lunes, 20 de diciembre de 2021

ESPECIAL RELÁMPAGO: INTRUSOS EN MI CASA

 


El cubo amarillo

Erica Echilley

 

Esperaron que se fuera y entraron agazapados. En la inmensidad de la mansión, solo se oían sus pasos presurosos. Al llegar a la cocina, atacaron de lleno aquel mueble blanco. Y allí estaban esas bolsas, brillantes y pulcras, invitándolos a pecar de gula.

Miguel se llenó los bolsillos. Fievel se alejó del resto y carpeteó un hermoso tesoro. Miró para los costados rápidamente y sujetó el gran cubo amarillo. Se sentía realizado. Al tirar de él, algo lo sorprendió de repente. Un objeto metálico se abalanzó sobre su cuerpo. Quedó tendido sobre el carmín con el tesoro a medio sacar.

 

 

Una textura atrapante

Joyce Barker

 

Agotada por las compras navideñas, tiró las bolsas al sofá y se echó en su cama. Dejó caer una mano al piso, sobre la alfombra, y se relajó. “Qué exquisita esta textura, no me había dado cuenta”. Cerró los ojos. “Tengo quince minutos antes de que lleguen todos”. Se quedó dormida. Soñó que estaba en la misma posición y que tocaba la misma alfombra con la mano izquierda. Al sentirla, despertó; pero esta vez, la alfombra movió sus filamentos y los alargó hasta cubrir su mano que por curiosidad no quiso quitar de ahí, pero tampoco hubiera podido.

 

Sombras intrusas

Chelo Torres

 

Llegué cansada del trabajo; mi querida gata Jade siempre venía a recibirme con sus maullidos. Mi propósito era una cena rápida y acostarme temprano.

Jade se puso mimosa mientras yo cenaba, pedía sus caricias tras haber pasado el día sola en casa pero yo no estaba muy solícita. De pronto, empezó a maullar más de lo normal, y al mirar al techo supe por qué. Unas sombras intrusas cruzaban la habitación, sin saber de dónde venían ni a quién pertenecían. Con maullidos desgarradores saltó sobre las paredes hasta que las sombras desaparecieron y entonces ella se enroscó en mi regazo.

 

Pequeño olvido

Fran Kmil

 

Sintió la mano sobre su boca. Abrió los ojos y vio el dedo índice del abuelo cruzado verticalmente sobre los labios en señal de silencio. No se asustó, ya no era el niño que venía a pasar las vacaciones en casa de sus abuelos. El viejo, con mímica, le conminó a seguirlo. Obedeció.

Llegaron al patio. El abuelo extendió el brazo señalando bajo la mata de mango.

—Intrusos en mi casa —susurró.

Era una de esas noches apacibles en que nada pasaba. Solo al abuelo le ocurrían esas cosas y a él, por haber olvidado su enfermedad. Maldita demencia, se dijo.

 

Intruso es usted

Richard A. Quiroga

 

En las madrugadas, los escucho revisar mi heladera. Suenan pequeños pasos y cuando miro, veo dos figuras bajitas que desaparecen detrás del sillón. Intrigado dejo el libro que estaba leyendo, me invade el horror al ver aquellas minúsculas pisadas. Tomo una trampa para ardillas, le agrego carne asada y pan fresco. Al otro día muevo la trampa… ¡vaya sorpresa!, es una rata.

La comida no estaba, la rata tenía un collar con un papel, lo saqué, lo desenrolle y decía en letra minúscula.

“Gracias por la cena, entérese… que el intruso en nuestra casa, es usted.”

 

Voces

Rafael Martínez Liriano

 

La primera vez que escuché las voces pensé que habían entrado ladrones, después de buscar por todas partes sin resultado, decidí culpar a alguna alucinación. Sin embargo, las voces se hicieron más frecuentes, no eran ya ruidos aislados, eran conversaciones comunes y corrientes: niños riendo mientras juegan, y una pareja que pasa los días hablando de sus asuntos. Por un momento pensé que serían fantasmas, pero deseché esa idea cuando hablaron de la pandemia. Se refieren a esta maldita fiebre española que de seguro nos matará.

 

Intrusos

David Córdova

 

Un extraño sonido en la cocina me despertó. Fui a averiguar de qué se trataba y al encender la luz todo parecía silencioso y vacío. ¿Alguna alucinación, tal vez? Miré debajo de la mesa y no encontré nada. Por lo menos estaba seguro de que nadie había entrado a robar. Ya iba a regresar a mi habitación cuando vi en un rincón a una rata gorda y peluda que respiraba aceleradamente; sin embargo, no dudé en tomar la escoba. La golpeé hasta matarla. Más tarde comprendí que había dejado tres huérfanos. ¡Pobres! Conocerían el dolor muy temprano.

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