domingo, 5 de diciembre de 2021

CAÍDA DEL CIELO

 Mario Alberto Grasso


El radio-reloj que “La Yoli” le había regalado para su casamiento marcaba las 03:00 del sábado 4 de noviembre de 1961. “La Úrsula” pidió a su Diosito protegiera a su arriesgada prima [Mirá que tirarse de un avión, y encima, de noche… ¡Qué locura!] y programó la alarma para las 06:00. Es dura y esclavizante la vida de campo: no deja tiempo para perezas ni remoloneo. Deseaba ir al pueblo y abrazar a su pariente. [¿Se acordará todavía de nosotros…?] Doña Jacinta le había dicho que le había dicho Rosalía, la curandera, que había salido en el diario la foto de “La Yoli”, por el Festival Aéreo. Tenía unas “ganas locas” de verla, pero a la vaca Aurora le había dado por parir su ternero justo ese día. [Si no la ayudaba se me moría, pobre…] Apagó el “Sol de Noche” y dio un codazo a su esposo.

—¡Pará un poco, Romualdo…! Vas a levantar los techos con esos ronquidos…

—Mmm… ¿Eh…? ¡Ah! Se va a caer el cielo la noche que te acuestes sin refunfuñar… ¿Pusiste el despertador a las…?

—Sí, te vas a despertar con la canción de esa caribeña que te tiene embobado; con una auténtica bomba portorriqueña…

—“…la bomba ¡ay! ¡qué rica es la bomba!...

El altímetro del desfalleciente Cessna 206 indica, con fosforescentes dígitos azulinos, que han arribado a la cota pautada: 32.808 pies.

Abel corta el motor, pone la hélice en bandera, inclina 45 grados a la derecha y toca el hombro de Yoli. Son las 03:33. “El tres es mi número de la suerte…” —comenta la joven, al tiempo que controla, por enésima vez, el paracaídas de emergencia.

La rutilante “Cruz del Sur” es una gigantesca brújula estelar que brilla en el nocturno cielo septembrino sobre la vastedad de la “Pampa Gringa”. Ese integrado cuarteto estelar es un serio competidor para las luminiscentes balizas, al momento en que Yoli, tras perforar el algodonoso manto de nubes, deba orientarse y ubicar su anhelado objetivo: otra inmensa cruz, de inmaculada loneta blanca, clavada al suelo de la pista de aterrizaje del Aero Club General Baldissera.

Cualquier parte de la esbelta y bella figura de la joven ucraniana que toque aquel puntual centro de coordenadas, la consagrará automáticamente como ganadora del “Primer Campeonato Mundial de Paracaidismo Nocturno”, estableciendo un nuevo récord de altura.

El dedo índice del avezado piloto señala un punto invisible, allá abajo, en la oscuridad de la noche. Vidozava “Yoli” Vucadinovich acomoda la máscara de oxígeno ocultando su respingada nariz, controla el temporizador, se persigna tres veces de acuerdo con su cábala: [Confío mi cuerpo a la tela; pongo mi alma en tus manos, Señor…] y salta. Diez mil eternos metros la separan de la gloria…

 

Pareció la explosión de una bomba. La modesta casa de los Vucadinovich tembló entera. El cielo raso se desplomó dejando ver las onduladas chapas del techo. Pensaron en la garrafa de gas de la cocina

—Seguro es esa cabra de mierda que se trepó al techo por la planta… —pensó Romualdo.

—Buscá la escopeta, amor; yo llevo la linterna… —replicó Úrsula.

 

El descomunal hongo de nívea seda recibe la luz tenue de la luna que, curiosa, se ha asomado por entre las nubes y es una dramática presencia fantasmal colgada de la rústica cumbrera.

Asustados, los esposos destraban el cerrojo y, con extrema cautela, ingresan a la habitación contigua. El boquete en el techo permite apreciar toda la magnificencia del nocturnal cielo cordobés.

El potente haz de luz de la linterna incidiendo de pleno en las antiparras terminó de despertarla, haciéndole recobrar la perdida conciencia. [¡Qué viento, Dios, la tela no lo resistirá…! ¡La máscara, la máscara…! Oxígeno, oxí…, me des…]

La inutilizada máscara de oxígeno pendía a un costado del casco que mostraba las secuelas del impacto.

—¡¡¡YOLI!!!

—¡¡¡ÚRSULA!!! El grito reverberó entre las paredes de la pequeña habitación multiplicando el eco que se perdió en la infinitud de aquellos dorados trigales…

—¿Qué hacés acá? ¿Cómo llegaste, Yoli?

—Digamos que tenía muchas ganas de verte… ¿Cómo llegué? Me caí del cielo…



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