jueves, 23 de diciembre de 2021

ADIVINA ADIVINADOR

 Guillermo Corte


Joel lo sabía. Sabía que algún día iba a suceder, y sin embargo, cada mañana despertaba con la secreta esperanza de que ese día fuese otro. Así, había logrado, por años, evitar la angustia y aquellos molestos cuestionamientos acerca del tiempo que realmente tenían por delante. Pero, a pesar de las tretas que jugaba a su propia mente, en el fondo era perfectamente consciente de que no se puede tocar a las puertas del averno y pretender luego huir corriendo.

Sin embargo, naturalmente, un día sucedió. Su mente abrazó la aceptación tan pronto como los divisó al otro lado de la calle. Su espíritu, que siempre había sido indómito, pretendió en cambio, que aún tenía una minúscula esperanza. Después de todo, guardaba un par de trucos bajo la manga. Como sea, iban a tener que hacer algún esfuerzo para llevárselo, porque Joel no iba a entregarse como un cordero. Quería, por lo menos, que hablen de su fallecimiento en los círculos, pasar a la posteridad, ser una insignia que trascienda los tiempos.

Se consideraba a sí mismo un artista. En sus ejecuciones, ponía siempre algo de sí mismo. Por esto concebía con cariño la extraña idea de que su muerte fuera su última obra de arte. Una obra de arte dónde su sufrida existencia debía plasmase en toda su gravedad y virulencia.

Resignado, subió a la habitación de su hijo y le dio un beso en la frente asegurándose de no despertarlo. El timbre sonó en ese mismo instante. Joel se acercó a la puerta, suspiró y la abrió.

La misteriosa pareja ingresó lentamente, sin perderlo de vista. El hombre, que parecía de unos ochenta años, tenía una marcada deformación en el rostro y vestía un traje anticuado. Su mano izquierda se mantenía oculta en uno de sus bolsillos. La mujer, que era extremadamente bella, estaba desarmada.

No se dijo una palabra. Tan pronto como ingresaron, un aura extraña invadió su hogar y le causó un fuerte escozor en el estómago. Desconocía sus habilidades, pero sin dudas eran muy fuertes. No esperaba menos de Caspio.

El anciano se sentó en el sillón y se cruzó de piernas mientras sacaba del bolsillo una pequeña esfera negra.

—No es necesario —dijo calmadamente, procurando no aumentar el nivel de tensión— que esto sea algo desagradable. La suerte está echada. Te hemos estudiado y nos han informado.

—Sabemos lo que puedes hacer —agregó la mujer.

—La llaman Trhig —prosiguió el hombre, exhibiendo el artefacto—. Al principio no causa dolor, pero no es instantánea…

—Mi hijo… —interrumpió Joel.

—Te doy mi palabra que no le haremos daño.

—Te doy mi palabra —ratificó su compañera.

—No me refiero a eso... Es que, no puedo dejarlo solo.

—Las deudas deben ser saldadas, Joel. No se puede huir del karma.

Joel los observó. Pensó que, si iba a defenderse, era mucho mejor hacerlo pronto.

—Se puede intentar… —afirmó, desafiante.

La frase alertó inmediatamente a la pareja, que no esperaba resistencia. Pero fue demasiado tarde: el hilo invisible se había enredado en el dedo meñique derecho del sicario. La mujer intentó echarse hacia atrás, y casi logró escapar. No obstante,  Joel alcanzó a enredarlo en su pierna izquierda. Ambos sintieron la tensión del hilo inmediatamente, y aunque no pudieran notarlo a simple vista, pudieron percibir un tenue brillo que iba extendiéndose hasta una de las manos de Joel.

—Eres un ser traicionero —exclamó la mujer visiblemente ofuscada—. Quítalo o retiraré mi promesa sobre el niño.

—¡Shhh! No hables —aconsejó Joel, casi con un tono burlón, colocando su dedo índice sobre su boca—, en unos minutos níma habrá drenado toda la energía de tu cuerpo. Te sentirás cansada hasta para hablar. Si se van ahora, retiraré el hilo en cinco días. Necesito ese tiempo.

Pero ninguno de ellos se inmutó. La mujer comenzó a aproximarse a Joel, mientras este comenzaba a percibir un fuerte ardor en el pecho y una leve sensación de mareo. El hombre exclamó riendo:

—Nadie que haya unido su energía a ella ha sobrevivido jamás, yo que tu lo haría ahora mismo.

Entonces la sensación se agudizó: los ojos de Joel comenzaron a ponerse rojos, las venas de su cabeza se inflaron más y más. Casi sin poder respirar, no tuvo más remedio que desprender el hilo que los unía.

—Veneno energético —siguió el anciano—, un aura tan putrefacta que nadie ha podido jamás tocarla por más de unos segundos. Un desperdicio, ¿has notado lo hermosa que es?

Joel intentó recomponerse y llegar a algún tipo de negociación:

—Si muero con mi Níma activa el que este en contacto conmigo morirá también —dijo señalando al sicario.

El hombre suspiró y exclamó:

—Un desperdicio…

—¡Vaya! Esta pequeña rata te ha costado un dedo —dijo ella.

De repente, con un movimiento velocísimo, el hombre cercenó el dedo  anudado con la mano izquierda. No se derramó ni una sola gota de sangre, como si su cuerpo pudiera suturarse de manera instantánea.

—¿Tienes algún otro truco? ¿No? ¿Puedo seguir?

Joel estaba anonadado. Eran dos seres monstruosos, tan inhumanos como él mismo.

—Como te decía, una vez que Trhig se activa, en la habitación se crea una jaula de la cual no puedes salir jamás. Es imposible. Solo se desactiva cuando el prisionero perece. A medida que pasa el tiempo, el dolor dentro se hace tan insoportable que generalmente el prisionero se suicida o simplemente fallece a causa del dolor. El nivel de tormento depende exclusivamente de la maldad de tu aura. Por lo que veo, será extremadamente doloroso.

Dicho esto, el sujeto profirió algunas enunciaciones en un idioma extraño y volvió a sentarse.

—Tu destino ya estaba esta sellado, Joel. Te explicaré como funciona, llámalo cortesía profesional. Antes de entrar, he marcado ocho puntos fuera de la casa. Estos conforman las aristas de una figura tridimensional. Son los límites de tu presidio. Ahora, hay algunas cosas que Caspio quería saber antes de terminar contigo. Si nos las comentas y eres sincero, seré clemente con el niño.

La mujer tomó asiento.

—Pregunta —dijo Joel, cortante.

—Caspio quiere saber quien le traicionó y si fueron más de uno. ¿Quién te proporcionó acceso a la bóveda?

Antes de que pudiera responder, la mujer decidió añadir otra pregunta:

—Ya que vas a morir, me muero de ganas por saber qué pasaba por tu cabeza cuando decidiste liarte con Julia. ¿Quieres saber lo que él le hizo?

Joel la ignoró y se dirigió al anciano.

—Nadie le traicionó. Obtuve la clave de acceso del propio Caspio.

—¿Cómo? —preguntó el hombre.

—Aparte de traicionero, eres despiadado. —Ella se ofuscó por haber sido ignorada—. Sabias que liarte con ella le causaría la muerte, ¿cierto?

 Joel solo miraba al hombre.

—Una de mis habilidades menos conocidas, Julia la llamaba marcos mentales.

Una pequeña bruma roja comenzó a formarse alrededor de las muñecas de la visitante. Estaba determinada a obtener una respuesta, aunque no formara parte de la misión encomendada y no tenía intenciones de soltar el tema.

—¿Sabes acaso lo que sufrió?

Al percibir la bruma, que se extendía por la habitación, Joel giró hacia ella, satisfaciendo su deseo:

—Sí, yo la maté. Lo sé. Sabía que enamorarme de ella la ponía en riesgo y no pude controlarme. Pero jamás pensé que Caspio podría tocarle un pelo. Creí que lo conocía, pero no. ¿Satisfecha?

—¿Marcos mentales? —interrogó el hombre, cortando la conversación. Solo quería saber lo que su jefe le había mandado a preguntar. La impertinencia de su inexperta compañera estaba complicando innecesariamente las cosas. Ya había perdido un dedo y no quería que nada más pudiera salirse de control.

—Así es. Tendemos a pensar que la realidad está compuesta por un conjunto de hechos —explicó Joel—, que nuestras interpretaciones no pueden tocarlos, no los pueden alcanzar de ninguna forma. Pero en realidad, los hechos no existen, solo existe lo que acontece, lo que nos acontece. Hay algo de nosotros que imprimimos en ellos. Por ejemplo, tú marcaste ocho puntos en esta habitación, hiciste una enunciación y la designaste como una prisión. Pero, ¿cuáles son los hechos realmente? Yo imprimí también algo de mí en ese evento.

El niño, que se había despertado, descendió y contempló la extraña escena. Joel lo observó de reojo, pero mantuvo la vista fija en el anciano.

—¿Qué dices? —preguntó el sicario, confundido sin hacer caso a la presencia del niño.

—Verás —replicó Joel—, cuando delimitas un espacio siempre hay un adentro y un afuera. ¿No? Pero tú nunca dijiste cual era cual. Me atrapaste sin dudas, pero ¿me has atrapado fuera de tu jaula? ¿O dentro?

El anciano comprendió todo al instante.

—Por eso siempre se sale con la suya —explicó el niño con una sonrisa malévola.

—¡Es imposible! —gritó el anciano mientras le invadía el temor.

—Es posible, si tú lo crees. Ahora, intenta no creerlo… porque el marco ya está fijado en ti.

—Es muy difícil no creer algo que uno cree. —El niño parecía disfrutar la situación.

—¿Cómo? ¿Solo con palabras?

—Solo palabras —afirmó Joel—; no hay nada más poderoso.

El anciano aceptó estoicamente su destino. Por suerte traía su dosis de cianuro, escondida en la dentadura. La mujer, en cambio, intentó salir rápidamente de la casa, pero advirtió que no le era posible. Aterrada, preguntó:

—¿Cuál? ¿Cuál es el adentro?

Fue el niño quien respondió, burlón:

—Adivinador adivina, adivina adivinador.

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