jueves, 23 de diciembre de 2021

LOS MUDOS

 Gabriela Vilardo


“Soy Amelia. Estoy acá” parece gritarme esta mujer de pelo largo y canoso que sale a mi encuentro. Usa delantal de internado. Mi propio escepticismo en la oscuridad de esta cueva, no me asusta. Entro solo a ciertos lugares para que nadie, desde su compasión silenciosa, interfiera en mi búsqueda. Y acá estoy frente a Amelia, tal vez escapada de un hospicio. La mujer ha perdido todo tipo de contacto con el mundo exterior. Amelia, un ser sin ninguna cualidad vital que la haga atractiva; alguien taciturno que camina por este espacio. Amelia, con la mirada perdida. Amelia, muda. Amelia, pasando por delante de Antonio. ¿Antonio? Sí, Antonio que, sentado en un rincón, acomoda sus tiradores de inmigrante italiano. El hombre, mudo y mezquino, entonces, en la tenebrosidad de la caverna, solo con su alma. Antonio, ahora, mira a Amelia pero no le habla. Ella se aleja permanentemente y corre hacia la oscuridad. Me apuro y la sigo; y en la corrida me topo con un álter ego supongo que de Hildstrut, una criada húngara, tal como me la imaginé en un cuento de Denevi. Seguramente ésta, que bien podría llamarse Ingrid para simplificar el asunto, es un poco sorda como aquélla, pero además, muda, y pasa detrás de Amelia. Arrastra los pies. Me mira con desconfianza. Tal vez Ingrid sea la responsable del encierro de Amelia y ahora la custodia. Van una detrás de la otra. La criada apática, aunque no menos temperamental, me vuelve a insultar con la mirada, pero yo alcanzo a Amelia y le muestro la salida aunque me ignore; se acostumbró a su condición de cautiva. Amelia, muda. Igual que Antonio. Igual que Ingrid. La salida está al descubierto y todos se quedan. Los mudos, ahí, sin intenciones de huir. Tal vez, ellos hayan entrado un viernes; como yo, que estoy acá, buscando musas para mis textos. Sin miedos. Antonio no escapa cuando intento un acercamiento a él, pero se acurruca en el piso, metiendo la cabeza entre sus piernas. Me agacho. Le digo que podría salvarlo. No me mira. No me habla. No lo odio aunque podría; creo que por su falta de valentía. No es capaz de defender a Amelia de la custodia de Ingrid. Ingrid me hace evocar a aquella Carmen de mi infancia. Una analogía bastante creíble. Tal como están las cosas, bien podría ser Antonio, entonces, el hombre frustrado que espera, en vano, a una Amelia agobiada. Me resulta inevitable la comparación en este ensordecedor silencio: mi abuela, ni siquiera había intentado una fuga para salir de aquel encierro en el que se desmoronó. Nunca obtuve respuestas de esa historia. Yo sólo veía pasar a Carmen que, con insolencia, trataba a la anciana como si fuera de su posesión. Al menos, si estos hablaran. No me iré sin resoluciones esta vez. Nunca supe, con certeza, por qué Carmen cuidaba de mi abuela, pero puedo averiguar hoy la razón por la que Ingrid atormenta a Amelia con su persecución en este lugar. Podría animarme, también, a avasallar a ese escritor que, sentado sobre el piso áspero, no levanta la vista del papel. Está narrando una historia. Creo que se bate a duelo entre un final feliz o uno abierto; no debería obsesionarme tanto con esto. Tal vez el hombre esté tratando de saber los motivos por los cuales Amelia enloqueció. Tal vez intente explicar, sí, que Antonio la espera hasta que ella salga de ese letargo mental en el que la han sumergido. Antonio sigue mudo. Esta Hildstrut o Ingrid, tal vez, Carmen, me vuelve a desafiar con la mirada. ¿Creerá que no estoy dispuesto a dejarla al descubierto, así como se la ve de tosca? Pasa y cree espantarme, como lo hacía Carmen. La maldita Carmen, cómplice del abuelo Luis, capaz de sumergir a alguien en un martirio. Una abuela encerrada, -entonces, en mi evocación-, penando por otro amor, supongo, y agobiada por Carmen que interceptaba, tal vez, cartas de un italiano. Le tironeo el papel al escritor que sigue reacio. Me atormenta la duda con respecto a lo que escribe con tanto empecinamiento. ¿Creerá que puede encontrar un nudo para su historia sin consultarme? Yo podría contarle quién es Amelia. O al menos, algo. Podría advertirle que Antonio es un hombre preocupado por una Amelia que enloqueció por el maltrato de un esposo y, entonces, la espera desde la clandestinidad, a instancias de quitarse de encima a Ingrid en el momento justo y con el arma precisa. Intento apropiarme del desenlace de esta historia y el escritor, también mudo como los otros, odia mis contradicciones y no me quiere escuchar. Trato de persuadirlo de que Ingrid pronto morirá bajo el arma sostenida por un italiano. Aunque él finja ignorarme, sé que me escucha. Y tiene la certeza de mis dudas. No debería mediar un homicidio para salvar la dignidad de dos personas. La cueva se oscureció. ¿Quién entra? Hoy no debería ingresar nadie. Viernes de brujas que ya no están pero que, misteriosamente, atrapan cuerpos sólo por invadir este lugar. Sus almas, con el tiempo, serían materializadas al antojo de las hechiceras. Una leyenda como tantas. Se viene la noche. Amelia me sigue; detrás de sí, Antonio. El escritor me ignora porque mis indecisiones lo atormentan. Sé dónde está la salida. Alguien clava un arma blanca en el estómago de Ingrid. Alguien ¿Quién? En realidad, tendría que ser Antonio. Mi huida es inminente, no sin antes escribir mi nombre en estas rocas, como lo hicieron los que entraron alguna vez... ¿Dónde escribo? ¿Al lado de: “Soy Amelia. Estoy acá”? Debería tachar “Ingrid”, que se interpone entre el “Soy Amelia. Estoy acá”, y el “Antonio, 1871”. Me doy vuelta y ellos ya no están. Los llamo. No contestan. Siguen mudos. Desaparecieron. Ahora, inesperadamente, escucho sus voces, pero no los veo. El eco de sus gritos mezcla las historias y me confunde. Salgo de la caverna con mi página en blanco. Mi esposa me esperaba afuera. Ya no está.



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