lunes, 20 de diciembre de 2021

ESPECIAL RELÁMPAGO: INTRUSOS EN MI CASA

 


El cubo amarillo

Erica Echilley

 

Esperaron que se fuera y entraron agazapados. En la inmensidad de la mansión, solo se oían sus pasos presurosos. Al llegar a la cocina, atacaron de lleno aquel mueble blanco. Y allí estaban esas bolsas, brillantes y pulcras, invitándolos a pecar de gula.

Miguel se llenó los bolsillos. Fievel se alejó del resto y carpeteó un hermoso tesoro. Miró para los costados rápidamente y sujetó el gran cubo amarillo. Se sentía realizado. Al tirar de él, algo lo sorprendió de repente. Un objeto metálico se abalanzó sobre su cuerpo. Quedó tendido sobre el carmín con el tesoro a medio sacar.

 

 

Una textura atrapante

Joyce Barker

 

Agotada por las compras navideñas, tiró las bolsas al sofá y se echó en su cama. Dejó caer una mano al piso, sobre la alfombra, y se relajó. “Qué exquisita esta textura, no me había dado cuenta”. Cerró los ojos. “Tengo quince minutos antes de que lleguen todos”. Se quedó dormida. Soñó que estaba en la misma posición y que tocaba la misma alfombra con la mano izquierda. Al sentirla, despertó; pero esta vez, la alfombra movió sus filamentos y los alargó hasta cubrir su mano que por curiosidad no quiso quitar de ahí, pero tampoco hubiera podido.

 

Sombras intrusas

Chelo Torres

 

Llegué cansada del trabajo; mi querida gata Jade siempre venía a recibirme con sus maullidos. Mi propósito era una cena rápida y acostarme temprano.

Jade se puso mimosa mientras yo cenaba, pedía sus caricias tras haber pasado el día sola en casa pero yo no estaba muy solícita. De pronto, empezó a maullar más de lo normal, y al mirar al techo supe por qué. Unas sombras intrusas cruzaban la habitación, sin saber de dónde venían ni a quién pertenecían. Con maullidos desgarradores saltó sobre las paredes hasta que las sombras desaparecieron y entonces ella se enroscó en mi regazo.

 

Pequeño olvido

Fran Kmil

 

Sintió la mano sobre su boca. Abrió los ojos y vio el dedo índice del abuelo cruzado verticalmente sobre los labios en señal de silencio. No se asustó, ya no era el niño que venía a pasar las vacaciones en casa de sus abuelos. El viejo, con mímica, le conminó a seguirlo. Obedeció.

Llegaron al patio. El abuelo extendió el brazo señalando bajo la mata de mango.

—Intrusos en mi casa —susurró.

Era una de esas noches apacibles en que nada pasaba. Solo al abuelo le ocurrían esas cosas y a él, por haber olvidado su enfermedad. Maldita demencia, se dijo.

 

Intruso es usted

Richard A. Quiroga

 

En las madrugadas, los escucho revisar mi heladera. Suenan pequeños pasos y cuando miro, veo dos figuras bajitas que desaparecen detrás del sillón. Intrigado dejo el libro que estaba leyendo, me invade el horror al ver aquellas minúsculas pisadas. Tomo una trampa para ardillas, le agrego carne asada y pan fresco. Al otro día muevo la trampa… ¡vaya sorpresa!, es una rata.

La comida no estaba, la rata tenía un collar con un papel, lo saqué, lo desenrolle y decía en letra minúscula.

“Gracias por la cena, entérese… que el intruso en nuestra casa, es usted.”

 

Voces

Rafael Martínez Liriano

 

La primera vez que escuché las voces pensé que habían entrado ladrones, después de buscar por todas partes sin resultado, decidí culpar a alguna alucinación. Sin embargo, las voces se hicieron más frecuentes, no eran ya ruidos aislados, eran conversaciones comunes y corrientes: niños riendo mientras juegan, y una pareja que pasa los días hablando de sus asuntos. Por un momento pensé que serían fantasmas, pero deseché esa idea cuando hablaron de la pandemia. Se refieren a esta maldita fiebre española que de seguro nos matará.

 

Intrusos

David Córdova

 

Un extraño sonido en la cocina me despertó. Fui a averiguar de qué se trataba y al encender la luz todo parecía silencioso y vacío. ¿Alguna alucinación, tal vez? Miré debajo de la mesa y no encontré nada. Por lo menos estaba seguro de que nadie había entrado a robar. Ya iba a regresar a mi habitación cuando vi en un rincón a una rata gorda y peluda que respiraba aceleradamente; sin embargo, no dudé en tomar la escoba. La golpeé hasta matarla. Más tarde comprendí que había dejado tres huérfanos. ¡Pobres! Conocerían el dolor muy temprano.

domingo, 12 de diciembre de 2021

ESPECIAL 60 > 150 - DIECISIETE AUTORES


 

Ventisca

Maru Alzugaray

 

Un viento plano y arenoso trae en su interior un manojito de palabras demoradas en los tiempos, impulsadas por la misma fuerza que las eleva o las arrastra.

Pegajosas, quejumbrosas, dolidas, exasperantes…No tienen época, no tienen edad.

Horadan las murallas, retumban y taladran. Destrozan con la velocidad de un rayo. Y después se alejan formando un remolino.

Y se van, se mudan presurosas a buscar otro blanco…

Y sólo entonces, cuando una lágrima se desparrama por la piel sensible, comprendemos que estamos malheridos, perdidos, sin el consuelo de otra palabra que nos salve.

 

La hoja

Jorge Baudés

 

Contempló el manzano, deslumbrante en la estación estival y ahora en franca merma con los primeros fríos otoñales. Sus frutos ya no lucían su roja y atrapante esbeltez. El ciclo estacional los devolvía a la madre entraña para saciar su sed. Solo las hojas quedaban de su altiva estirpe, como banderas que azotaba el viento.

El viejo árbol dejó caer las mismas, una a una, sobre el acolchado tapiz que lo ceñía a sus pies.

Él, dejó caer la suya, justo frente a Eva.

Meses después nacían Caín y Abel.

 

Escape

Irma Cristina Cardona

 

Ella era Juana. Tenía un sofá, una maleta en la que cabía su ropa, una vieja licuadora, una maceta sin flores, una silla, un escritorio y una ventana para mirar entre los edificios algunos rayos de sol. Ella era Juana, la dueña de un perro llamado Jacobo, la dueña del grito y de la fuerza para azotar la puerta y escapar para siempre del maltrato de Juan.

Juan creía que Juana le pertenecía, y Juana creía que no podía sola y que él era su dueño. Hasta que un día después de una bofetada que la dejó casi inconsciente, Jacobo la despertó a lengüetazos y mimos, tiró de su falda y la llevó corriendo al parque donde pudo disfrutar y no solo ver el sol.

Y a punta saltitos, ladridos y juegos, por fin le hizo entender de qué se trata el amor.

 

Mi teniente

Ana Chernak

 

En un rato va a salir la luna, mi teniente. Lástima que esos hijoeputa traficantes nos bajaron a escopetazos a casi todos. Lo vine a esperar cuando me di cuenta que usted andaba hablando en secreto con ellos por el handing. Nos mandó al muere, ¿ah? Ahora está a veinte metros, y como no me ve, me busca, pero esta vez lo voy a madrugar, fijesé que el cargador de su carabina, lo tengo yo. Acerquesé nomás, que quiero verle la jeta cuando caiga.

 

Doce

Sergio Conde Cardoso

 

Eran las doce en punto y el momento de la ejecución estaba listo. Permanecía inmóvil, de pie, sintiendo que cientos de gotas de sudor gélido resbalaban por su piel para suicidarse contra el piso, como adelantándose a lo que irremediablemente sucedería con él. Fue un instante mínimo y donde todo pareció moverse en cámara lenta. El disparo había sido efectuado; abrió los ojos en medio de una mezcla de polvo y gritos y se halló desparramado sobre el piso viendo a la redonda salir mansamente del fondo del arco.

 

El bar de los malvados

Guillermo Corte

 

—No cabe duda de que he sido el emperador más despiadado de la historia —dijo Calígula mientras tomaba un trago de posca.

—Pocas cosas se comparan con lo que hice en Nóvgorod —exclamó Iván el terrible, mientras Yang Guang los miraba de reojo, sonriendo burlón.

—Ustedes habrán hecho cosas malvadas, pero ninguno logó que su nombre se convierta en un adjetivo calificativo.

—¡Otra vez lo mismo —interrumpió Nerón, indignado— ¡Ya cállate, Maquiavelo!

 

Posibilidades

Rosa Lía Cuello

 

La tarde remoloneaba. La calidez del sol acariciaba los rincones. En el banco de la plaza una mujer enjugaba sus lágrimas. De repente irguió su cabeza buscando una esperanza. Vio el edificio. Observó al hombre que se secaba la transpiración.

En el edificio en construcción un hombre dejó de trabajar, se limpió la cara con un pañuelo y buscó el verde. Suspiró hondamente su cansancio. Entonces la vio levantar la cabeza y decidió bajar con cualquier excusa.

Un suspiro y una lágrima fueron el detonante de un posible futuro. El mundo estaba abierto a infinitas decisiones.

 

La derrota

Oscar De Los Ríos

 

Juan está solo en una habitación de hotel, en perfecto silencio y en total oscuridad. Ha tomado la medicación que le recetó el médico y aun así no puede dormir. Siente la tirantez de los párpados, su cuerpo agotado y en lucha despareja es vencido una y otra vez. Le ordena a su mente relajarse y dormir, descansar, y esta constantemente se rebela. Lleva tres días tratando de dormir sin conseguirlo. Lucha y se rebela hasta que, en un instante de lucidez total comprende que jamás vencerá y abandona la lucha, y entonces se marea, cae en un pozo de sombras; al instante siguiente sonríe, cierra los ojos y duerme relajado y sueña. Sueña que está solo en una habitación de hotel, en perfecto silencio y total oscuridad; ha tomado la medicación que le recetó el médico y… comprende que jamás vencerá.

 

La cita

Graciela Enríquez

 

Prometiste que nos encontraríamos. Mi hermano enfermó, pero me dijo: “no te detengas; te espera”. Apure mis pasos por el puente interminable. Te esperé y no acudiste a nuestra cita. Perdido en el infinito, no supe que el tiempo había pasado. No llegaste, aunque sentí tus manos acariciándome. Tu perfume invadió el aire; una sombra que vi cruzar que me devolvió a la realidad. Al día siguiente, mi hermano me contó acerca del accidente. Supe entonces que habías estado allí.

 

Aquelarre fallido

Nélida Fernández

 

Las brujas llegaron y a los gritos empezaron el aquelarre. Tarde se percataron que al lado había un festival de heavy rock que las enloqueció. Aturdidas corrieron a la iglesia a pedirle al sacerdote que las dejara entrar.

—Por supuesto, hermanas —les dijo, y a medida que entraban fue rociándolas con agua bendita.

Sus nombres acaban de entrar en el santoral de la iglesia.

 

Por ella

Fran Kmil

 

Seguí rigurosamente los pasos del manual de rituales para neófitos. Construí mi altar, dibujé la estrella de seis puntas en el suelo y coloqué una vela  blanca en cada punto cardinal. 

 Yo,  en el centro de la penumbrosa habitación, recitando el mantra aprendido. Sonido a sonido se fue visualizando la realización: las olas, el mar, la arena y ella... la humana que me hizo invertir los ritos y burlar las reglas de nosotros, los fantasmas.

 

Los ojos abiertos

Maximiliano González Jewkes

   

Despierto, habiendo soñado que no despertaba, se fue quedando dormido. En el sueño, alguien con su rostro despertaba, pero se pensaba en vigilia. Imagino esa posibilidad que lo hacía feliz: estar a la vez dormido y despierto. No podía precisar quién habitaba su sueño. Se descorazonó producto de esta experiencia. Había perdido el sentido de sus actos. El sueño y la vigilia se revolcaban como fieras desatadas. En vida, nunca emprendió nada y murió con los ojos abiertos.

 

Los caminantes

Felipe Armando González

 

Casimiro camina en la madrugada por el costado del cementerio. Se encuentra a un hombre anciano que le dice:

—¿Le puedo acompañar, joven?

—Sí, acompáñame, señor, tengo miedo de estar solo.

La charla fue amena hasta que llegaron al final de camino.

—Hoy es mi aniversario —dijo Casimiro.

—¡Felicidades, señor!

—Hace seis años fui asesinado por unos asaltantes —dijo Casimiro indicando con su dedo el lugar donde había muerto.

 

Iguales pero no parecidos

Sergio Gaut vel Hartman

 

Cuando Brolag emergió en el otro universo decidió que lo primero que debía hacer era buscar a Brolag. Y no tardó en encontrarlo, ya que conocía a la perfección los hábitos de su doble, que eran los propios.  Lo que no previó fue que el otro Brolag no quería que en su universo hubiera quien compitiera con él por el corazón de Clarita, y como sabía que nadie iba a acusarlo de asesinato, mató a Brolag sin vacilar.

 

Ella

Ada Inés Lerner

 

—Y entonces apareció ella, volaba desde la luna —contaba él mientras intentaba  sacarse el chaleco—, vestía de plata y traía un arpa de lágrimas. Después sobrevino la vida, nos hirieron el vino, la demencia, los delirios, la locura...

—Yo abrí esa botella de pena, con recuerdos y soledad, le serví un trago y comencé a hablar del miedo —dijo ella—. ¿Qué pretende usted de mí?

—Escribirás una novela. Comenzará con una tormenta y vientos fuertes, rayos atronadores… —susurró él.

¿Y para eso me trajiste hasta el bosque?, pensó ella.

 

Juegos diabólicos

Alberto Macadar

 

Mi hijita de tres años se está poniendo cada día más traviesa. Adora jugar con cosas peligrosas. Ya se ha cortado varias veces con pedazos de vidrio, los dedos han sufrido bajo los efectos del martillo, se ha pinchado tanto con clavos que sus manos parecen las de nuestro señor al bajar de la cruz.

Ayer entré a la cocina cuando estaba terminando de almorzar y la vi limpiándose los dientes con un objeto brillante que se apresuró a esconder debajo del mantel al verme llegar.

—¿Eres loca? —le dije. Un día te vas a lastimar. Déjame ver lo que tienes allí.

Divertida, colocó la hoja de afeitar en mi mano.

 

Ensañamiento

Jorge Zarco

 

—Meted ahora el falso mensaje, a ver si suelta el moco —dice el conductor del programa, consciente de que el público quiere sangre y solo eso. Un falso chismorreo de un falso admirador es emitido en directo; pide sexo a cambio de una buena suma a la invitada forzosa. Llanto a gritos y el conductor de la emisión siente poco menos que un orgasmo. Su auxiliar se acerca.

—Diego…

—Ahora no, imbécil…

—Es importante, de verdad.

—Sí… —un breve silencio y el teléfono cae de sus manos, antes de ser consciente de que el objetivo de los caníbales ahora es él.

 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

EL INTERCESOR GALÁCTICO

 Guillermo Corte


—Mira quién volvió… —dijo el senador de Circinus a su compañero de Antennae. señalando el acceso con una de las extremidades de su exoesqueleto.

—Oh no… ¡Por Katar! —El de Antennae, una entidad con forma de pez dorado, se tomó la cabeza con ambas aletas, lamentándose.

—¿Quién…? —preguntó, asomándose, el parlamentario de Arp 299.

—¡Es Morflog! Me desconectaré hasta que se marche… —afirmó la inteligencia de la galaxia enana de Sculptor.

—¿A qué sector representa? —El legislador de Sextans-A se había incorporado recientemente al Consejo.

—Su nombre es Morflog, de la especie meridiana. Es un veedor del sector veintiséis —explicó el representante de Circinus—. Pasó seis bilfords en un planeta primitivo de la Vía Láctea al que llaman “Tierra”.

—Una galaxia casi inerte —dijo el de Sextans-A.

—Sí… casi. Porque está la dichosa “Tierra”… Resulta que Morflog formó un vínculo emocional muy fuerte con las formas de vida que habitan ese mundo, a quienes llama “humanos” y desde entonces, viene todos los fúsar a abogar por el ingreso de los “terrícolas” a la Comunidad galáctica. —El artrópodo se acercó muy lentamente hacia el centro de la sala desplegando sus informes holográficos.

—Buenos tiempos, senadores.

—Buenos tiempos, Morflog. Ya sabemos los motivos del petitorio… Pero nada ha cambiado por el momento. Por favor regresa el próximo bildford.

—Vengo a suplicar ante este honorable Consejo… por una revisión del fallo 453G: ingreso de la Tierra a la Comunidad Galáctica…

—Negativo —dijo con un sonido monótono el androide de Dwingeloo 1.

—¡Ya basta! —bramó el congresista de Sulfur-7, un ser enorme, imponente, similar a un oso, con una máscara de metal en la trompa.

—¡Es cierto! ¡Ya lo debatimos muchas veces! —dijo el senador de Kentaurus-A, mientras batía sus antenas en señal de desprecio—. Lo explicaremos nuevamente… los representantes de las civilizaciones de esta Comunidad consideramos conveniente no intervenir en ese planeta.

—Quiero que estén al tanto de que he interpuesto una Reconsideración ante la Cámara de Revisores.

—Eres realmente incansable Morflog… —afirmó el circinuano.

—Tenía que ser un meridiano… no hay especie más insufrible —gruñó, por lo bajo, el de Sulfur-7.

—Señor, debería notificar ese comentario al Ministerio del pensamiento —se defendió el artrópodo.

—¡Morflog, santurrón! —El que parecía un oso estaba cada vez más molesto, pero su traje secretó oportunamente un líquido azul que lo calmó de inmediato.

—Las guerras en Titanio, la amenaza de los Colosales Termitentes… ¿y tenemos que preocuparnos por un planeta insignificante y sin futuro? —intervino el antennaecino.

—Comenzaré mi apología con una muestra de la fina cultura terrícola presentando ocho obras literarias autóctonas… —Nada iba a detenerlo. Y por ley debían escucharlo, aunque nadie deseaba perder el tiempo. —La República, de Platón, La Divina comedia, de Dante Alighieri, Romeo y Julieta de William Shakespeare, Las cincuenta sombras de Grey de E. L. James…

—¡Ya basta! ¡Tú ganas, Morflog! —intervino el antennaecino. —¡Que comiencen las formalidades! ¡En diez bilfords los incorporaremos!

El intercesor se quedó atónito e inmediatamente comenzó a agradecer al Senado. Mientras los elogiaba, el antennaecino hablaba telepáticamente con al circinuano.

—Voohon… ¿Es eso cierto?

—Un par de audiencias más y nuestro peludo amigo le hubiera arrancado la cabeza… ¡No te preocupes Teqeq! Mis científicos aseguran que los “terrícolas” se destruirán entre sí en dos, a lo sumo tres bilfords. Ahora disimula hasta que se retire de una buena vez…

martes, 7 de diciembre de 2021

YO, NICOLÁS

 Patricio G. Bazán


“Agencia de Trabajos Temporales”, leí con inocencia en un aviso hace ya una eternidad, cuando apenas era un joven escritor sin trabajo. Pero luego de tantas misiones por el Tiempo, me sentía turista en mi propia época. “Esta será mi última comisión”, me repetía a mí mismo como un mantra protector, rogando cada vez que se cumpliera ese deseo. 

Hace demasiado frío en San Petersburgo.

Recuerdo que, desde hacía un tiempo, cada encargo me parecía peor que el anterior. Nunca una playa tropical, ni un valle tranquilo en los Alpes, y sospechaba que, quizás por ser el más bisoño del equipo, siempre me enviaban a la Europa de la Peste Negra, o a las hostiles estepas mongolas, solo para librarse del molesto novato.

Pero luego descubrí la verdad: sólo podía viajar a eventos históricos donde hubiese vivido algún ancestro mío. Nunca nos explicaron el motivo; así funcionaba el sistema, y punto. “La Vieja Martha” —el cariñoso apodo con que llamaban a la maldita máquina de saltar por la Historia— cotejaba el ADN de cada agente, y le asignaba una misión 100% compatible. La única regla de oro en este oficio consistía en evitar el encuentro personal con un retropariente. Repito, no sé cómo ni por qué, y si algo aprendí en este oficio es a no formular preguntas innecesarias. Podría ganarme un pasaje sin retorno al Jurásico…

Confirmé las coordenadas en mi crono: 1829. La misión consistía en eliminar a un sociópata anarquista que había retrocedido a la Rusia del siglo XIX, burlando nuestra vigilancia. ¡Qué ganas de complicarle la vida a la gente! Su plan era introducir el libro “Das Kapital” en el ambiente literario ruso antes de tiempo, con el propósito de acelerar el adecuado clima antizarista para una Revolución prematura. ¡A saber qué efecto dominó histórico terminaría por desencadenar!

Temblaba, y no sólo por el frío. Estaba harto de “suprimir” errores históricos. Mi pasión eran los libros, no los crímenes.

Allí estaba el revoltoso: acababa de entrar en una casa para encontrarse con un tal Nikolai Gogol, un ucraniano oportunista, poetastro, conspirador de opereta y burócrata. ¡La oveja negra de mi familia! Debía operar con extrema cautela.

Ignorando el frío que traspasaba mis ropas, esperé pacientemente al abrigo de las sombras de la calle hasta que vi salir a una figura embozada. ¡Mi presa!

Salté sobre ella sin piedad ni cuidado, y tal vez mi mano embotada por el frío no haya sido tan precisa como esperaba: manaba demasiada sangre de su cabeza por haber recibido un simple golpe. Debía interrogarle, y luego eliminarlo, pero no al revés. Grave error, pero no fue el único, porque al registrarlo noté el gran parecido que teníamos en común. El criminal jamás había abandonado la casa.

En la Agencia bromeábamos sobre la vieja paradoja temporal del viajero que mata a su abuelo y desaparecía al retornar a su época. Mientras contemplaba los copos de nieve que lentamente caían sobre nosotros, sentí que jamás volvería a reírme.

Sin detenerme a pensar en las consecuencias, hice lo que correspondía: ingresé a la vivienda para completar la misión y salvaguardar un Futuro que no vería jamás. Borré toda evidencia, tomé el lugar del muerto y, como no tenía nada mejor que hacer, me puse a escribir. Bebí como un cosaco, escribí muchas obras, quemaba otras tantas y viajé mucho, con la esperanza de perderme en el mundo o, al menos, reescribir mis recuerdos felices de un futuro inexistente.

Algunas noches, releo estas locas notas en mi diario, y me asaltan las carcajadas. “¿De qué te ríes?”, me pregunta mi amigo Pushkin? “De mí mismo me río”, le contesto, y nuestra risa me induce a creer que tal vez no haya estado tan mal, después de todo...



MORIR O VIAJAR NO ES LA ÚNICA FORMA DE PARTIR

 Oscar De Los Ríos


Hoy es la noche en que, después de tres años, estaremos otra vez juntos: Luis, el flaco Abel y yo.

Me encontré con el flaco en la calle de los espíritus ―la llaman así porque el viento, al pasar entre los árboles, semeja el lamento de las almas en pena― y sin prisa, pero sin pausas, nos encaminamos a la casa de Luis. Hacía tres años que nuestro amigo se había radicado en Brasil por un tema laboral y solo regresó a la Argentina en una oportunidad, quedándose un par de días. A tres cuadras de la casa se me ocurrió preguntarle al flaco por don Carlos, el padre de Luis. Su respuesta me sorprendió.

—¡Pobre don Carlos, ya no está entre nosotros! ¡Partió!

Estaban a punto de saltarme las lágrimas cuando lo increpé:

―Pero… Abel, si sabías que el viejo murió ¿cómo no me avisaste?

—¿Quién dijo que murió? —me contestó el flaco con una misteriosa sonrisa.

―¡Ah, bueno! Me quedo más tranquilo, ¿cuándo se fue a Brasil para reunirse con Luis?

―¡Aflojá, Jorge! ¿Acaso vos creés que la única forma de partir es morir o viajar?

Iba a preguntarle extrañado de qué hablaba, cuando llegamos a la casa de Luis.

—¡Mirá! —dijo Abel—. Parece que Luis sacó al viejo y lo puso en el patio.

Sentado en una reposera de lona, con los ojos cerrados y las piernas colgando hacia un lado, don Carlos parecía dormitar. En la radio sonaba el tango “Volver”.

Me dirigía a saludarlo cuando el flaco me detuvo.

―¿Qué hacés? Te dije que el viejo ya no está entre nosotros.

Amagué igual un saludo, pero nunca llegué a terminarlo porque justo en ese momento apareció Luis y los tres nos fundimos en un fuerte abrazo.

Charlamos durante un par de horas y nos pusimos al tanto de la vida de Luis en Brasil, antes que el tema recayese en don Carlos. Fue Luis quien, con los ojos a punto de estallar en lágrimas, dio comienzo al siguiente relato.

―Cuando la empresa en la que trabajo decidió cerrar su sucursal en la Argentina y trasladarse a Brasil, fue un golpe muy duro para mí. Me ofrecieron el mismo puesto en el país vecino, pero debía optar entre los viejos, la barra, todo lo que constituía mi vida hasta entonces o quedarme sin trabajo. Comenzar de cero a los treinta años y tirar por la borda diez años de carrera no era lo que tenía planeado para mi futuro. Traté que al menos los viejos fueran conmigo, pero ellos se negaron.

»Si bien al principio fue duro, logré acostumbrarme al idioma y la cultura bahiana. Además, la vieja me escribía cartas regularmente y me mantenía al tanto de todo. Las cartas de mi madre llegaban con regularidad, una todos los viernes, hasta que murió.

»Regresé al país para el velorio y de nuevo la disyuntiva, volver a la Argentina o quedarme en Bahía. Luego del entierro tuve una charla con el viejo y me dijo:

»―No seas tonto hijo. Ni hablar de que vuelvas. Te acaban de dar un ascenso y, según me contaste, estás saliendo con una chica brasileña. Yo no me voy con vos por ahora, pero más adelante… quién sabe.

»Volví a Brasil y por un tiempo no tuve noticias de mi viejo; él no era de escribir cartas como mamá. Por eso, cuando recibí la primera misiva me sorprendió.

»Querido hijo, seguramente te sorprenda recibir esta carta mía. Es más: hasta ayer no pensaba en escribirte. Sucedió que anoche me visitó tu madre y me preguntó por vos. Como no tenía noticias tuyas recientes, me reprochó la falta de amor que este acto supone en ella y me pidió te escribiera. Yo sigo bien. Si es posible, quiere estar al tanto de tus asuntos. Si esto no te trae inconvenientes.

»Al leer la carta me puse contento; supuse que se estaba ablandando y en cualquier momento se venía conmigo. Le contesté contándole algunos detalles de mi vida y la correspondencia fue fluida. Una carta todos los viernes. Todo parecía normal, pero con el correr del tiempo, el contenido llegó a estremecerme: la letra era la de mi viejo, pero la redacción se parecía a la de mi madre.  Un viernes llegó una carta que me hizo temer lo peor.

»… y tu padre insiste, pero no te preocupes, no dejaré que te abandone. Además, si lo hiciera dejaría de tener noticias tuyas. 

»Una carta todos los viernes, hasta que llegó la última.

»…Tuve que llegar a un acuerdo con tu padre, pasará un año conmigo y luego volverá para traerme noticias tuyas. No te preocupes hijo, todo va a estar bien.”

»Lo primero que pensé fue lo peor, luego en llamar a tía Margarita. Cuando me pude comunicar con ella me tranquilizó a medias.

»—Carlos está bien, Luis. Lo único extraño es que se acostó a dormir hace tres días y aun no despertó. Yo me instalé en tu casa. Desde que murió Mabel quise mudarme con él, al fin y al cabo, somos dos viejos solos, pero él siempre se opuso. Ahora tampoco dijo que sí, aunque ya no se opone. Los médicos que lo revisaron dicen que va a despertar en cualquier momento.

»―Apenas pude, como imaginarán, volví a la Argentina y encontré a mi viejo en el estado en que está ahora. He consultado a muchos especialistas, y nadie lo logra despertar. Cuando regresé a Brasil, Laura me convenció de ver a un brujo. Sí, ya sé que ustedes no creen, pero si vivieran en Bahía pensarían distinto. Me dijo que al viejo lo atrapó un demonio de los que habitan en el mundo de los sueños, que se hace pasar por mi madre y lo tiene engañado. Me aconsejó volver a Rosario, cuando se cumpliera el año, y colocarle en el cuello este amuleto que me dio. A las doce de la noche en punto.»

Tras decir esto, sacó un collar muy antiguo. Tenía un medallón con una calavera de plata engarzada y, en otro dije, un Cristo.

―Por eso es que les pedí que vinieran, no me animo a estar solo con el viejo. El brujo me dijo, además, que si despierta antes de que le coloquemos el amuleto el demonio que lo posee se lo llevará a él, y a todos los que lo acompañen en ese momento.

—¿Cuándo se cumple se cumple el año? ―Me estremecí intuyendo la respuesta.

—¡Hoy, Jorge, hoy mismo!

Me di vuelta hacia el lugar donde descansaba don Carlos, con un temblor incipiente en las piernas, y lo vi levantarse del sillón en el que estaba descansando. No tenía puesto el amuleto. Me miró fijo y estiró los brazos terminados en garras; su rostro se distorsionó en una mueca pavorosa y, abriendo las fauces, me llamó.

—¡Jorge! ¡Cuánto hacía que no te veía! Venga un abrazo, muchacho.

Mientras huía despavorido, no pude percatarme del hecho de que Luis y Abel reían a carcajadas. Reía también la tía Margarita escondida detrás de un árbol, esa arpía amante de las burlas que ató las garras y la máscara al viejo dormido. El viejo se libró el disfraz improvisado, pestañeó los últimos rescoldos de su siesta y bramó. 

—Seguro que esta es otra de tus bromas, Luis. Aflojen un poco, lo van a matar de un infarto al pobre muchacho.



domingo, 5 de diciembre de 2021

CAÍDA DEL CIELO

 Mario Alberto Grasso


El radio-reloj que “La Yoli” le había regalado para su casamiento marcaba las 03:00 del sábado 4 de noviembre de 1961. “La Úrsula” pidió a su Diosito protegiera a su arriesgada prima [Mirá que tirarse de un avión, y encima, de noche… ¡Qué locura!] y programó la alarma para las 06:00. Es dura y esclavizante la vida de campo: no deja tiempo para perezas ni remoloneo. Deseaba ir al pueblo y abrazar a su pariente. [¿Se acordará todavía de nosotros…?] Doña Jacinta le había dicho que le había dicho Rosalía, la curandera, que había salido en el diario la foto de “La Yoli”, por el Festival Aéreo. Tenía unas “ganas locas” de verla, pero a la vaca Aurora le había dado por parir su ternero justo ese día. [Si no la ayudaba se me moría, pobre…] Apagó el “Sol de Noche” y dio un codazo a su esposo.

—¡Pará un poco, Romualdo…! Vas a levantar los techos con esos ronquidos…

—Mmm… ¿Eh…? ¡Ah! Se va a caer el cielo la noche que te acuestes sin refunfuñar… ¿Pusiste el despertador a las…?

—Sí, te vas a despertar con la canción de esa caribeña que te tiene embobado; con una auténtica bomba portorriqueña…

—“…la bomba ¡ay! ¡qué rica es la bomba!...

El altímetro del desfalleciente Cessna 206 indica, con fosforescentes dígitos azulinos, que han arribado a la cota pautada: 32.808 pies.

Abel corta el motor, pone la hélice en bandera, inclina 45 grados a la derecha y toca el hombro de Yoli. Son las 03:33. “El tres es mi número de la suerte…” —comenta la joven, al tiempo que controla, por enésima vez, el paracaídas de emergencia.

La rutilante “Cruz del Sur” es una gigantesca brújula estelar que brilla en el nocturno cielo septembrino sobre la vastedad de la “Pampa Gringa”. Ese integrado cuarteto estelar es un serio competidor para las luminiscentes balizas, al momento en que Yoli, tras perforar el algodonoso manto de nubes, deba orientarse y ubicar su anhelado objetivo: otra inmensa cruz, de inmaculada loneta blanca, clavada al suelo de la pista de aterrizaje del Aero Club General Baldissera.

Cualquier parte de la esbelta y bella figura de la joven ucraniana que toque aquel puntual centro de coordenadas, la consagrará automáticamente como ganadora del “Primer Campeonato Mundial de Paracaidismo Nocturno”, estableciendo un nuevo récord de altura.

El dedo índice del avezado piloto señala un punto invisible, allá abajo, en la oscuridad de la noche. Vidozava “Yoli” Vucadinovich acomoda la máscara de oxígeno ocultando su respingada nariz, controla el temporizador, se persigna tres veces de acuerdo con su cábala: [Confío mi cuerpo a la tela; pongo mi alma en tus manos, Señor…] y salta. Diez mil eternos metros la separan de la gloria…

 

Pareció la explosión de una bomba. La modesta casa de los Vucadinovich tembló entera. El cielo raso se desplomó dejando ver las onduladas chapas del techo. Pensaron en la garrafa de gas de la cocina

—Seguro es esa cabra de mierda que se trepó al techo por la planta… —pensó Romualdo.

—Buscá la escopeta, amor; yo llevo la linterna… —replicó Úrsula.

 

El descomunal hongo de nívea seda recibe la luz tenue de la luna que, curiosa, se ha asomado por entre las nubes y es una dramática presencia fantasmal colgada de la rústica cumbrera.

Asustados, los esposos destraban el cerrojo y, con extrema cautela, ingresan a la habitación contigua. El boquete en el techo permite apreciar toda la magnificencia del nocturnal cielo cordobés.

El potente haz de luz de la linterna incidiendo de pleno en las antiparras terminó de despertarla, haciéndole recobrar la perdida conciencia. [¡Qué viento, Dios, la tela no lo resistirá…! ¡La máscara, la máscara…! Oxígeno, oxí…, me des…]

La inutilizada máscara de oxígeno pendía a un costado del casco que mostraba las secuelas del impacto.

—¡¡¡YOLI!!!

—¡¡¡ÚRSULA!!! El grito reverberó entre las paredes de la pequeña habitación multiplicando el eco que se perdió en la infinitud de aquellos dorados trigales…

—¿Qué hacés acá? ¿Cómo llegaste, Yoli?

—Digamos que tenía muchas ganas de verte… ¿Cómo llegué? Me caí del cielo…



viernes, 3 de diciembre de 2021

BIFURCADA

 Joyce Barker


Ana llegó temprano a su casa, dos horas antes que la hora oficial de salida en el trabajo. Sabía que algo andaba mal, lo sentía en la piel entumecida de sus brazos, las manos sudadas, y un terrible dolor de cabeza. "Otra vez un ataque", pensó. "Las piedras. Necesito las piedras". Buscó en el cajón de la cómoda y agarró tres en cada puño: eran dos cuarzos rosados, uno simple, una piedra verde esmeralda, otra azul y una dorada. Las apretó con fuerza, e inmediatamente, el malestar desapareció. Pudo relajarse.

"Autosugestión o no, las piedras funcionan'', pensó, pero a los pocos segundos escuchó una voz en su cabeza: "¡Suéltalas!", y, sin pensarlo, las dejó caer al piso. Al hacerlo, volvieron las sensaciones desagradables; y esta vez tan intensas que el entumecimiento hizo que dejara de sentir los brazos y piernas. Luego, su cuerpo entero sufrió un espasmo corto y se retorció de dolor; simultáneamente, el cuello se estiró más de lo normal. Sintió un cosquilleo en la cabeza, que se sumó a una intensa jaqueca y comenzó a ver todo borroso y doble. Cayó desmayada sobre la cama.

Al despertar, luego de un par de horas, seguía sin sentir sus extremidades y no tuvo más opción que bajar de la cama deslizándose. Se arrastró ágilmente hasta el comedor, quedando debajo de la mesa, su lugar preferido. Se enrolló como si anidara algo. Ahora Ana tenía dos cabezas y un cuerpo amorfo.

—Qué bueno que me hiciste caso y las soltaste. Hace tiempo que no nos veíamos —dijo la cabeza derecha—. Un día voy a botar esas piedras, no las soporto.

—No sé por qué te gusta tanto estar así. Ana sufre con esta metamorfosis —alegó la izquierda.

—¿Tan raro te parece que alguien quiera "cierta" independencia? A mí me agota que habitemos el mismo cuerpo todo el tiempo: me siento oprimida ¿No te pasa lo mismo?

—¡No! ¡Para nada! Me gusta que podamos ser Ana, no todos tienen esa suerte; y si ya terminaste, ¿te parece bien que vayamos hasta donde soltaste las piedras? Echo de menos mis brazos.

—¡Nuestros brazos! Y fuiste tú quien las soltó, ¡qué poca memoria! —La cabeza derecha sacó su lengua bífida y la agitó como si fuera un serpentín—. ¿Por qué no salimos a pasear, mejor? Hace años que no salimos, desde ese "incidente" con los niños del barrio, ¡y estábamos tan cerca del bar! ¿Serán adultos ya? No me importa, en todo caso.

—Ridícula: nos molerían a palos otra vez. Y claro que ahora son adultos, y no creo que hayan cambiado sus prejuicios. Que agradezcan que no los atacamos de vuelta —suspiró la izquierda, mirando con un ojo a la cabeza derecha y con el otro, un retrato de Ana sobre el buffet del comedor—. ¿Tanto te cuesta estar tranquila? ¡No podemos mostrarnos así! Y además, me encanta cuando somos Ana; es tan centrada y bastante más bonita que nosotras.

—¿Hablas en serio? ¿Prefieres que seamos una humana con una sola cabeza? Qué loca. Prefiero mil veces que cada una tenga la suya, aunque compartamos un cuerpo y tengamos que ponernos de acuerdo para movernos.

—¡Y qué cuerpo! Veo que te da lo mismo la opinión del resto acerca de nosotras. ¡Eso es tener personalidad!

—¡No te burles! Somos raras, lo sé, ¿y tanto te importa? No es común ver serpientes de dos cabezas, y es por eso que debemos salir a buscar gente que sea igual a nosotras. Supe que llegó un can Cerbero a la ciudad, aunque nos faltaría una cabeza para completar el "cuadro". ¿Vamos?

—Jajaja. ¡Siempre encuentras excusas para que salgamos a tomar! —la miró sonriendo, o algo parecido— Está bien, pero cuando estés ebria no empieces a cantar.

—Lo juro.