martes, 21 de diciembre de 2021

ESPECIAL 60 > 150 - (DOS) DIECIOCHO AUTORES

 


Vergüenza

Irma Cristina Cardona

 

Me habló suavemente al oído y erizó mi piel. Rozó mi cuerpo y me sedujo. Levantó tímidamente mi falda, sin poner en evidencia sus deseos. Y cuando me convenció de su nobleza, me lanzó contra la pared, recogió con fuerza mi falda, se metió entre mis piernas. El frío penetró mi cuerpo y el sudor invadió mi frente. El dolor fue profundo.

Hasta ahora no conocía el invierno, ni contaría a nadie la vergüenza de permitir que me violara el viento.

 

La media

Maru Alzugaray

 

Un mate a medio tomar. Una rodaja de pan a medio morder.

Un pucho a medio fumar.

Mientras se viste, se acomoda el pelo, se pone las botas, las chatitas, las sandalias (según sea la estación), se pinta los labios y renuncia al delineador y al rímel y a las sombras.

Recuerda a su mamá, tan pendiente del maquillaje y piensa en ella misma, la hija, tan a cara lavada y se sonríe sin mirarse en el espejo.

Sale a la calle, por enésima vez en su vida. Sube al colectivo.

Se baja. Camina más de cuadra y media.

Pisa la baldosa con la llave en la mano.

Y sabe que su media vida (o lo que quede de su media vida y de ella) dejarán de existir en el momento en el que pise el escalón.

 

El hacha adormecida

Jorge Alberto Baudés

 

Durmió larga siesta hasta que escuchó voces en el establo. El patrón dejó el motor en marcha como con ganas de salir carpiendo. Entró pisando fuerte mientras dejaba deslizar palabras sueltas que escapaban de los labios resecos poniendo al descubierto sus pensamientos.

—Hoy talaré tantos pinos que no alcanzarán las manos para fabricar los cajones para la fruta. Ya viene la vendimia y no quedaré sin palenque ande ir a rascarme.

La tomó con firmeza y la llevó al monte. Tres y cuatro golpes asestados sin suerte.

—¿Justo ahora quedas desafilada?

Ella rio con picardía.

 

Algo irresistible

Joyce Barker

 

—Cuando era chica, me gustaba ver La isla de la fantasía.

—¡A mí también! Me encantaban esos lugares. ¿Por eso fuiste después, a buscar “tu fantasía”?

—No, al enano. Pero claro, ya no estaba. ¿No le encontrabas “algo”?

—¿A Tatoo? ¡No! —La conversación estaba empezando a parecerle rara, y detestaba eso—. Bueno… claro… era simpático; pero más que eso, obvio que no. ¿Tú le encontrabas "ese" algo, loca? —su amiga no contestó—. No lo puedo creer.

—¡Oye! Yo nunca he criticado tu gusto por los…

—¡Para! —le tapó los oídos al maniquí—. Te dije que esa palabra está prohibida en esta casa. Y se llama Billy.

—¡Qué me importa!

—Si no te importa, ¿a qué viniste?

—Bueno. Tú mandaste un mensaje invitándome.

—No fui yo…—respondió molesta mirando al maniquí—. ¿Debería ponerme celosa por esto, Billy?

—Mejor me voy—dijo la amiga, apresurándose a salir.

 

Con la Yanina no

Ana Chernak

 

Yo sé que es de gusto si le digo que esta vez no tuve la culpa, igual me va a pegar con el cinto, y si el Beto me quiere defender, le va a pegar a él también, que encima hasta sangre tose. El viejo lo lleva a afanar de noche aunque haga frío. ¡Cómo voy a tener yo la culpa! Si lo único que hice fue darle un palazo para sacarle a la Yanina, que es muy chica para que me la coja ese borracho con el que se juntó, mamá.

 

Sin palabras

Guillermo Corte

 

Andrés Rigarti era el mejor escritor de su generación. Su propia esencia, camaleónica, le permitía ser sus propios personajes, por lo cual, todos sus textos eran en el fondo, autobiografías. Esto suponía una gran ventaja: sus obras eran genuinamente autenticas. Una noche decidió experimentar con Casimiro, un personaje inefable; a la mañana siguiente, Andrés se había esfumado en la nada.

 

Ley de seguridad en China

Oscar De Los Ríos

 

Caminando por la calle, Huan Chung encontró una nada y la guardó en un bolsillo del pantalón. Unos metros más adelante lo paró la PSB y lo requisó: como es lógico, no hallaron nada. Pasaron los años y Huan Chung siguió encontrando nadas y guardándolas en el bolsillo del pantalón. Un día la PSB lo volvió a parar y, esta vez, no tuvo escapatoria.

Una nada se puede ocultar, mil no.

Lo acusaron de secesión e incitar al terrorismo. Lo encarcelaron y condenaron a veinte años de cárcel.

 

La criatura

Ada Inés Lerner

 

Atravesando miedos, la criatura comienza su juego vital, recorre el cuerpo de su víctima, casi desnuda, en su obsesión por descansar al sol. No sabemos qué espacio busca en la piel tibia para introducir su probóscide, sorber y satisfacer su apetito. No le preocupa la perfección del cuerpo de la víctima, se desplaza por todos los espacios, casi morbosa, con su memoria instintiva… profecías, sortilegios oscuros que dominan los diluvios y las sequías.

 

En el tren

Alberto Macadar

 

El nene corría feliz. Iba y venía por el pasillo atrás de su pelota de goma. Sus padres se aprestaban a echar una siesta.

—Déjalo que se divierta mientras descansamos un poco. Aquí no hay peligro; no tiene dónde ir.

Cuando se despertaron, el nene no estaba. Preguntaron a los otros pasajeros, pero nadie lo había visto. El tren continuaba parado en el medio del puente, sobre la límpida superficie del lago, con los conductos de ventilación abiertos.

  

Las pesadillas de Nahir

Felipe Armando González

 

Nahir es una niña muy traviesa que tiene pesadillas todas las noches. Ve a un hombre sin cabeza a caballo, vestido de negro, que la persigue y no puede escapar de él. Se despierta agitada y ve al Hada de los Dientes al pie de la cama.

—Lleva mis dientes y deja las monedas —dice el hada—. Acomoda la almohada y vuelve a dormir.

Pero dormir significa despertar en otra pesadilla en la que un hombre alto sin rostro la persigue y no puede correr.

Nahir se despierta  confundida  y ve a una bruja volando en una escoba que le dice:

—No podrás escapar del mundo de las pesadillas.

  

Ley pareja

Nélida Fernández

 

Como lo ordenó el Inquisidor, sumergieron en el río a la acusada de brujería.

Cuando la sacaron, el cura se agachó y gritó:

—¡Está viva, está viva! Es una bruja, vuélvanla a meter.

Pero se había acercado demasiado. En su desesperación por poder respirar ella alzó los brazos y se prendió de él.

Nadie pudo impedir que los dos cayeran al agua.

Cuando los sacaron, ambos seguían vivos.

—¡Brujería! —gritó el pueblo.

Y los quemaron a los dos.

 

¿Corinto o Tebas?

Maximiliano González Jewkes

 

Palo, golpe, click. Uno se aleja. ¿Dónde estaba entonces? Sombra de sospecha en los ojos de la esfinge.  Necesito un plus de grrr para seguir andando. Golpe. Padre cae mientras madre piensa en mí rodeada de sedas. ¿Camino a dónde encontraré mis huellas? Ceniza en las pupilas. Algo se adivina. Soberanía de sombras. Mamá, ¿con qué cielo pasan estas cosas?

 

Ciudad Madero

Iñaki Garzia Furia

 

No tenía nada que hacer, salvo concentrarme en mi propia miseria. Y, tal vez, encontrar un sitio donde dormir y algo para comer y algo con lo que colocarme y dejar así de concentrarme en mi propia miseria.

Joder, ¿qué me había pasado? Yo era un tipo de buena planta, inspiraba respeto. Y tal y como me encontraba, daba más bien pena. Intentaba desentrañar la maraña de golpes de mala suerte que me habían dejado así.

Estaba bien jodido. Ciudad Madero no era un buen sitio para andar sin un puto clavo en el bolsillo.

 

Una mañana en Ulm

Nicolás Micha

 

Hermann Einstein estaba dispuesto a salir de su casa cinco minutos antes de lo usual. Por ese motivo terminaría pasando por debajo de un edificio en construcción en el momento en que una viga de ciento veintidós kilos se precipitara al vacío y cayera sobre su cabeza. Tan solo por culpa de un obrero borracho y una diferencia ínfima de tiempo, se habría llevado a la tumba la teoría de relatividad. Pero, fruto del mal presentimiento, terminará saliendo a horario.

 

El día después

Claudia Isabel Lonfat

 

El día después quedarán las calles silentes. Un montón de piedras. Un montón de cadáveres. Todos apilados, como pequeños monumentos de lo que no pudo ser.

La morguera se llevará los despojos, y los municipales, la basura; ambos con la misma indiferencia.

Un hilo de humo dibujará la madrugada. Pronto todo se disipará para volver a la normalidad y naturalizar la herida.

Los oficinistas, obreros, maestros, comerciantes, y hasta los siniestros, regresarán a sus puestos. Se cambiarán las vidrieras rotas. Despintarán las paredes de reclamos. Se borrará todo vestigio.

Las calles, ahora limpias, escribirán otra página en blanco.

 

El sueño

Milton Echeverría

 

Estuve tan cerca de hacerlo que no debería haber despertado. No quería haber despertado. Pero los sueños son así, se terminan. Se terminan justo en el mejor momento. La secuencia se desarrollaba en su esplendor perfecto pero de la nada se esfumó con los rayos del amanecer.

Abrir mis ojos y despertar fue el sacrilegio peor, cometido por mí.

Ya no había vuelta atrás. Intenté, debo decirlo, dormirme de nuevo para que todo volviera a donde quedó, pero con esa convicción de que nada sería como fue. Mi despertar me marcó en los parámetros en los que realmente vivía, solo, apesadumbrado y muchas veces triste, por lo que deseaba, la mayoría de las veces, vivir soñando pero no para despertar, pues era lo que hoy me había pasado y lo que yo no quería…

 

Homero minimalista

Cristian Mitelman

Una grulla se ha posado sobre el muro que parece infranqueable. En uno de sus ojos se reflejan  los hombres que preparan la defensa de la ciudad, las arengas eólicas, los templos frecuentados por los sacerdotes. En el otro, las barcas, los escudos que reposan en la arena, el bronce de las lorigas, la imagen de Ulises que juega a los dados...

 

Ojos que no ven

Sergio Gaut vel Hartman

 

Milton Erickson, el famoso médico estadounidense que revolucionó su especialidad al cambiar las técnicas del hipnotismo aplicadas a la psicoterapia, nació en 1901 en Aurum, una pequeña ciudad de Nevada ya desaparecida. ¿Desaparecida? ¿Desaparecen las ciudades? Me inclino a pensar que Erickson pergeñó una alucinación colectiva que ha puesto a Aurum fuera del alcance de los sentidos ordinarios y que en ella, desde hace medio siglo, viven y trabajan multitudes de científicos de todas las áreas que diseñan el futuro de la Tierra y preparan el salto desde la cuna al universo, tal como previó Arthur C. Clarke. Tengan en cuenta que, como señaló el autor de El fin de la infancia, la ciencia más avanzada es indistinguible de la magia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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