domingo, 12 de diciembre de 2021

ESPECIAL 60 > 150 - DIECISIETE AUTORES


 

Ventisca

Maru Alzugaray

 

Un viento plano y arenoso trae en su interior un manojito de palabras demoradas en los tiempos, impulsadas por la misma fuerza que las eleva o las arrastra.

Pegajosas, quejumbrosas, dolidas, exasperantes…No tienen época, no tienen edad.

Horadan las murallas, retumban y taladran. Destrozan con la velocidad de un rayo. Y después se alejan formando un remolino.

Y se van, se mudan presurosas a buscar otro blanco…

Y sólo entonces, cuando una lágrima se desparrama por la piel sensible, comprendemos que estamos malheridos, perdidos, sin el consuelo de otra palabra que nos salve.

 

La hoja

Jorge Baudés

 

Contempló el manzano, deslumbrante en la estación estival y ahora en franca merma con los primeros fríos otoñales. Sus frutos ya no lucían su roja y atrapante esbeltez. El ciclo estacional los devolvía a la madre entraña para saciar su sed. Solo las hojas quedaban de su altiva estirpe, como banderas que azotaba el viento.

El viejo árbol dejó caer las mismas, una a una, sobre el acolchado tapiz que lo ceñía a sus pies.

Él, dejó caer la suya, justo frente a Eva.

Meses después nacían Caín y Abel.

 

Escape

Irma Cristina Cardona

 

Ella era Juana. Tenía un sofá, una maleta en la que cabía su ropa, una vieja licuadora, una maceta sin flores, una silla, un escritorio y una ventana para mirar entre los edificios algunos rayos de sol. Ella era Juana, la dueña de un perro llamado Jacobo, la dueña del grito y de la fuerza para azotar la puerta y escapar para siempre del maltrato de Juan.

Juan creía que Juana le pertenecía, y Juana creía que no podía sola y que él era su dueño. Hasta que un día después de una bofetada que la dejó casi inconsciente, Jacobo la despertó a lengüetazos y mimos, tiró de su falda y la llevó corriendo al parque donde pudo disfrutar y no solo ver el sol.

Y a punta saltitos, ladridos y juegos, por fin le hizo entender de qué se trata el amor.

 

Mi teniente

Ana Chernak

 

En un rato va a salir la luna, mi teniente. Lástima que esos hijoeputa traficantes nos bajaron a escopetazos a casi todos. Lo vine a esperar cuando me di cuenta que usted andaba hablando en secreto con ellos por el handing. Nos mandó al muere, ¿ah? Ahora está a veinte metros, y como no me ve, me busca, pero esta vez lo voy a madrugar, fijesé que el cargador de su carabina, lo tengo yo. Acerquesé nomás, que quiero verle la jeta cuando caiga.

 

Doce

Sergio Conde Cardoso

 

Eran las doce en punto y el momento de la ejecución estaba listo. Permanecía inmóvil, de pie, sintiendo que cientos de gotas de sudor gélido resbalaban por su piel para suicidarse contra el piso, como adelantándose a lo que irremediablemente sucedería con él. Fue un instante mínimo y donde todo pareció moverse en cámara lenta. El disparo había sido efectuado; abrió los ojos en medio de una mezcla de polvo y gritos y se halló desparramado sobre el piso viendo a la redonda salir mansamente del fondo del arco.

 

El bar de los malvados

Guillermo Corte

 

—No cabe duda de que he sido el emperador más despiadado de la historia —dijo Calígula mientras tomaba un trago de posca.

—Pocas cosas se comparan con lo que hice en Nóvgorod —exclamó Iván el terrible, mientras Yang Guang los miraba de reojo, sonriendo burlón.

—Ustedes habrán hecho cosas malvadas, pero ninguno logó que su nombre se convierta en un adjetivo calificativo.

—¡Otra vez lo mismo —interrumpió Nerón, indignado— ¡Ya cállate, Maquiavelo!

 

Posibilidades

Rosa Lía Cuello

 

La tarde remoloneaba. La calidez del sol acariciaba los rincones. En el banco de la plaza una mujer enjugaba sus lágrimas. De repente irguió su cabeza buscando una esperanza. Vio el edificio. Observó al hombre que se secaba la transpiración.

En el edificio en construcción un hombre dejó de trabajar, se limpió la cara con un pañuelo y buscó el verde. Suspiró hondamente su cansancio. Entonces la vio levantar la cabeza y decidió bajar con cualquier excusa.

Un suspiro y una lágrima fueron el detonante de un posible futuro. El mundo estaba abierto a infinitas decisiones.

 

La derrota

Oscar De Los Ríos

 

Juan está solo en una habitación de hotel, en perfecto silencio y en total oscuridad. Ha tomado la medicación que le recetó el médico y aun así no puede dormir. Siente la tirantez de los párpados, su cuerpo agotado y en lucha despareja es vencido una y otra vez. Le ordena a su mente relajarse y dormir, descansar, y esta constantemente se rebela. Lleva tres días tratando de dormir sin conseguirlo. Lucha y se rebela hasta que, en un instante de lucidez total comprende que jamás vencerá y abandona la lucha, y entonces se marea, cae en un pozo de sombras; al instante siguiente sonríe, cierra los ojos y duerme relajado y sueña. Sueña que está solo en una habitación de hotel, en perfecto silencio y total oscuridad; ha tomado la medicación que le recetó el médico y… comprende que jamás vencerá.

 

La cita

Graciela Enríquez

 

Prometiste que nos encontraríamos. Mi hermano enfermó, pero me dijo: “no te detengas; te espera”. Apure mis pasos por el puente interminable. Te esperé y no acudiste a nuestra cita. Perdido en el infinito, no supe que el tiempo había pasado. No llegaste, aunque sentí tus manos acariciándome. Tu perfume invadió el aire; una sombra que vi cruzar que me devolvió a la realidad. Al día siguiente, mi hermano me contó acerca del accidente. Supe entonces que habías estado allí.

 

Aquelarre fallido

Nélida Fernández

 

Las brujas llegaron y a los gritos empezaron el aquelarre. Tarde se percataron que al lado había un festival de heavy rock que las enloqueció. Aturdidas corrieron a la iglesia a pedirle al sacerdote que las dejara entrar.

—Por supuesto, hermanas —les dijo, y a medida que entraban fue rociándolas con agua bendita.

Sus nombres acaban de entrar en el santoral de la iglesia.

 

Por ella

Fran Kmil

 

Seguí rigurosamente los pasos del manual de rituales para neófitos. Construí mi altar, dibujé la estrella de seis puntas en el suelo y coloqué una vela  blanca en cada punto cardinal. 

 Yo,  en el centro de la penumbrosa habitación, recitando el mantra aprendido. Sonido a sonido se fue visualizando la realización: las olas, el mar, la arena y ella... la humana que me hizo invertir los ritos y burlar las reglas de nosotros, los fantasmas.

 

Los ojos abiertos

Maximiliano González Jewkes

   

Despierto, habiendo soñado que no despertaba, se fue quedando dormido. En el sueño, alguien con su rostro despertaba, pero se pensaba en vigilia. Imagino esa posibilidad que lo hacía feliz: estar a la vez dormido y despierto. No podía precisar quién habitaba su sueño. Se descorazonó producto de esta experiencia. Había perdido el sentido de sus actos. El sueño y la vigilia se revolcaban como fieras desatadas. En vida, nunca emprendió nada y murió con los ojos abiertos.

 

Los caminantes

Felipe Armando González

 

Casimiro camina en la madrugada por el costado del cementerio. Se encuentra a un hombre anciano que le dice:

—¿Le puedo acompañar, joven?

—Sí, acompáñame, señor, tengo miedo de estar solo.

La charla fue amena hasta que llegaron al final de camino.

—Hoy es mi aniversario —dijo Casimiro.

—¡Felicidades, señor!

—Hace seis años fui asesinado por unos asaltantes —dijo Casimiro indicando con su dedo el lugar donde había muerto.

 

Iguales pero no parecidos

Sergio Gaut vel Hartman

 

Cuando Brolag emergió en el otro universo decidió que lo primero que debía hacer era buscar a Brolag. Y no tardó en encontrarlo, ya que conocía a la perfección los hábitos de su doble, que eran los propios.  Lo que no previó fue que el otro Brolag no quería que en su universo hubiera quien compitiera con él por el corazón de Clarita, y como sabía que nadie iba a acusarlo de asesinato, mató a Brolag sin vacilar.

 

Ella

Ada Inés Lerner

 

—Y entonces apareció ella, volaba desde la luna —contaba él mientras intentaba  sacarse el chaleco—, vestía de plata y traía un arpa de lágrimas. Después sobrevino la vida, nos hirieron el vino, la demencia, los delirios, la locura...

—Yo abrí esa botella de pena, con recuerdos y soledad, le serví un trago y comencé a hablar del miedo —dijo ella—. ¿Qué pretende usted de mí?

—Escribirás una novela. Comenzará con una tormenta y vientos fuertes, rayos atronadores… —susurró él.

¿Y para eso me trajiste hasta el bosque?, pensó ella.

 

Juegos diabólicos

Alberto Macadar

 

Mi hijita de tres años se está poniendo cada día más traviesa. Adora jugar con cosas peligrosas. Ya se ha cortado varias veces con pedazos de vidrio, los dedos han sufrido bajo los efectos del martillo, se ha pinchado tanto con clavos que sus manos parecen las de nuestro señor al bajar de la cruz.

Ayer entré a la cocina cuando estaba terminando de almorzar y la vi limpiándose los dientes con un objeto brillante que se apresuró a esconder debajo del mantel al verme llegar.

—¿Eres loca? —le dije. Un día te vas a lastimar. Déjame ver lo que tienes allí.

Divertida, colocó la hoja de afeitar en mi mano.

 

Ensañamiento

Jorge Zarco

 

—Meted ahora el falso mensaje, a ver si suelta el moco —dice el conductor del programa, consciente de que el público quiere sangre y solo eso. Un falso chismorreo de un falso admirador es emitido en directo; pide sexo a cambio de una buena suma a la invitada forzosa. Llanto a gritos y el conductor de la emisión siente poco menos que un orgasmo. Su auxiliar se acerca.

—Diego…

—Ahora no, imbécil…

—Es importante, de verdad.

—Sí… —un breve silencio y el teléfono cae de sus manos, antes de ser consciente de que el objetivo de los caníbales ahora es él.

 

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