Ulises que juega a los dados...

 

Ojos que no ven

Sergio Gaut vel Hartman

 

Milton Erickson, el famoso médico estadounidense que revolucionó su especialidad al cambiar las técnicas del hipnotismo aplicadas a la psicoterapia, nació en 1901 en Aurum, una pequeña ciudad de Nevada ya desaparecida. ¿Desaparecida? ¿Desaparecen las ciudades? Me inclino a pensar que Erickson pergeñó una alucinación colectiva que ha puesto a Aurum fuera del alcance de los sentidos ordinarios y que en ella, desde hace medio siglo, viven y trabajan multitudes de científicos de todas las áreas que diseñan el futuro de la Tierra y preparan el salto desde la cuna al universo, tal como previó Arthur C. Clarke. Tengan en cuenta que, como señaló el autor de El fin de la infancia, la ciencia más avanzada es indistinguible de la magia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


lunes, 20 de diciembre de 2021

ESPECIAL RELÁMPAGO: INTRUSOS EN MI CASA

 


El cubo amarillo

Erica Echilley

 

Esperaron que se fuera y entraron agazapados. En la inmensidad de la mansión, solo se oían sus pasos presurosos. Al llegar a la cocina, atacaron de lleno aquel mueble blanco. Y allí estaban esas bolsas, brillantes y pulcras, invitándolos a pecar de gula.

Miguel se llenó los bolsillos. Fievel se alejó del resto y carpeteó un hermoso tesoro. Miró para los costados rápidamente y sujetó el gran cubo amarillo. Se sentía realizado. Al tirar de él, algo lo sorprendió de repente. Un objeto metálico se abalanzó sobre su cuerpo. Quedó tendido sobre el carmín con el tesoro a medio sacar.

 

 

Una textura atrapante

Joyce Barker

 

Agotada por las compras navideñas, tiró las bolsas al sofá y se echó en su cama. Dejó caer una mano al piso, sobre la alfombra, y se relajó. “Qué exquisita esta textura, no me había dado cuenta”. Cerró los ojos. “Tengo quince minutos antes de que lleguen todos”. Se quedó dormida. Soñó que estaba en la misma posición y que tocaba la misma alfombra con la mano izquierda. Al sentirla, despertó; pero esta vez, la alfombra movió sus filamentos y los alargó hasta cubrir su mano que por curiosidad no quiso quitar de ahí, pero tampoco hubiera podido.

 

Sombras intrusas

Chelo Torres

 

Llegué cansada del trabajo; mi querida gata Jade siempre venía a recibirme con sus maullidos. Mi propósito era una cena rápida y acostarme temprano.

Jade se puso mimosa mientras yo cenaba, pedía sus caricias tras haber pasado el día sola en casa pero yo no estaba muy solícita. De pronto, empezó a maullar más de lo normal, y al mirar al techo supe por qué. Unas sombras intrusas cruzaban la habitación, sin saber de dónde venían ni a quién pertenecían. Con maullidos desgarradores saltó sobre las paredes hasta que las sombras desaparecieron y entonces ella se enroscó en mi regazo.

 

Pequeño olvido

Fran Kmil

 

Sintió la mano sobre su boca. Abrió los ojos y vio el dedo índice del abuelo cruzado verticalmente sobre los labios en señal de silencio. No se asustó, ya no era el niño que venía a pasar las vacaciones en casa de sus abuelos. El viejo, con mímica, le conminó a seguirlo. Obedeció.

Llegaron al patio. El abuelo extendió el brazo señalando bajo la mata de mango.

—Intrusos en mi casa —susurró.

Era una de esas noches apacibles en que nada pasaba. Solo al abuelo le ocurrían esas cosas y a él, por haber olvidado su enfermedad. Maldita demencia, se dijo.

 

Intruso es usted

Richard A. Quiroga

 

En las madrugadas, los escucho revisar mi heladera. Suenan pequeños pasos y cuando miro, veo dos figuras bajitas que desaparecen detrás del sillón. Intrigado dejo el libro que estaba leyendo, me invade el horror al ver aquellas minúsculas pisadas. Tomo una trampa para ardillas, le agrego carne asada y pan fresco. Al otro día muevo la trampa… ¡vaya sorpresa!, es una rata.

La comida no estaba, la rata tenía un collar con un papel, lo saqué, lo desenrolle y decía en letra minúscula.

“Gracias por la cena, entérese… que el intruso en nuestra casa, es usted.”

 

Voces

Rafael Martínez Liriano

 

La primera vez que escuché las voces pensé que habían entrado ladrones, después de buscar por todas partes sin resultado, decidí culpar a alguna alucinación. Sin embargo, las voces se hicieron más frecuentes, no eran ya ruidos aislados, eran conversaciones comunes y corrientes: niños riendo mientras juegan, y una pareja que pasa los días hablando de sus asuntos. Por un momento pensé que serían fantasmas, pero deseché esa idea cuando hablaron de la pandemia. Se refieren a esta maldita fiebre española que de seguro nos matará.

 

Intrusos

David Córdova

 

Un extraño sonido en la cocina me despertó. Fui a averiguar de qué se trataba y al encender la luz todo parecía silencioso y vacío. ¿Alguna alucinación, tal vez? Miré debajo de la mesa y no encontré nada. Por lo menos estaba seguro de que nadie había entrado a robar. Ya iba a regresar a mi habitación cuando vi en un rincón a una rata gorda y peluda que respiraba aceleradamente; sin embargo, no dudé en tomar la escoba. La golpeé hasta matarla. Más tarde comprendí que había dejado tres huérfanos. ¡Pobres! Conocerían el dolor muy temprano.

domingo, 12 de diciembre de 2021

ESPECIAL 60 > 150 - DIECISIETE AUTORES


 

Ventisca

Maru Alzugaray

 

Un viento plano y arenoso trae en su interior un manojito de palabras demoradas en los tiempos, impulsadas por la misma fuerza que las eleva o las arrastra.

Pegajosas, quejumbrosas, dolidas, exasperantes…No tienen época, no tienen edad.

Horadan las murallas, retumban y taladran. Destrozan con la velocidad de un rayo. Y después se alejan formando un remolino.

Y se van, se mudan presurosas a buscar otro blanco…

Y sólo entonces, cuando una lágrima se desparrama por la piel sensible, comprendemos que estamos malheridos, perdidos, sin el consuelo de otra palabra que nos salve.

 

La hoja

Jorge Baudés

 

Contempló el manzano, deslumbrante en la estación estival y ahora en franca merma con los primeros fríos otoñales. Sus frutos ya no lucían su roja y atrapante esbeltez. El ciclo estacional los devolvía a la madre entraña para saciar su sed. Solo las hojas quedaban de su altiva estirpe, como banderas que azotaba el viento.

El viejo árbol dejó caer las mismas, una a una, sobre el acolchado tapiz que lo ceñía a sus pies.

Él, dejó caer la suya, justo frente a Eva.

Meses después nacían Caín y Abel.

 

Escape

Irma Cristina Cardona

 

Ella era Juana. Tenía un sofá, una maleta en la que cabía su ropa, una vieja licuadora, una maceta sin flores, una silla, un escritorio y una ventana para mirar entre los edificios algunos rayos de sol. Ella era Juana, la dueña de un perro llamado Jacobo, la dueña del grito y de la fuerza para azotar la puerta y escapar para siempre del maltrato de Juan.

Juan creía que Juana le pertenecía, y Juana creía que no podía sola y que él era su dueño. Hasta que un día después de una bofetada que la dejó casi inconsciente, Jacobo la despertó a lengüetazos y mimos, tiró de su falda y la llevó corriendo al parque donde pudo disfrutar y no solo ver el sol.

Y a punta saltitos, ladridos y juegos, por fin le hizo entender de qué se trata el amor.

 

Mi teniente

Ana Chernak

 

En un rato va a salir la luna, mi teniente. Lástima que esos hijoeputa traficantes nos bajaron a escopetazos a casi todos. Lo vine a esperar cuando me di cuenta que usted andaba hablando en secreto con ellos por el handing. Nos mandó al muere, ¿ah? Ahora está a veinte metros, y como no me ve, me busca, pero esta vez lo voy a madrugar, fijesé que el cargador de su carabina, lo tengo yo. Acerquesé nomás, que quiero verle la jeta cuando caiga.

 

Doce

Sergio Conde Cardoso

 

Eran las doce en punto y el momento de la ejecución estaba listo. Permanecía inmóvil, de pie, sintiendo que cientos de gotas de sudor gélido resbalaban por su piel para suicidarse contra el piso, como adelantándose a lo que irremediablemente sucedería con él. Fue un instante mínimo y donde todo pareció moverse en cámara lenta. El disparo había sido efectuado; abrió los ojos en medio de una mezcla de polvo y gritos y se halló desparramado sobre el piso viendo a la redonda salir mansamente del fondo del arco.

 

El bar de los malvados

Guillermo Corte

 

—No cabe duda de que he sido el emperador más despiadado de la historia —dijo Calígula mientras tomaba un trago de posca.

—Pocas cosas se comparan con lo que hice en Nóvgorod —exclamó Iván el terrible, mientras Yang Guang los miraba de reojo, sonriendo burlón.

—Ustedes habrán hecho cosas malvadas, pero ninguno logó que su nombre se convierta en un adjetivo calificativo.

—¡Otra vez lo mismo —interrumpió Nerón, indignado— ¡Ya cállate, Maquiavelo!

 

Posibilidades

Rosa Lía Cuello

 

La tarde remoloneaba. La calidez del sol acariciaba los rincones. En el banco de la plaza una mujer enjugaba sus lágrimas. De repente irguió su cabeza buscando una esperanza. Vio el edificio. Observó al hombre que se secaba la transpiración.

En el edificio en construcción un hombre dejó de trabajar, se limpió la cara con un pañuelo y buscó el verde. Suspiró hondamente su cansancio. Entonces la vio levantar la cabeza y decidió bajar con cualquier excusa.

Un suspiro y una lágrima fueron el detonante de un posible futuro. El mundo estaba abierto a infinitas decisiones.

 

La derrota

Oscar De Los Ríos

 

Juan está solo en una habitación de hotel, en perfecto silencio y en total oscuridad. Ha tomado la medicación que le recetó el médico y aun así no puede dormir. Siente la tirantez de los párpados, su cuerpo agotado y en lucha despareja es vencido una y otra vez. Le ordena a su mente relajarse y dormir, descansar, y esta constantemente se rebela. Lleva tres días tratando de dormir sin conseguirlo. Lucha y se rebela hasta que, en un instante de lucidez total comprende que jamás vencerá y abandona la lucha, y entonces se marea, cae en un pozo de sombras; al instante siguiente sonríe, cierra los ojos y duerme relajado y sueña. Sueña que está solo en una habitación de hotel, en perfecto silencio y total oscuridad; ha tomado la medicación que le recetó el médico y… comprende que jamás vencerá.

 

La cita

Graciela Enríquez

 

Prometiste que nos encontraríamos. Mi hermano enfermó, pero me dijo: “no te detengas; te espera”. Apure mis pasos por el puente interminable. Te esperé y no acudiste a nuestra cita. Perdido en el infinito, no supe que el tiempo había pasado. No llegaste, aunque sentí tus manos acariciándome. Tu perfume invadió el aire; una sombra que vi cruzar que me devolvió a la realidad. Al día siguiente, mi hermano me contó acerca del accidente. Supe entonces que habías estado allí.

 

Aquelarre fallido

Nélida Fernández

 

Las brujas llegaron y a los gritos empezaron el aquelarre. Tarde se percataron que al lado había un festival de heavy rock que las enloqueció. Aturdidas corrieron a la iglesia a pedirle al sacerdote que las dejara entrar.

—Por supuesto, hermanas —les dijo, y a medida que entraban fue rociándolas con agua bendita.

Sus nombres acaban de entrar en el santoral de la iglesia.

 

Por ella

Fran Kmil

 

Seguí rigurosamente los pasos del manual de rituales para neófitos. Construí mi altar, dibujé la estrella de seis puntas en el suelo y coloqué una vela  blanca en cada punto cardinal. 

 Yo,  en el centro de la penumbrosa habitación, recitando el mantra aprendido. Sonido a sonido se fue visualizando la realización: las olas, el mar, la arena y ella... la humana que me hizo invertir los ritos y burlar las reglas de nosotros, los fantasmas.

 

Los ojos abiertos

Maximiliano González Jewkes

   

Despierto, habiendo soñado que no despertaba, se fue quedando dormido. En el sueño, alguien con su rostro despertaba, pero se pensaba en vigilia. Imagino esa posibilidad que lo hacía feliz: estar a la vez dormido y despierto. No podía precisar quién habitaba su sueño. Se descorazonó producto de esta experiencia. Había perdido el sentido de sus actos. El sueño y la vigilia se revolcaban como fieras desatadas. En vida, nunca emprendió nada y murió con los ojos abiertos.

 

Los caminantes

Felipe Armando González

 

Casimiro camina en la madrugada por el costado del cementerio. Se encuentra a un hombre anciano que le dice:

—¿Le puedo acompañar, joven?

—Sí, acompáñame, señor, tengo miedo de estar solo.

La charla fue amena hasta que llegaron al final de camino.

—Hoy es mi aniversario —dijo Casimiro.

—¡Felicidades, señor!

—Hace seis años fui asesinado por unos asaltantes —dijo Casimiro indicando con su dedo el lugar donde había muerto.

 

Iguales pero no parecidos

Sergio Gaut vel Hartman

 

Cuando Brolag emergió en el otro universo decidió que lo primero que debía hacer era buscar a Brolag. Y no tardó en encontrarlo, ya que conocía a la perfección los hábitos de su doble, que eran los propios.  Lo que no previó fue que el otro Brolag no quería que en su universo hubiera quien compitiera con él por el corazón de Clarita, y como sabía que nadie iba a acusarlo de asesinato, mató a Brolag sin vacilar.

 

Ella

Ada Inés Lerner

 

—Y entonces apareció ella, volaba desde la luna —contaba él mientras intentaba  sacarse el chaleco—, vestía de plata y traía un arpa de lágrimas. Después sobrevino la vida, nos hirieron el vino, la demencia, los delirios, la locura...

—Yo abrí esa botella de pena, con recuerdos y soledad, le serví un trago y comencé a hablar del miedo —dijo ella—. ¿Qué pretende usted de mí?

—Escribirás una novela. Comenzará con una tormenta y vientos fuertes, rayos atronadores… —susurró él.

¿Y para eso me trajiste hasta el bosque?, pensó ella.

 

Juegos diabólicos

Alberto Macadar

 

Mi hijita de tres años se está poniendo cada día más traviesa. Adora jugar con cosas peligrosas. Ya se ha cortado varias veces con pedazos de vidrio, los dedos han sufrido bajo los efectos del martillo, se ha pinchado tanto con clavos que sus manos parecen las de nuestro señor al bajar de la cruz.

Ayer entré a la cocina cuando estaba terminando de almorzar y la vi limpiándose los dientes con un objeto brillante que se apresuró a esconder debajo del mantel al verme llegar.

—¿Eres loca? —le dije. Un día te vas a lastimar. Déjame ver lo que tienes allí.

Divertida, colocó la hoja de afeitar en mi mano.

 

Ensañamiento

Jorge Zarco

 

—Meted ahora el falso mensaje, a ver si suelta el moco —dice el conductor del programa, consciente de que el público quiere sangre y solo eso. Un falso chismorreo de un falso admirador es emitido en directo; pide sexo a cambio de una buena suma a la invitada forzosa. Llanto a gritos y el conductor de la emisión siente poco menos que un orgasmo. Su auxiliar se acerca.

—Diego…

—Ahora no, imbécil…

—Es importante, de verdad.

—Sí… —un breve silencio y el teléfono cae de sus manos, antes de ser consciente de que el objetivo de los caníbales ahora es él.

 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

EL INTERCESOR GALÁCTICO

 Guillermo Corte


—Mira quién volvió… —dijo el senador de Circinus a su compañero de Antennae. señalando el acceso con una de las extremidades de su exoesqueleto.

—Oh no… ¡Por Katar! —El de Antennae, una entidad con forma de pez dorado, se tomó la cabeza con ambas aletas, lamentándose.

—¿Quién…? —preguntó, asomándose, el parlamentario de Arp 299.

—¡Es Morflog! Me desconectaré hasta que se marche… —afirmó la inteligencia de la galaxia enana de Sculptor.

—¿A qué sector representa? —El legislador de Sextans-A se había incorporado recientemente al Consejo.

—Su nombre es Morflog, de la especie meridiana. Es un veedor del sector veintiséis —explicó el representante de Circinus—. Pasó seis bilfords en un planeta primitivo de la Vía Láctea al que llaman “Tierra”.

—Una galaxia casi inerte —dijo el de Sextans-A.

—Sí… casi. Porque está la dichosa “Tierra”… Resulta que Morflog formó un vínculo emocional muy fuerte con las formas de vida que habitan ese mundo, a quienes llama “humanos” y desde entonces, viene todos los fúsar a abogar por el ingreso de los “terrícolas” a la Comunidad galáctica. —El artrópodo se acercó muy lentamente hacia el centro de la sala desplegando sus informes holográficos.

—Buenos tiempos, senadores.

—Buenos tiempos, Morflog. Ya sabemos los motivos del petitorio… Pero nada ha cambiado por el momento. Por favor regresa el próximo bildford.

—Vengo a suplicar ante este honorable Consejo… por una revisión del fallo 453G: ingreso de la Tierra a la Comunidad Galáctica…

—Negativo —dijo con un sonido monótono el androide de Dwingeloo 1.

—¡Ya basta! —bramó el congresista de Sulfur-7, un ser enorme, imponente, similar a un oso, con una máscara de metal en la trompa.

—¡Es cierto! ¡Ya lo debatimos muchas veces! —dijo el senador de Kentaurus-A, mientras batía sus antenas en señal de desprecio—. Lo explicaremos nuevamente… los representantes de las civilizaciones de esta Comunidad consideramos conveniente no intervenir en ese planeta.

—Quiero que estén al tanto de que he interpuesto una Reconsideración ante la Cámara de Revisores.

—Eres realmente incansable Morflog… —afirmó el circinuano.

—Tenía que ser un meridiano… no hay especie más insufrible —gruñó, por lo bajo, el de Sulfur-7.

—Señor, debería notificar ese comentario al Ministerio del pensamiento —se defendió el artrópodo.

—¡Morflog, santurrón! —El que parecía un oso estaba cada vez más molesto, pero su traje secretó oportunamente un líquido azul que lo calmó de inmediato.

—Las guerras en Titanio, la amenaza de los Colosales Termitentes… ¿y tenemos que preocuparnos por un planeta insignificante y sin futuro? —intervino el antennaecino.

—Comenzaré mi apología con una muestra de la fina cultura terrícola presentando ocho obras literarias autóctonas… —Nada iba a detenerlo. Y por ley debían escucharlo, aunque nadie deseaba perder el tiempo. —La República, de Platón, La Divina comedia, de Dante Alighieri, Romeo y Julieta de William Shakespeare, Las cincuenta sombras de Grey de E. L. James…

—¡Ya basta! ¡Tú ganas, Morflog! —intervino el antennaecino. —¡Que comiencen las formalidades! ¡En diez bilfords los incorporaremos!

El intercesor se quedó atónito e inmediatamente comenzó a agradecer al Senado. Mientras los elogiaba, el antennaecino hablaba telepáticamente con al circinuano.

—Voohon… ¿Es eso cierto?

—Un par de audiencias más y nuestro peludo amigo le hubiera arrancado la cabeza… ¡No te preocupes Teqeq! Mis científicos aseguran que los “terrícolas” se destruirán entre sí en dos, a lo sumo tres bilfords. Ahora disimula hasta que se retire de una buena vez…

martes, 7 de diciembre de 2021

YO, NICOLÁS

 Patricio G. Bazán


“Agencia de Trabajos Temporales”, leí con inocencia en un aviso hace ya una eternidad, cuando apenas era un joven escritor sin trabajo. Pero luego de tantas misiones por el Tiempo, me sentía turista en mi propia época. “Esta será mi última comisión”, me repetía a mí mismo como un mantra protector, rogando cada vez que se cumpliera ese deseo. 

Hace demasiado frío en San Petersburgo.

Recuerdo que, desde hacía un tiempo, cada encargo me parecía peor que el anterior. Nunca una playa tropical, ni un valle tranquilo en los Alpes, y sospechaba que, quizás por ser el más bisoño del equipo, siempre me enviaban a la Europa de la Peste Negra, o a las hostiles estepas mongolas, solo para librarse del molesto novato.

Pero luego descubrí la verdad: sólo podía viajar a eventos históricos donde hubiese vivido algún ancestro mío. Nunca nos explicaron el motivo; así funcionaba el sistema, y punto. “La Vieja Martha” —el cariñoso apodo con que llamaban a la maldita máquina de saltar por la Historia— cotejaba el ADN de cada agente, y le asignaba una misión 100% compatible. La única regla de oro en este oficio consistía en evitar el encuentro personal con un retropariente. Repito, no sé cómo ni por qué, y si algo aprendí en este oficio es a no formular preguntas innecesarias. Podría ganarme un pasaje sin retorno al Jurásico…

Confirmé las coordenadas en mi crono: 1829. La misión consistía en eliminar a un sociópata anarquista que había retrocedido a la Rusia del siglo XIX, burlando nuestra vigilancia. ¡Qué ganas de complicarle la vida a la gente! Su plan era introducir el libro “Das Kapital” en el ambiente literario ruso antes de tiempo, con el propósito de acelerar el adecuado clima antizarista para una Revolución prematura. ¡A saber qué efecto dominó histórico terminaría por desencadenar!

Temblaba, y no sólo por el frío. Estaba harto de “suprimir” errores históricos. Mi pasión eran los libros, no los crímenes.

Allí estaba el revoltoso: acababa de entrar en una casa para encontrarse con un tal Nikolai Gogol, un ucraniano oportunista, poetastro, conspirador de opereta y burócrata. ¡La oveja negra de mi familia! Debía operar con extrema cautela.

Ignorando el frío que traspasaba mis ropas, esperé pacientemente al abrigo de las sombras de la calle hasta que vi salir a una figura embozada. ¡Mi presa!

Salté sobre ella sin piedad ni cuidado, y tal vez mi mano embotada por el frío no haya sido tan precisa como esperaba: manaba demasiada sangre de su cabeza por haber recibido un simple golpe. Debía interrogarle, y luego eliminarlo, pero no al revés. Grave error, pero no fue el único, porque al registrarlo noté el gran parecido que teníamos en común. El criminal jamás había abandonado la casa.

En la Agencia bromeábamos sobre la vieja paradoja temporal del viajero que mata a su abuelo y desaparecía al retornar a su época. Mientras contemplaba los copos de nieve que lentamente caían sobre nosotros, sentí que jamás volvería a reírme.

Sin detenerme a pensar en las consecuencias, hice lo que correspondía: ingresé a la vivienda para completar la misión y salvaguardar un Futuro que no vería jamás. Borré toda evidencia, tomé el lugar del muerto y, como no tenía nada mejor que hacer, me puse a escribir. Bebí como un cosaco, escribí muchas obras, quemaba otras tantas y viajé mucho, con la esperanza de perderme en el mundo o, al menos, reescribir mis recuerdos felices de un futuro inexistente.

Algunas noches, releo estas locas notas en mi diario, y me asaltan las carcajadas. “¿De qué te ríes?”, me pregunta mi amigo Pushkin? “De mí mismo me río”, le contesto, y nuestra risa me induce a creer que tal vez no haya estado tan mal, después de todo...