martes, 16 de noviembre de 2021

PIEZAS EXTRAVIADAS

 Jorge Zarco


Estalló la guerra. Y para el señor Zulawsky, como para todos los oportunistas, aquello solo significaba la posibilidad de sacar una buena tajada; y él no tenía ningún problema, ya que la actividad de clasificar material ajeno siempre había sido su forma de ganarse la vida. Ordenar, contar, pesar, clasificar, valorar o descubrir un tesoro oculto o insólito, formaba parte de la rutina diaria.

Mientras trabajaba sobre aquel material “clasificado” para el bando ganador de la contienda que se había iniciado un par de años antes y cuyas tropas ahora ocupaban el país, procuraba no hacerse preguntas sobre su procedencia. Un material de toda clase pese a que fuese sustraído a la fuerza. Pero siendo realistas, aquello no le producía problemas de conciencia pues le garantizaba un techo, una comida y una cama caliente en invierno para los suyos.

Aunque tuviera que ser en aquella casa “requisada” a una anciana de la que según decían algunos vecinos, acabó volando como un gorrión por obra y gracia de los soldados que la desalojaron a la fuerza. Eso sí, Zulawsky nunca se hacía preguntas y a cambio no encontraba problemas ni para él ni para su esposa, ni para su hijo mayor e hija pequeña. Era un hombre discreto y callado y lo había sido desde niño. Esa era su principal ventaja.

Tenía varios puntos de trabajo entre fábricas, almacenes y talleres, siendo aquella estación de tren su principal punto de destino. En ocasiones, su tarea podía ser extenuante por las horas incalculables en las que podía durar una jornada; clasificando desde fotografías que posiblemente alimentarían una estufa, a joyas y anillos de boda o trajes de novia dignos del mejor de los sastres que acabarían siendo carne de la especulación. En otras ocasiones no pasaban de ser diarios personales llenos de textos, vivencias o dibujos que sucumbirían al olvido por obra y gracia de las llamas, al igual que cuadernos de deberes con formulas matemáticas, redacciones y confesiones amorosas que en la gran mayoría de los casos ni se molestaba en prestarles atención, ya que su destino sería el fuego inmisericorde.

Aquellos pesos muertos que se llevaban consigo vidas enteras, eran en su mayoría simple trabajo burocrático para matar el tiempo. Literal tiempo vacío que arrastraba horas y cansancio tras de sí, dentro de maletas arrojadas por los celadores, con cientos de equipajes de mano de toda clase, cuyos propietarios iban en los vagones de carga para ganado, y a los que Zulawsky ni vería ni oiría jamás.

Y un día para su alivio le llegó solo la clasificación de las joyas. El padre de Zulawsky había sido joyero, así que no le resultó en absoluto una tarea dificultosa. Se podría decir que había nacido para ejercerla. Tomó un trago de anís y se dispuso a clasificar las joyas en el grado y valor de las más apreciadas: Oro, plata, rodio, cobre, latón, acero y platino sin olvidar el diamante y sus derivados. Sacó una balanza a fin de calcular el peso en quilates de cada pieza a clasificar y una regla de cálculo para medir la pieza.

Pasaron las horas, los días y las semanas y Zulawsky era el mejor y más aplicado en su tarea. Dos compañeros de trabajo desaparecieron, pero Zulawsky no hizo preguntas sobre su destino a los celadores, solo pensó que quizá tuvieron la tentación de robar alguna pieza clasificada. Cosa harto difícil pues los mismos celadores los desnudaban y luego los obligaban a tomar purgantes para obligarlos a defecar y así husmear en sus heces. Así de fanáticos podían llegar a ser en su tarea.

Una tarde le trajeron una pequeña caja de betún que contenía diamantes blancos como si se tratasen de las pequeñas lágrimas de un ángel caído en desgracia. Zulawsky pasó a pesarlas en su volumen, valor y calcular su pureza. La tarea le llevó casi una hora. Se quitó los lentes y restregó sus ojos. Llevaba ya unas ocho horas de trabajo y puede que todavía le quedasen casi dos. Se tomó un pequeño trago de vodka mientras un celador colaboracionista le acercaba un pañuelo negro de lana y lo abría ante su presencia. Tras apurar el licor de un trago y retornar las lentes a su rostro, Zulawsky vio el contenido del pañuelo y pestañeó perplejo.

—¿Qué es eso?

—Dientes con implantes de oro; recién extraídos, todavía apestan a sangre. Clasifíquelos.

El celador se alejó y Zulawsky se quedó unos segundos mirando aquellos dientes. Había incisivos, colmillos, molares, premolares, dientes de adultos, de hombres y mujeres, de niños y ancianos. Zulawsky pasó a limpiarlos con agua y jabón para quitarles el hedor a carroña que desprendían y los puso ante sí para empezar a pesarlos.

No eran dientes infectados de caries, ni dientes rotos por la casualidad o dañados por enfermedades. Habían sido arrancados a la fuerza. Saltaba a la vista.

Empezó a pesarlos, a calcular el oro y su pureza. Y según aquellos dientes fueron pasando por sus manos en el transcurrir de los minutos, no evitó preguntarse en qué condiciones habían sido extraídos.

No hacerse preguntas, ese era su lema sagrado. Pero algo se removió en su conciencia y no pudo evitarlo.

Empezó a oír gritos. Pensó en unos alicates, la herramienta más común y directa. Pero había piezas dentales que delataban haber sido extraídas con un machete militar o con una navaja común, con el riesgo que conlleva para la boca del sujeto. Y eso no era lo más grave; se oían rumores de que había tipos capaces de sacar mediante pura fuerza bruta los dientes con una cuchara o reventar una boca a patadas de tacón, como si se tratase de las coces de un asno. Y no evitó pensar en un clavo, oxidado en el peor de los casos y hundido dolorosamente hasta la raíz del diente.

Terminó su tarea y metió los incisivos en una bolsa nueva con el peso y valor de cada uno, ya clasificados. Arrojó la vieja bolsa a la estufa y tras el forzoso registro se le permitió el regreso a casa, dando por finalizada la jornada. Llegó al hogar y tras besar a Janna, su esposa, y a Janust, su hijo, fue a besar a Anna su hija. La encontró sentada en su cama, husmeando un puñado de fotografías que no eran ni suyas ni de la familia. Zulawsky se las quitó ya que, como sospechaba, pertenecían a la anciana que una vez habitó la casa: fotos de infancia, de adolescencia, de la madurez y de una familia que ya no existía.

—¿Donde las encontraste?

—Ocultas tras un azulejo de la pared.

—Lo siento, Anna, no podemos tenerlas, son peligrosas. —Zulawsky salió de la habitación ante el estupor de su hija y arrojó aquellas fotografías a la estufa, consumiendo los restos de aquella vida en el fuego, como lo había visto miles de veces en su rutina diaria de la clasificación de los objetos de todos aquellos que ocupaban los vagones de ganado. De aquellos que solo eran carne para sacarles los dientes. 



BUSCANDO A MAMÁ

Débora Mayol Parodi


La extraño tanto… Toby me vas a tener que acompañar. Tengo un plan: con la plata que tengo guardada, sí las de la meriendas, figuritas, todas esas tonterías las ahorré y compré un pasaje. Ya soy grande, pero no me gusta viajar solo. Como no debo comer comida chatarra para tener los dientes sanos, guardé algunas frutas en la mochila con una botellita de jugo. Haré caso esta vez: nada de panchos ni porquerías como dice papá. Yo preferiría una gaseosa y esas hamburguesas doble con mucho queso, con papas fritas y helado pero bueno… También ordené mi pieza para que no se queje como lo hace siempre, va… desde que estamos solos vive protestando por todo.

¡Comienza nuestra primera aventura! “Al infinito y más allá”, como dice Buzz Lightyear. No tengas miedo, si llegamos a la estación y nadie nos detuvo seguro todo saldrá bien. Si ya sé, que veo siempre la misma peli y no me canso. Toy Story es mi favorita, aunque también me gusta “Mi villano favorito”. No seas celoso Toby, mejor hagamos silencio. Por ahora pasamos desapercibidos, nadie nos mira salvo el sujeto de la tercera fila. No me gusta cómo nos mira. Igual quizás piense que la señora que sentó al lado es pariente nuestra, le preguntaré la hora.

—Disculpe ¿sabe a qué hora sale este tren?

—En cinco minutos hijo.

 —Siempre acompañaba a mamá. Sabe una cosa, cuando viajaba con ella, al llegar a la última estación nos bajábamos y me compraba una helado de dulce de leche. Uh… ¿por qué bajan todos?

—Hay que cambiar de andén. Pero… ¿y tu madre dónde está?

—Está cuidando a la abuela.

— Comprendo, ¿estás solo?

—No con Toby, vamos a buscar a mamá.

—M… ya veo, espera que voy a preguntarle al oficial, si sabe a qué hora viene el próximo tren.

No pasa nada, la policía nos detuvo culpa de esa vieja metiche que nos delató. Hay que mantener la calma, papá siempre dice: “no pasa nada, los poli son giles”. Tranquilo amigo, yo no tengo miedo así que vos tampoco.

El oficial Castro parece ser buena gente, me trajo una chocolatada y galletitas. Pronto vendrá mami a buscarnos. A la comisaría traen a los delincuentes, pero también a los niños que se escapan de su casa y viajan solos, porque no se puede. Uh, ahí viene de nuevo el oficial…m… me parece que está aburrido por eso viene a charlar a cada rato.

—Señor Castro: mi papá es buena gente, desde que mamá se tuvo que ir, papá trabaja mucho. Ahora se la pasa protestando, yo creo que también la extraña. Pero yo le tengo miedo cuando se enoja, se pone furioso. Él trabaja en una compañía de seguros y su trabajo es muy difícil, además la gente es muy molesta, dice. Siempre está ocupado y piensa mucho. Me gritó cosas feas un par de veces, porque dice que le hago muchas preguntas pero bueno no le hago caso, sé que está nervioso porque no es fácil trabajar y cuidarme. Pero creo que se enojará mucho cuando usted lo llame. Por favor llame mejor a mamá. Este es el teléfono de mi abuela, lo tengo anotado en mi cuaderno y está el de mamá pero no atiende.

Ufa, estoy aburrido… no me gusta esperar. Acá no puedo ver la tele. Pero pronto voy a poder abrazar a mamá y a la abu también. Vale la pena esperar.

Sabes, compañero de aventuras, que no me acuerdo que día se fue mami, había sol cuando llegué del colegio y ella tenía golpes en cara y le dolía todo el cuerpo. Lloró mucho y me contó que se cayó por las escaleras porque no vio un escalón. No creo que sea verdad, pero en las cosas de los grandes no hay que meterse. Eso me dicen siempre que discuten.

Me acuerdo que ese último día me preparó la leche y la torta de naranjas que tanto me gusta. Después jugamos a las adivinanzas, dibujamos y luego dormimos juntos. Papá ese día no vino a casa. Creo que fue al día siguiente no me acuerdo, volví del cole y papá me contó que internaron a la abuela como alguien tenía que cuidarla, mamá tuvo que viajar. A mí me hubiese encantado acompañarla, pero se fue sola. Papá dice que yo iba a molestar en el hospital y que no pregunte más.

 Como nunca más me llamó, me escapé para traerla de nuevo. Además, ese día se ve que se fue muy apurada, tanto que olvidó su cartera con las tarjetas y el documento. Pero como soy un buen hijo, guardé su documento y sus tarjetas en mi mochila.

—Tranquilo pequeño, pronto vienen a buscarte.

 Por fin se acordaron de mí. ¡Qué bueno verte abuela! Me alegra tanto que estés mejor, así mami se vuelve con nosotros. ¿Dónde está mami? ¿Por qué lloras? Quiero verla. ¿Por qué no vino?

Veo a la tía gritar, diciendo cosas raras, cosas que no entiendo. Como quieren que busquen a su hermana, si mamá estaba con ellas. ¿Qué le pasa? Nadie me dice nada, ahora todos se calmaron, se acercan y me abrazan fuerte. La abuela me toma de la mano y nos subimos al auto. Las veo llorar y me pongo mal. Les pregunto y me dicen que mamá no está porque en el cielo necesitaban un ángel. ¡No, quiero escuchar! ¡No quiero! Es mentira, las madres no mueren.

 Les pregunto si papá lo sabe y dicen que no vendrá, que tiene muchas cosas que arreglar y además está muy enfermo.

Toby, amigo mío por favor no me dejes, todo esto es muy feo…

 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

LLAVES

 Ana Cherñak


Mauro, comiendo un pan con manteca, la boca abierta, se ajustó los auriculares, cantando descolgó la mochila y gritó:

 —Viejo, llego tarde. —Terminó el café con leche y se metió en el baño. Pensaba una frase ingeniosa para la canción que componía, y sentado en el inodoro marcaba un ritmo repetido con el pie.

La madre llamó al marido que seguía remoloneando en la cama. Miró la cerradura de la puerta de entrada, el reloj rojo de la cocina y el gancho sin las llaves. Se paró y abrió un cajón del aparador. Se tocó el pecho en forma circular por encima de la blusa, miró a los lados.

Untó una tostada con queso para él, recordó las semillas y las pegó por encima, calentó otra vez el café. Le costaba concentrarse en la tarea, el lunes anterior, su médico había revisado los estudios, y aunque no nombró esa palabra, le explicó que buscaría soluciones urgentes para el tumor. Hoy le hablaría de eso.

El hombre sacó al hijo del baño. Ajustó la corbata, asomó a la cocina y vio los ojos desesperados de su mujer hacia la puerta.

—¿Justo hoy tenías que ir a la Clínica? Buscá las malditas llaves ¿querés?

Corrió hasta el placar, revolvió entre la ropa, hurgó los bolsillos de un pantalón. Prendió el velador y buscó con atención bajo la cama.

A las siete y media abrió otro cajón, pero sabía que el único juego de llaves lo usaba su marido y lo había perdido. Ya no la encerraba, sin embargo, debía salir con él y la traía hasta su casa cada vez que hacía una compra o un trámite. O como hoy, para volver a casa, debería esperarlo al salir del médico. Dio vuelta una caja en la mesa; entre papeles viejos buscó las llaves, palpando con los dedos, abolladuras en la madera, provocadas por sucesivos golpes impacientes del marido, casi siempre a la hora de comer. Se fijó en el plato con piedras del Himalaya, en una campera deportiva colgada en el perchero.

—¡Ya sé! —dijo y corrió al lavadero, hurgó en la ropa sucia mientras él se miraba en el espejo.

Sonó un celular y ella abandonó para atender. En voz baja inventó excusas a la secretaria del doctor. Seguro que hoy hubiera empezado con el tratamiento y tendría que contar a la familia lo de su enfermedad. No quería pensar qué diría él cuándo lo supiera, ¿le echaría la culpa? Puso las tazas en la pileta y las lavó, limpió la mesa y siguió pensando en lo que le había dicho el médico: Señora, debe evitar el estrés.

El hombre iba de un lado a otro de la casa pensando qué le diría a Sol, hacía rato que lo esperaba en la Cafetería de la Clínica, siempre la citaba en un lugar distinto, para que no supiera su secretaria. Le gustaba que en la oficina dijeran: ¡qué buen marido, cómo cuida a su familia!

—Movete nene, hacé algo.

Mauro tocó el estante, entre el jabón y la lavandina, protestaba y veía por encima de los muebles. Metió la mano entre los almohadones del sofá. Descolgó la correa, la perra empezó a ladrar; la llevó al patio y la obligó a que husmeara entre las macetas. Por hacer algo, revisó el portafolio del padre, entre las carpetas apareció la foto de una rubia. No le prestó atención. Mientras arrojaba un palito para hacer correr a la perra, contento repetía un estribillo. Por fin había encontrado la frase justa para su canción.



martes, 9 de noviembre de 2021

SERENA EN EL CIELO CON MARGARITAS

 Claudia Isabel Lonfat


Te encontré mientras desenvolvía la verdurita de una hoja de la revista Esto. Algunos pedazos de perejil quedaron pegados en tu cuerpo. Los retiré delicadamente, como si fueras vos, y no tu imagen impresa en una revista amarillista que chorreaba sangre, y que la verdulera había usado para envolver mi compra.

Recuerdo a mi abuela leyéndolas a escondidas. Había algo retorcido en ella, y lo sabía, por eso las revistas venían dentro del diario. Le pedía al diarero que las ocultara de nosotras, y las leía durante la noche, para no ser interrumpida o criticada.

En una oportunidad saqué una debajo de su cama: “La sirena del stud”, tapa a todo color. Una mujer niña con el torso desnudo, pelo largo enmarañado entre la paja, y el pantalón puesto al revés, le daban el aspecto de una sirena pudriéndose fuera de su elemento. Solo una gota de sangre coagulada en la oreja, y el color anormal de la piel, daban cuenta de su estado y del tiempo que llevaba en el lugar.

En esos años estaba muy de moda el relato morboso, cargado de detalles horrendos que atrapaban al lector, y se filtraban fotos que eran tomadas por la policía y que no deberían haber salido jamás de sus expedientes. Era la época de los secuestros a empresarios, que igual terminaban siendo asesinados después de que sus familiares pagaran rescates millonarios. Uno se alimentaba desde la TV de aquellos casos lúgubres, con gente oscura detrás, que nos llevaba a ese tiempo infame de nuestra historia.

 

Primero, tu muerte fue puro asombro. A esa edad, nada de todo lo terrible del mundo podía alcanzarnos. Pero después de la impresión inicial, me interesé por los detalles. Quería saber cómo terminaste en la tapa, donde solo había un título insignificante y una pobre descripción: orificio de bala en la nuca. Y un trapo sucio te tapaba la cara.

Detrás de una historia siempre hay otras historias.  A veces se entrelazan, y otras se pierden, como la tuya: la mudanza, el barrio pobre, la lejanía, el padre ausente, la madre que nunca está, el padrastro, el paisaje despoblado, los pastizales, los arroyos, el largo y solitario camino hacia la escuela.

Lo primero que me pregunté, y que reconozco como un pensamiento extraño, es cómo lo habían titulado tan mal. Yo le hubiese puesto “Serena en el cielo con margaritas”. Ya sé que no eran margaritas, sino manzanillas silvestres, de esas que crecen por todas partes, pero suena más poético, y además no es un título al azar. ¿Te acordás cómo nos gustaba escuchar a los Beatles? Parafrasear sus canciones era una constante, sobre todo “Lucy en el cielo con diamantes” y cómo la cantábamos a viva voz mientras me decías que mi inglés era muy boliviano.

La prensa se olvidó de vos. Una morbosidad tapa otra, y tu crimen quedó impune, el de “La sirena del stud” también.

No puedo quitar tu imagen de mi cabeza. El trozo de perejil, que tenías pegado al cuerpo, parecía un trébol de cuatro hojas.

lunes, 8 de noviembre de 2021

LUCHARON SIN LÍMITE DE TIEMPO

José Luis Velarde



Levanta la mirada.

Es lo único que puede incorporar desde el suelo donde yace. Enfoca los ojos en el rostro de su enemigo hoy victorioso. Lo ve instalarse en la altura del triunfo para celebrar en la media noche extendida sobre la calle desierta. Ambos saben que muchos atestiguaron la lucha desde la sombra. De seguro ya se cobran apuestas, pululan traiciones, renacen odios y se pronostican combates por el arribo del nuevo líder de la pandilla alzado sobre las hojas secas del otoño y los ladridos de los perros omnipresentes. Es claro también que nadie responderá con veracidad cuando lleguen paramédicos, periodistas y policías para investigar el crimen e iniciar los interrogatorios entre todos los habitantes cercanos al enfrentamiento.

Las excusas irán como cada vez que alguien es sorprendido in fraganti del "no conozco a nadie en el barrio" hasta esconderse en el sueño, los niños, el cansancio y el miedo; sin dejar de mencionar la música arraigada en los corazones para enmudecer a los posibles delatores.

Afuera resuenan cumbias y canciones gruperas en profunda reverberancia. Pareciera que todo el vecindario tocara las mismas piezas, pero iniciadas en distintos momentos. Entre los acordes dispares y coincidentes como en una fuga de Bach, el caído se esfuerza en mantener sus ojos en la visión del rival que detiene la danza y los contoneos arrítmicos.

Encandilado sucumbe ante el contacto visual establecido a su pesar.

Titubea cuando pregunta con tonos sincopados.

—¿Qué tanto me miras si ya te moriste?

Sabe que al hablar demerita su victoria, por contradecir sus propias recomendaciones donde siempre manifiesta que el ganador debe tomarlo todo y nunca demostrar clemencia, pues se gana y se pierde en silencio tal como debe ser.

No logra evadirse de los ojos clavados más allá de las propias órbitas oculares. Escupe con desprecio al caído y nota que la saliva no puede ir más allá de los labios. Ve el hilo espeso que regresa pendular hasta estrellársele en la boca. Agita la cabeza con asco para espantar las náuseas que lo invaden. Los efectos del último golpe encajado se manifiestan apenas. Un coágulo desprendido del hígado ya se incrusta en un vaso sanguíneo del lóbulo frontal.

El hombre balbucea palabras ininteligibles, mientras el lado izquierdo del cuerpo se deforma y deteriora. No puede controlar los espasmos que lo deforman como si los huesos hubieran desaparecido.

Babea ante la mano retorcida e inservible.

Enmudece.

El tendido a media calle sonríe antes de morir.

Los espectadores abuchean el colapso del supuesto triunfador. Lo ven derrumbarse junto a quien creía haber derrotado. Antes de perder el conocimiento nota una sonrisa frente a él. Surge debajo de unos ojos que se cierran para  siempre.

El muerto se va en paz tras saber que el otro experimentará una agonía ya manifestada cruel y sin límite de tiempo como en la Arena Coliseo, el embudo de la colonia Lagunilla dónde aprendió el golpe prohibido que ni siquiera el Cavernario Galindo se atrevió a emplear contra El Santo, el Enmascarado de Plata, su detestado rival, en los días en que el atleta más salvaje de la lucha libre mexicana era el ídolo de un niño pequeño y belicoso que con frecuencia se colaba en los vestidores y en los entrenamientos para aprender los secretos del pancracio. Las artimañas prohibidas por los códigos de honor que nunca respetó cuando tuvo la necesidad de combatir una y otra vez en el vecindario.

Las sirenas ululan más allá de los caídos y los aullidos de los perros. Se aproximan hasta confundirse con la música estridente que sólo desaparecerá poco después del amanecer.

 

 

lunes, 4 de octubre de 2021

UN AÑO Y UN DÍA

Álex Padrón

 


Ya puedo decir que lo he visto todo. Para verlo, he tenido que morir y rasgar el velo de la realidad con mis ojos de fantasma, pero he perdido mi apuesta. Ganas, Diablo: reconozco que no eres tú el malvado. Somos nosotros.

Tenía la esperanza que esta vez sería diferente. De mis anteriores seis esposas, Ana parecía ser la única a la que el color de mi barba y mi aspecto no le parecía repulsivo, y había una buena razón para ello. Me di cuenta de su condición al principio de cortejarla, aunque lo había sospechado, primero por las raras combinaciones de sus vestidos que eran la burla y risa de toda la ciudad. Luego, porque fue la única que no retrocedió de terror cuando le exigí a su padre que pagase sus deudas dándome a una de sus hijas por esposa.

Mientras las mayores miraban atónitas y con cara de asco el color de mi barba, de un azul profundo como el océano, Ana se encogió de hombros y dio un paso adelante. Pero la prueba definitiva que ella podía ser la que rompiese tu pacto fue cuando le di a escoger entre dos monedas relucientes, una de oro y otra de cobre, la de más valor para que comprase su vestido de bodas. Ella tomó la de cobre, y no es que fuese humilde o tonta. Ana, simplemente, no podía distinguir los colores, por lo que no había en ella una onza de avaricia.

Pobre chiquilla. Siempre había sido el objeto de las burlas: sus hermanas elegían las vestiduras por ella desde pequeña y toda la ciudad era cómplice y feliz de tener un hazmerreír a mano. Su padre y sus hermanos, viciosos y desvergonzados, tampoco hacían nada para reparar la humillación de aquella muchacha buena que veía la vida en blanco y negro. Pero tal error terminó conmigo. ¡Ay de aquel que osase ofender a mi prometida!

Hice venir a los mejores sastres y la vestí tal como debe vestir una reina… o la mujer de Barba Azul, el marcado por el diablo. Vi la hiel de la envidia en los ojos de sus hermanas cuando vieron semejante opulencia y la avaricia en el semblante de los hermanos y el padre. Así que reí de gozo en público, mientras llevaba mi futura esposa del brazo, ya limpia de burlas ante los ojos atónitos de la ciudad. Luego, en privado y a puertas cerradas, juré a todos y cada uno de ellos que borraría del libro de Dios sus nombres si osaban siquiera tocar un alfiler del corsé de mi Ana, o verter una chanza en sus oídos.

Tú sabes muy bien, diablo, por qué mi juramento era terrible. Por culpa de mi apuesta contigo, Barba Azul no puede morir por mano de hombre y mantienes mi cuarto de oro repleto de riquezas. En cambio, yo tuve que sufrir tu marca y la aversión de mis semejantes, pero Ana podía romper nuestro contrato solo con amarme un año, y tú no podías intervenir si eso sucedía.

Por un tiempo todo estuvo bien, pero cuando mi señor Sforza llamó a las armas para rechazar a los incursores franceses, con el corazón en un puño le di las llaves del palazzo… incluida, tal como estaba en mi contrato contigo, la del cuarto de oro. ¡Ah, Diablo, cuanto sufrí durante aquel mes! ¡Cuánta fue mi alegría cuando, a mi regreso, vi que mi Ana había sido fiel y no abrió la puerta que le había prohibido! Nadie tenía que decírmelo: la llave pequeña estaba limpia por completo. Si la hubiera usado, estaría llena de la negra brea escondida en la cerradura, tal como la copia que llevo cerca de mi corazón.

Mi amada esposa había sido obediente y ocupado su tiempo en la caridad y la limosna, esparciendo buenas palabras y acciones en nombre de Barba Azul. Está claro que yo estaba exultante y presto para hacer las paces con el mundo, y ese fue el siguiente de mis errores. Pese a los agravios, mi Ana era pronta a olvidar y más a perdonar. Así que quise complacerla y le abrí las puertas de mi casa al canasto de víboras de su familia.

Primero fueron mansos cual ovejas, haciéndome creer que la redención es posible también en la tierra. Solitario siempre, quise engañarme que casi al final del año de la apuesta iba a emerger con mi alma limpia, con un hogar a mí alrededor y con parentesco reconocible. Así que me dejé endulzar por las mieles cargadas de veneno de suegros, cuñados y cuñadas, a las que mi fortuna y prestigio buscó esposas y esposos acordes con mi realeza.

Por meses dejé de inquietarme cuando mi mano de soldado debía sostener la égida de los Sforza en provincia, pues sabía que mi Ana guardaba celosa mi casa. No obstante, poco a poco mi familia política se percató que gozarían mejor de mi fortuna y mi abolengo si yo no estaba. Al fin y al cabo, ¿quién necesita a un mecenas marcado por el Diablo? Volvieron poco a poco los ardides y a verter gotas de láudano y hiel en el oído de mi esposa, pero ella desoía la voz de la ambición. Por desgracia, un corazón puro que no conoce el oro no tiene que ser invulnerable al miedo.

Ellos le decían, “¿Dónde están sus esposas, Ana? ¿Qué fue de ellas?”. Mi pobre esposa no sabía que contestar. “¿Por qué las mató, Ana? ¿No hará lo mismo contigo?”. Ana no sabía, porque yo nada le había dicho. “¿Dónde están sus tumbas, hermanita?”. Nunca le hablé de ello, porque tú no me dejabas. “¿Hay algún lugar del palazzo que te está prohibido, hija mía? ¡Seguro que ahí guarda sus cadáveres!”.

No pude decirle que no había cadáveres, sino mujeres que habían sucumbido a la codicia y por nuestro pacto hube de desahuciar y exiliar. Que tú confundiste sus caminos para que nunca volviesen y regaste la voz de sus muertes, esparciendo mi leyenda cuando desaparecieron en la noche sin dejar rastros. Mi pobre Ana no lo sabía, y como no veía el color no pudo adivinar la negra perfidia de sus hermanos, hermanas y su padre. En silencio anduvo por los corredores, y con mano temblorosa tomó la llave pequeña. Abrió la cerradura y perdí la apuesta una vez más.

“No hay nada” —suspiró aliviada mi cándida esposa—. “Solo cofres llenos de monedas. No hay cadáveres”.

“Pero, ¿estás segura? ¿Revisaste la estancia hasta la saciedad?”

“Sí. No. Solo eché un vistazo rápido. Mi esposo me lo prohíbe”.

“¿No viste acaso los cuerpos podridos colgando en ganchos? ¿La sangre goteando? ¿Los espectros atormentados de las mujeres que tu esposo asesinó?”

“No, no vi nada”.

“Pero, ¿te fijaste bien? Sus venas abiertas, sus lenguas azuladas asomando por las comisuras de los labios podridos, la daga de Barba Azul clavada en sus costillares…”

“No sé…”.

“¿No sentiste acaso un extraño frío en la estancia?”.

“Tal vez…”

“¿No estaba acaso pegajoso el suelo? ¿No había olor a hierro en el aire?”.

“No podría saberlo… sí. Había aroma a metal”.

“¡He ahí la prueba! Ese es el olor a sangre coagulada. ¿No ves acaso la llave, que está manchada de rojos?”

 Ana miró la llave pequeña, completamente negra de brea.

“¿Es esto sangre?”

“¿No ves, hija mía, los rojos que corrían por las arterias de las mujeres de Barba Azul? Ese demonio solo espera que salgas de nuestra protección para hacer lo mismo contigo, para colgarte en uno de esos ganchos y abrirte en canal con su espada”.

“Ay de mí”.

“Debemos matarlo primero. Barba Azul debe morir, y le heredarás como su legítima esposa”.

“No puedo hacer eso.”

“Nosotros sí”.

Mi pena fue profunda cuando al volver vi la llave pequeña más negra que la noche, pero aquella tarde se cumplía un año y un día de nuestra boda. Al ver mi decepción y el desaliento en mis ojos, Ana se lanzó en mis brazos pidiendo clemencia. Por desgracia, ella no pudo contemplar cómo se rompía el contrato y mi barba dejaba de ser azul para regresar a ser roja.

Es cierto que cumpliste tu parte del trato, Diablo, y quitaste tu marca de mi cuerpo, pero justo a tiempo para que su padre y sus hermanos, agazapados tras las cortinas, vinieran a por mí cuchillos por delante. Gané tu apuesta, pues vi que Ana me amaba después de un año y un día. Supe mientras moría que no era parte de mi asesinato y se horrorizaba por ello, pero era demasiado tarde.

Sé que no lo has hecho por maldad, sino para escarmentarme de mi soberbia y mi orgullo. Me has dejado vagar por los corredores, viendo como mis asesinos gozan de riquezas y comportan como nobles y se mofan de Barba Azul. En tanto, a mi bella e ingenua Ana la han vuelto a vestir de colorines y se burlan de su candidez y su ceguera a los colores, que la hizo confundir el negro de la brea con el rojo de la sangre.

Ella llora por la perfidia de los suyos, y el dolor de haberme perdido.

Pero nada de eso importa. Ni siquiera nuestra apuesta.

Porque yo juré que borraría sus nombres del libro de Dios si algún mal amenazaba a mi esposa. Mis condotieros, alertados de mi asesinato, marchan sobre la ciudad prestos a vengar mi muerte y restaurar a mi Ana como representante genuina de los Sforza.

En sus estandartes y sus corazones, yo siempre seré… Barba Azul.

EL RUIDO DEL SILENCIO

 Érica Echilley




Desde que te fuiste, los sábados y los domingos son los días más tristes de la semana. La soledad me saluda desde el silencio de una casa que supo ser hogar, pero ahora es Comala. Esto es lo que tiene la muerte, unas vez que llega, se lleva todo sin pedir permiso, como un nenito maleducado y descortés que te arranca las cosas de la mano.

Doña Elvira ya no me visita, la vieja está cansada de que la piropee el Alzheimer. Ayer me dijo “Juan", hoy me llamó desde la pared y me dijo “María”. Se acordó. Don Pedro asoma la nariz solo para poner la basura en mi cesto o, a lo sumo, para putear al aire porque los remiseros le ponen las “alpargatas" en la puerta de su garaje. Todo muy normal en este arrabal de soledades.

Tengo las mañas de un viejo, pero soy joven. Tan joven como el jazmín del jardín que ya no da flores. Soy parte del paisaje urbano que va muriendo como muere el arrabal. Yo solo espero verte llegar y que me cuentes que en la fábrica ya pudiste armar el sindicato. Quiero que me hables sobre ese libro que estabas escribiendo, ese que duerme en el cajón oscuro de tu escritorio. La vida pasa rápido, no sé en qué momento te convertiste en un suspiro del tiempo.

Escucho un pitido en mis oídos, junto con un zumbido insolente que se bambolea entre los extremos de mi cabeza. Hace ruido, hace frío. Salgo hasta el patio a tomar aire y las hojas de otoño acumuladas besan la tierra que un día supo ser césped. La hamaca se mueve, como si aún estuvieras acá y tus manos se apoyaran risueñas sobre mi espalda. La inercia de la abulia es un poco traicionera. Ese vaivén espectral se convierte en un boleto de ida hacia el estrépito de tu risa.

Mientras sonrío, Doña Elvira me llama desde la medianera. Otra vez tuvo un visitante inesperado que le robó el pescado de la mesa. Voy a verla, aunque sé qué no existe ese pescado y mucho menos el bribón que fue capaz de tal osadía. Por un rato, buscamos pistas o indicios del supuesto hurto, mientras Perséfone me mira desde el techo y me maúlla. Sabe que su madre quizás le echará la culpa, cuando vuelva a recordarla. No hay rastros del pescado, pero, ella y yo, nos miramos con cierta desconfianza. Elvira me toma desprevenido. De repente, vuelve a estar tan lúcida como cuando la conocí. Vivaz, jodona, enérgica.

―Tu mamá era tan buena, pero si se enojaba… agarrate. Cuando éramos chicas, íbamos al colegio de las monjas, el que está cerca de Larrazábal. Un día, se enojó con la monja porque no la dejaba jugar al fútbol. “Las nenas no tienen que jugar a cosas de hombres. No tenés que ser machona", le dijo la monja. Tu mamá le dio vuelta el escritorio sin chistar ―me dijo, riendo.

Hace rato que no la escuchaba reírse, en su risa, también estás vos.

Siempre fuiste de armas tomar, pero esta anécdota no la conocía. El único momento en el que Elvira le gana por goleada al Alzheimer es cuando habla de vos.

Vuelvo a casa, sin resolver el enigma del pescado. Parodi y Holmes estarían muy decepcionados de mí.

De pronto, siento ese zumbido incesante. Me cansa. Me sorprende cada vez más seguido. Hace ruido, hace olvido.

La vida muere después de las siete de la tarde. Las calles huérfanas de humanidad descansan. En el barrio nunca pasa nada, pero el tiempo va desgastando el pelo, las articulaciones, la memoria, las entrañas de una vida de antaño. Y yo, acá. La soledad es la herencia del hijo único. O un castigo del Tártaro. Estoy en él.

Me voy a la cocina y observo y me pierdo. Las paredes descascaradas se han robado mi infancia. La humedad del techo se ha convertido en la Capilla Sixtina. Se me hace ver tu cara en el moho del cielo raso. La tierra de los muebles parece la arena de una playa a la que ya nadie va.  Hasta mi respiración se convierte en un eco insoslayable, pienso, mientras se me agitan los pulmones. La casa me parece tan inmensa como cuando tenía seis años. Esto es lo que tiene la muerte, convierte todo en la zona cero, agranda las habitaciones, el patio, la cocina, pero achica la esperanza.

De golpe, siento frío. Crash. Un ruido ensordecedor. Vidrios rotos apuñalan mis pies. Las ollas de la cocina cantan estridentes, mientras quiero sujetarme de ellas. Mis manos tiemblan al compás de la incertidumbre. El corazón empieza a golpearme el pecho como queriendo salir. Otra vez el zumbido insolente. Otra vez el ruido. Viene de afuera, me digo. Viene desde dentro de mi pecho, me corrijo. Mi respiración. Vos, doña Elvira. Papá. Perséfone mirándome. El maullido colérico de unos pequeños pulmones. El giro inesperado de una vida en pausa. Estoy solo, pienso. Pero te veo, sonreís. Tenés el pelo negro, finito, al viento. Vamos que tenés que llegar temprano al colegio, me decís. Vamos, dale. Apurate. Te quiero alcanzar, extiendo mis brazos. Veo el guardapolvo. Se me hace tarde. Me sonreís. Te extrañé tanto, te murmuro.

Sus ojos abiertos. Un gesto amable abarcaba su cara pálida. Cierta solemnidad le inundaba la expresión. El barrio no escuchó nada, solo Perséfone, que descansaba tranquila a su lado, siendo lo cariñosa que no había sido nunca. Se durmió junto a él,  pegadita a su pecho.

domingo, 3 de octubre de 2021

MIENTRAS JOHN COLTRANE HACÍA SONAR SU SAXO

 Jorge Zarco



 El local estaba atestado de clientes mientras, al fondo, el hilo musical se dejaba seducir por una melodía que sonaba como un perenne murmullo de fondo a lo largo de toda aquella cafetería. Solo unos pocos, como Pete, sabían apreciar la magia evocadora del saxo tenor de John Coltrane. El que muchos aficionados al jazz consideraban uno de los más grandes creadores de todos los tiempos, dejaba viajar las notas por el aire, haciendo partícipe de la emoción a todo aquel que supiese apreciarlo. Era como la guitarra flamenca de Paco de Lucía, el banjo zíngaro en los dedos mutilados de Django Reinhart, el piano de Thelonius Monk, la voz de aires celtas de Loreena Mckenitt o los sintetizadores de Depeche Mode.

Pete se dirigió a la camarera y, tras efectuar un pedido tan simple como un café con leche, algo que rozaba la banalidad absoluta —si a eso se le sumaban dos sobres de sacarina en polvo—, pagó la cuenta y permaneció esperando la entrega del pedido. La muchacha, apenas una adolescente, tenía rasgos caribeños y confeccionó el café con corrección impoluta. Tras coger la taza por el plato, e iniciar la aventura de buscar un sitio donde sentarse, Pete no evitó fijarse en el aparente atractivo de un estudiante de corto pelo rubio y perilla que oía música por un mp4, mientras tecleaba un portátil. Intentó por unos segundos imaginar el tipo de música que oiría, pero tiró la toalla y se dio por vencido antes de volver a la búsqueda de un lugar de reposo para su bebida. Peculiaridades de ser un tipo aburrido y bisexual.

Aquella situación le resultaba ridícula para su autoestima, mientras hacía equilibrios para evitar derramar el café lacteado a la vez que buscaba un asiento libre en medio de la pequeña multitud. Su esfuerzo tuvo recompensa al toparse con una mesa solitaria con dos sillas talladas en lo que parecía roble, aunque aquello podría ser una ilusión óptica y tratarse de resina concentrada, digna de estos tiempos de reciclaje. El solo de saxo Coltrane estaba en su apogeo y Pete le echó un sorbo al café.

No miraba un punto concreto, solo al vacío, cuando, ante su sorpresa, un hombre con traje y chaqueta de color negro, visiblemente en la tercera edad, se sentó junto a él, en su misma mesa. Era delgado, usaba una blanca barba corta y escaso pelo sobre las sienes. Tras su apariencia serena, había una sombra de picardía en los ojos castaño oscuro, como la de un niño curioso que no ha perdido el deseo de aprender cada día algo nuevo. Traía consigo un maletín de portafolios oscuro y de aspecto ligero. Pete le miró arqueando una ceja.

—¿Está desesperado por encontrar compañía? —preguntó.

—Disculpe mi precipitada irrupción en su mesa —respondió el hombre—, no es mi propósito molestarlo, solo deseo hacerle… una discreta proposición.

A partir de ese instante, Pete esperó cualquier cosa. Aquello se parecía demasiado a una declaración de intenciones, y no era la primera vez que le habían hecho alguna.

—¿Podría saber en qué consiste esa proposición? —disparó Pete que por evidentes razones no se fiaba del extraño.

El hombre abrió el maletín y sacó un manuscrito redactado a máquina tradicional con impecable pulcritud.

—Si a usted no le molesta mi sugerencia, necesito que un “lector cero” valore este manuscrito. He trabajado en él casi cinco años, y creí, por una corazonada, que usted es poseedor de inquietudes literarias; me lo dicen las entrañas. Le vi una tarde en este café haciendo anotaciones a lápiz, en un bloc, cuando podría haberlo hecho en un móvil o en un pc-tablet. Eso significa que posee un alma intelectual.

Pete pareció darse por vencido ante lo evidente. Sonrió y bajó la vista antes de volver a enfocarla en el sujeto, ya en las puertas de la ancianidad, aunque provisto de un brillo juvenil en la mirada.

—¿Cómo sabe que trabajo como lector editorial?

El hombre volvió a sonreír.

—El otro día usted leía lo que ustedes llaman una “galerada” o copia máster impresa. No parecía muy contento, por la expresión de su cara. Pensará que cometí una perversidad sobre su persona al espiarle desde lejos. Le ruego que me disculpe.

Pete apretó la boca aguantándose lo que podría haberle soltado a gritos. Pero se contuvo solo para comprobar por qué cauce se encaminaba la conversación.

—La autora del “engendro” que examinaba era una chiquilla de quince años. Había en aquel texto mucha voluntad por su parte, pero el texto en sí era… siendo generoso, impresentable.

—Lo lamento por ella.

—¿Puedo preguntarle algo? ¿Cuánto tiempo me ha estado observado?

Pete miró al sujeto, entre escéptico e irritado, esperado una bomba de mano arrojada por sorpresa, cuya metralla lo dejaría para el arrastre.

—Unos cuatro días, en este mismo café. Quería dar con la persona adecuada.

 Pete casi se desplomó allí mismo, dudando seriamente si se encontraba ante un brillante escritor en busca de un desesperado recurso tras demasiadas negativas editoriales, y que recurría a un ataque suicida. O ante un patético demente solitario en una obsesiva busca de compañía.

—Le doy diez segundos para que justifique su presencia. Pasado ese tiempo llamaré a una ambulancia, y hablo en serio.

El anciano le extendió la primera página de su manuscrito.

—Lea la mitad de la primera página. Si la considera insultante, no le volveré a molestar.

Pete respiró para serenarse y agarró el primer folio, observó un texto gramaticalmente impecable y empezó a leer:

“Pauline, con su piel sonrosada, caminó sin prisas por la húmeda orilla de una playa de octubre bajo un cielo nublado mientras la brisa de sabor salado jugaba con su rizado cabello rojizo y el viento ondeaba su blusa azul. Mientras, a lo lejos, se veían infantes jugando y adultos gozando de la marea en calma, y los pies de Pauline dejaban sus huellas sobre la arena mojada”.

—¡Vaya, no está mal! —Pete levantó la vista y advirtió que el hombre había desaparecido, dejando el manuscrito y su delgado maletín tras de sí. El lector editorial se levantó y lo buscó con la vista entre la clientela. Una camarera pasó de largo y Pete la llamó:

—Perdóneme, señorita, ¿a dónde ha ido el hombre que había sentado conmigo?

La camarera lo miró casi alarmada.

—¡Hombre, usted ha estado completamente solo todo el tiempo de su estancia, desde que cogió su café!

Pete se fijó en que la camarera era pelirroja con un cabello rizado recogido en una coleta y tenía en la solapa de su camisa un pin con un nombre grabado: Pauline.

—Olvídelo, estaba un poco… se me ha ido la cabeza, perdone.

Volvió a la mesa y observó el manuscrito. 160 páginas. Impecable acabado. Autor: Pete Doyle…

—Pero… —Cogió el maletín y, evidentemente, había un nombre grabado en él: el suyo—. Yo soy Pete Doyle, soy el autor del manuscrito. Entonces, si no hay ningún anciano… el anciano debo ser… —Pete ya no podía negar lo evidente.

Algunos clientes del café miraron al anciano hablando consigo mismo mientras hojeaba un manuscrito. Era una presencia ya rutinaria, de casi todos los días.

Al fondo, aún se oía el solo de saxo de Coltrane.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

LUCÍA EN EL BALCÓN

Gabriela Vilardo


Sí, es él. Debería acorralarlo contra la ventanilla. Tengo esa inoportuna sensación de que este hombre se me va a escapar. El cuerpo muerto de Lucía, en el balcón del departamento B; y su asesino, aquí. Sí, es él. Estoy segura. Es él. O casi segura. Su forma de pararse, de mirar de soslayo. Ya no hay dudas. Viene hacia donde estoy. Acaba de sentarse delante de mí. Nuca ancha, sanguínea; en su cuello rapado y rollizo la sangre parece amontonarse de forma caprichosa. Y yo, como si nada. No debería estar como si nada. Y estoy. Sí, estoy así, en este asiento del colectivo 105. Sólo ruego que el hombre no se mueva demasiado. Usa perfume barato y me da mucho asco ese olor.

Dos de la tarde. El 105, a las siete de la mañana es un caos: gente apretada, irritable, desconfiada; pero a esta hora una puede acomodarse a gusto y placer. Y un eventual homicida, también. Es siniestra esta soledad junto a él, detrás de él. Me muero por preguntarle por qué lo hizo: si venganza, si confusión…ay, si conociera la posible reacción de este hombre, no dudaría ni un instante más en sacarme esas dudas. ¿Tendrá él, algo más importante que hacer a esta hora y en este lugar, aparte de matar a Lucía y dejarla tirada en un balcón? Al menos, la hubiese arrastrado hacia adentro. Al menos hubiese borrado los rastros. De haberlo visto en el ascensor no hubiese sospechado de él. Sin embargo, acá y a esta hora, sí. Creo que va dormitando. Cabecea. Singular forma de evitar las miradas. Otra vez ese perfume que va y viene. Ahora sube gente que ocupa el pasillo. ¿Adónde van esas personas a las dos de la tarde? Y este pasajero ni se inmuta ante las miradas acusadoras. Como si él no se hubiese manchado las manos con sangre. ¿Qué lo unía a Lucía? ¿Qué extrañas razones lo obligaron a satisfacer esa necesidad interna, tan suya, para dejarla sin vida? Allá quedó Lucía, en el balcón. Un racimo de flores azul violácea le acaricia el rostro. Es el jacarandá que florece en primavera y se roza inevitablemente con la muerte; recuesta sus ramas sobre el cuerpo de la joven, pero no impide que yo la vea desde mi balcón. El suyo no tiene pendiente hacia ningún lado, y entonces, la sangre no chorrea. La sangre, amontonada como para dar credibilidad al hecho. Lucía inmóvil, ya sin sueños. Nefasto cuadro. Nefasto mi comportamiento, sin capacidad de asombro. Y ahora estoy acá, en el asiento de este colectivo encontrando al asesino de Lucía. Sí. Es él. Duda disipada. El pasajero se inclina hacia abajo y levanta su paraguas. El cielo, sin nubes. No hay indicio de próximas lluvias ni de probables tormentas. ¿Adónde va el pasajero? ¿Por cuánto tiempo piensa desaparecer? Lo tengo tan a mano que no sé si voy a poder resistir la tentación de increparlo. ¿Por qué uno tiene que transitar por estos momentos? ¿Hay necesidad? De verdad, ¿hay necesidad? La respuesta es obvia; de otro modo, no estaría ahora pidiendo permiso para bajar del colectivo detrás del hombre que lleva piloto, paraguas negro y un maletín deteriorado. En el maletín… en el maletín ¿qué? No lo sé. Bajamos casi a la par. Avenida Vélez Sarsfield. El colectivo se aleja dejándome con la responsabilidad de demostrar que Lucía va a tener quien la vengue. No ha pasado tanto tiempo desde su deceso. Todavía puedo hacer justicia por ella. Avenida Vélez Sarsfield. Nosotros, acá. Lucía, tirada en el balcón. La muerte ya no es un puñado de letras. Y el hombre ya no es un pasajero. Apura el paso. Se torna casi una certeza la urgencia que tiene para hacer algo distinto. Seguramente entrará a la casa de afinación de pianos. Se me aceleran los latidos del corazón y tengo miedo. No sé si voy a poder caminar entre pianos viejos detrás de quien ha dejado de ser un pasajero del 105. La casa de afinación es un lugar más que original para que un asesino distraiga la atención de quien ose seguir sus pasos.

Todavía no entramos a ese lugar y ya me está faltando el aire. Él apura el paso. Yo también. Tropiezo. No quiero perderlo de vista. El calor… ¿será el calor que me impide respirar bien? El calor o está sensación de claustrofobia por adelantado, de sólo pensar que entraremos a un mundo húmedo y silenciado. Finalmente, el destino del hombre no es la casa de afinación de pianos. Va al encuentro de una anciana. Apoya el maletín en la vereda y la abraza. La abraza largamente.

No, he decidido entonces que este pasajero no es el victimario. Volveré a la parada del 105. Subiré y bajaré del colectivo cuantas veces sea necesario. Y si la situación lo requiere, terminaré el recorrido hasta encontrar al asesino de la pobre Lucía. 

Lucía sigue en el balcón. Ignoro todavía quién la mató. Aún no entiendo por qué Lucía no huele las flores del jacarandá o por qué no saluda a alguien que viene a su encuentro. Podría haber llamado la atención de otra forma. Podría haber levantado las manos hacia el cielo y sonreír. No, está muerta en el balcón. Debí haber imaginado de antemano un asesino para Lucía si es que quería escribir un cuento policial. A la vista, el 105. En el 105, seguramente un pasajero. De no encontrar al culpable, esta noche no saldré al balcón.