martes, 16 de agosto de 2022

ESPECIAL ROMPECABEZAS - 003

Travesía

Luisa Madariaga Young



 

Muchas personas creen que la fortaleza se encuentra en la musculatura física obtenida en los gimnasios, pero puedo asegurarles que existe una superior, aquella que sale a flote cuando nos enfrentamos a situaciones difíciles o extremas; me refiero a la fortaleza de espíritu para librar batallas que parecen imposibles. Evelyn es mi hija menor; se mudó lejos y pocas veces nos veíamos en un año, aunque siempre nos hemos comunicado a diario, esa es la razón por la cual quedé devastada cuando ya desesperada por no saber de ella, recibí un correo que fielmente transcribo aquí:

 

“Madre querida, mientras lees mi carta yo estoy luchando por un sueño. Te conozco y se cuánto vas a llorar, pero te ruego comprendas que no me despedí precisamente para evitar ver toda la angustia reflejada en tu rostro al embarcarme en una incierta travesía donde todo puede pasar.

Comienzo diciéndote que el primero en irse, hace tres meses, fue Carlos (ahora querrás desear que nunca nos hubiéramos casado) con la idea de trabajar duro para ir pagando la deuda, ambos pensamos que si esa afortunada circunstancia llegaba a producirse el niño y yo viajaríamos después para reunirnos en Estados Unidos (no lo hicimos juntos por razones de dinero).

 Llegamos a Nicaragua en la noche y estuvimos viajando por varias horas. Cuando amaneció vi como la luz cálida caía sobre los lejanos volcanes ¡Es increíble admirar esas cúpulas blancas! Y me preguntaba ¿Será la nieve? ¿Es posible que exista el invierno en medio de las montañas aunque estemos finalizando el verano? Mientras marchábamos (hay tramos que tenemos que hacerlos a pie), no dejaba de recordar tus enseñanzas cada vez que teníamos que cruzar un río caminando por un estrecho y elevado puente colgante; algo más complicado que mantenerse de pie luego de una pasada de copas.

En Honduras formamos un grupo mayor con personas de otros países, entre ellos había un niño de cinco años que lloraba asustado, el pobrecillo no encontraba a su padre, me acerque y le ofrecí unas golosinas para consolarlo, casi inmediatamente llegó su papá que con una explosión de triunfo ahogó el dolor de creerlo perdido en medio de tantas gentes. Me dijo que eran venezolanos y que viajaban solos. A lo largo del camino hicimos buena amistad y nos ayudábamos mutuamente. Me había percatado que ellos poseían salvoconductos, pero él me confesó que todos los documentos eran falsos, lo único verdadero eran nuestras identificaciones y pasaportes.

Madre, es cierto el peligro que se corre. En Guatemala un hombre se acercó a nuestro guía que observó al intruso con evidente desconfianza, se notaba claramente que era de las fuerzas policiales. Te confieso que hasta ese momento no había visto un arma en ninguno de ellos, debían de tenerlas ocultas, pero sin yo saber cómo, el guía ya lo tenía encañonado y lo condujo al abismo desde el borde del angosto camino que estábamos cruzando. Todos estábamos paralizados, solo atiné a cubrirle los ojos a Carlitos y susurrarle bajito ¡No es nada más que un juego! No escuchamos disparos, pero tampoco quisimos averiguar qué sucedió…

Antes de llegar a México nos separaron en grupos pequeños y nos volvieron a reagrupar, luego de cinco días de viaje, en un rancho aislado, muy cerca de Tapachula. Ahí volví a reencontrarme con el venezolano (Francisco es su nombre), lo reconocí porque usaba la misma indumentaria que usó cuando nos vimos la primera vez, apenas era una sombra de la persona vivaracha que me había ofrecido amistad unas semanas antes. Le pregunté por su hijo y un rictus de amargura desfiguró su rostro, llorando me dijo que en la selva algún insecto había picado a su niño provocándole fiebres y sudoraciones extremas, que le había rogado al guía hacer una parada cerca de algún pueblo para al menos comprar medicamentos, que el guía vino, observó por unos minutos a su hijito y se volvió diciendo “No hay duda de que está enfermo, pero no podemos parar, la vida de una sola persona no puede poner en riesgo la de los demás ni el dinero que se está pagando, negocios son negocios” ¡Perdió a su niño, madre, y yo quedé angustiada pensando en el mío! Traté de encontrar palabras que lo reconfortaran y no pude ¡No existen palabras de consuelo, los padres nunca deben ver morir a un hijo! Solo atiné a ponerle una mano en su hombro y me susurró que ese horrible momento de sepultarlo en medio de la selva, sin apenas unos minutos de despedida prefirió olvidarlo para no sentir otra vez el vacío de la pérdida. Hasta ese momento yo no tenía total conciencia de los verdaderos peligros a los cuales me estaba exponiendo, pero me sobrepuse a la debilidad momentánea con voluntad de acero.

En México nos quedamos estancados por muchos días; éramos más de doscientas personas amontonadas en una casa con las mínimas condiciones higiénicas, ningún mobiliario y sobre la mesa de madera había varios rollos de nylon para acumular los desechos ya que no podíamos salir al exterior, todos dormíamos en el piso sobre colchas que nos trajeron, eso sí, nunca nos faltó la buena comida (demasiado picante pero hicimos de tripa corazón y ya nos acostumbramos).

Finalmente sacaron al primer grupo y nos dijeron al resto que estuviéramos preparados para salir en la madrugada. Esperamos por horas y nada. Luego vino uno de los guías para informarnos que una de las camionetas del traslado se había volcado y tristemente unas diez personas murieron, por lo que las fuerzas federales estaban en operativos, en otras palabras, suspendidos los traslados hasta nuevo aviso. Un colombiano les recordó el juramento que habían hecho de protegerlos hasta la frontera por una suma de dinero bastante alta. El guía levantó la mano para sujetarse los lentes antes de responder que se reunirían esa noche en algún lugar cerca de Chiapas para coordinar con todos sus contactos un traslado seguro; luego añadió: “Nosotros somos buenos, pero no quieran vernos molestos”. Era evidente la amenaza ante tantos interrogantes que definitivamente no iban a responder.

Madre amada, a partir de este momento ya no podré comunicarme más. Voy a cruzar el puesto fronterizo, pasaré un tiempo detenida en inmigración y luego esperar a que mi hermana venga por nosotros. Por favor, no la culpes, es cierto que ella es la que está financiando gran parte de esta travesía, pero fue nuestra la decisión. Soy fuerte, madre, no te imaginas cuanto, he sobrepasado límites que yo misma desconocía. Sé que estás desgarrada por dentro, que a partir de ahora apenas podrás respirar esperando con angustia noticias mías ¡Ten fe y confianza en mí, estaremos bien! ¡Mi decisión y fortaleza de espíritu es grande! Un beso enorme desde lo más profundo de mi corazón, los amo con locura por siempre y para siempre”.


sábado, 13 de agosto de 2022

CUENTO AL CUADRADO - 005

Inmortalidad

Juan Orozco Luisa Madariaga Young 

Laura Irene Ludueña & Sergio Gaut vel Hartman



 

Herbie hizo una pausa y me miró con atención. Y mientras nos contemplábamos mutuamente lo vi tal como era antes de haberse convertido en uno de los hombres más ricos del planeta. Tuve una imagen nítida del joven agudo y comunicativo de otros tiempos, cuando nuestro principal interés era perseguir a las muchachas, ver viejas películas en blanco y negro, preferentemente polacas o japonesas, y permanecer en los bares discutiendo sobre Fellini, Resnais y Kurosawa hasta que un mesero fastidiado por el escaso consumo nos sacaba del lugar a los empujones.

—Estás pensando que todo tiempo pasado fue mejor, ¿verdad? —Hice un gesto bastante críptico, a través del cual no se podía deducir si estaba o no de acuerdo con él Pero la pregunta exigía una respuesta.

—No exactamente —dije—. “Mejor” es una palabra escasa, restringida. En cierto modo añoro aquellos momentos, cuando profesábamos ideales y no estábamos tan preocupados por tener el pene más largo del barrio.

—¿Ese es el juicio final sobre mi ascenso?

—¿Tu ascenso? ¿Acaso diste un salto para llegar a la Luna?

Una negra nube ensombreció el rostro de mi amigo. Solo yo podía ponerlo frente a la frivolidad del dinero, de la acumulación de dinero. Pero se rehízo de inmediato.

—¿Descartamos la envidia que te produce?

—¡Por supuesto! Te vas a morir, lo mismo el más desgraciado de los indigentes.

Otra pausa significativa y a continuación un disparo certero, que impactó en el medio de mi frente.

—Estoy trabajando para resolver ese tema —dijo Herbie. Esa media docena de palabras sacudieron todas mis ideas preconcebidas sobre la vida… Pero el disparo no fue más que en el sueño que estaba teniendo en aquellos instantes. Desperté sobresaltado.

—Es verdad que todos venimos desnudos y terminamos muriendo, ¿no?

—Sí, en principio, sí —respondió Herbie—. Por lo tanto los humanos debemos encontrar la solución que nos permita vivir más, ¿de acuerdo? Para eso voy a empeñar la mayor parte de mi fortuna, para que se investigue y se avance en cuestiones relacionadas con la longevidad.

—Sería una posibilidad —repliqué—, un buen esfuerzo de la ciencia. Sé de personajes relevantes que estarán congelados hasta que se encuentre la forma de revivirlos… a la espera de que podamos conseguir una tecnología suficiente que los devuelva a la vida, o mejor, una técnica que alargue la existencia del ser humano y se tarde mucho más en fenecer.

—¿Tan malos somos los humanos, que dice el refrán “dentro de cien años, todos calvos”, aunque esta regla, confirme las excepciones? Dice el mito que Sisifo nunca alcanza la cumbre, que siempre debe volver a empezar, una y otra vez. Habría que superar esas desavenencias, ¿verdad? Ya es hora de que avancemos y no se destruyan nuestros logros… ni ocurran cataclismos como el Diluvio Universal.

No creo que todos los humanos seamos como Sisifo —protesté—, pues no todos somos iguales, por lo que todavía hay esperanza.

 —En eso te asiste la razón: no somos todos iguales, pero algunos tienen la capacidad mental para inventar, usar la lógica, la ciencia, la tecnología, y podría nombrarte muchísimas cualidades más. Aunque no cualquiera sabe cómo hacerlo. Y no olvides que, como el resto de los animales, somos capaces de procrear para perpetuar la especie, que mala o buena, es la nuestra. Sin embargo, como no he tenido tu suerte de poseer una inteligencia superior quiero legar algo al futuro y me parece buena idea usar mi dinero para que el ser humano viva más y mejor.

¿Acaso te convertiste en el hedonista que recién descubre la brevedad de la juventud? Quizás necesites que alguien te perpetúe en un lienzo, así como estás hoy, aún joven, bello, rico y poderoso. “El intelecto es en sí mismo una forma de exageración y destruye la armonía de cualquier rostro. En el momento en que te sientas a pensar, te vuelves todo nariz, todo frente, o cualquier otra cosa horrible” —acoté con ironía—. Cuando éramos jóvenes habíamos pasado horas filosofando sobre el sentido de la obra de Wilde.

—El hedonismo no necesariamente trata de buscar placeres físicos o sexuales, sino que también involucra placeres del espíritu —dijo Herbie—. ¿Ya te olvidaste de nuestra juventud? Acabas de mencionar nuestras prioridades. Creo que el tiempo pasa demasiado rápido para dejarlo escapar así, como si nada.

Herbie sabía cómo ponerme en mi lugar, esta vez el disparo certero había dado en el centro de mi corazón.

―¿Qué dirección tomará tu línea de investigación que difiera o desarrolle todo lo que conocemos hasta el momento? ―dije a modo conciliador. Sonrió satisfecho.

―Lograr la inmortalidad, paralizar el envejecimiento. ¿Qué sentido tiene vivir muchos años si se pierden las facultades juveniles? —Lo observé entre asombrado e incrédulo y una duda cercana a la certeza comenzó a tomar forma dentro de mí. ¿Durante estos últimos años el rostro y figura atlética de mi amigo no eran solo el producto de un tratamiento sofisticado? ¿Estaba experimentando con algo diferente y quizás no tan inofensivo? Comencé a sentirme horrorizado―. El secreto está en la sangre humana —continuó argumentando con pasmosa tranquilidad—. El procedimiento consiste en extraer cierta cantidad de sangre, se separa el plasma y luego se lo inyecta en varios puntos del rostro y cuello, la regeneración de los tejidos es inmediata, pero tiene un primer inconveniente: se debe repetir el tratamiento cada tanto tiempo porque las dosis y el área a tratar son pequeñas por razones obvias. ¡Es tu propia sangre! —Herbie estaba excitado, fuera de sí—. Pero utilizando mayor cantidad de plasma y modificando pequeños detalles el efecto rejuvenecedor es irreversible. ¿Dónde obtener sangre suficiente? No es posible lograrlo con donantes voluntarios. La solución es sencilla, ¡perfecta! Se utiliza la sangre de los humanos inferiores, de aquellos declarados no aptos; existen millones en todo el mundo y de paso la nueva sociedad humana quedará limpia de toda lacra, enfermedades y miseria, resurgiendo como el ave Fénix hacia la eternidad. ¡Soy el primer inmortal! ¡No estoy financiando una quimera!

 

 

jueves, 11 de agosto de 2022

ESPECIAL ROMPECABEZAS - 002


Volver a empezar

Laura Irene Ludueña




 

Si esa afortunada circunstancia llegaba a producirse, se haría realidad lo que tanto había deseado, conocer la costa amalfitana. No pensaba en que era el viaje que habían soñado hacer con Marc. Lisa recién se estaba recuperando de la ruptura que había sido violenta y conflictiva. Nunca olvidaría cuando le confesó que todos los documentos eran falsos. Eran los documentos que hubieran asegurado su futuro, sus ahorros de toda una vida. Después de eso lo había insultado, había llorado, gritado, maldecido, jurado vengarse hasta que prefirió olvidarlo para no sentir otra vez la humillación que vivió al saber que todo había sido un engaño. Por eso, al enterarse que su querida tía Mary le había legado una pequeña fortuna, se propuso concretar el viaje a pesar de todo.

Mary había sido el sostén de su adolescencia, la que la había contenido cuando tuvo su primera decepción amorosa. Recodó que solía decirle con una sonrisa: “Lisa, recuerda que el amor no es nada más que un juego, algunos ganan y otros pierden”. Una explosión de triunfo ahogó su dolor al sentir que volvía a abrazarla, a consolarla desde otro lugar. Le estaba regalando la posibilidad del tan ansiado viaje.

Lisa había elegido pasar el invierno en medio de las montañas; quería descansar y cargar las baterías para enfrentar lo que venía. Había sufrido demasiado y era hora de reconstruirse. La luz cálida caía sobre los lejanos cipreses mientras los contemplaba reflexionando sobre su vida. Desde que buscó refugio en la vieja cabaña se dedicaba sólo a leer, caminar, alimentarse sanamente y dormir sin medicamentos que indujeran a ello. Cuando despertó esa mañana recordó que sobre la mesa de madera había varios documentos que debía leer y firmar para cerrar el trámite de la herencia. Levantó la mano para sujetarse los lentes y comenzó a pasar las hojas mientras tomaba el primer café del día. De pronto, escuchó ladrar al viejo ovejero que descansaba en la galería exterior. Alguien se acercaba, observó al intruso con una evidente desconfianza. ¿Quién era?

 ¿Lisa Levit? Buenos días; soy Cristian White, el abogado del estudio legal Macchiario al que encargó los trámites de su divorcio. ¿Me permite pasar? Quisiera hablar con usted.

—En este momento estoy ocupada, si no le importa podemos encontrarnos más tarde, ¿le parece? —contestó sin pensar demasiado mientras, calmaba al perro que gruñía desde un rincón.

 Acordaron que se reunirían esa noche en algún lugar del pueblo que confirmarían con un mensaje telefónico. Lisa prefería evitar el encuentro, pero sabía que ese momento llegaría inevitablemente. Arribaron al lugar de la cita casi al mismo tiempo; sentados en una mesa alejada de la entrada comenzaron hablando del tiempo, de la belleza del lugar y de cualquier nimiedad sin abordar todavía el tema que Lisa tanto temía.

 —Como usted le solicitó al estudio, traje los papeles del divorcio —dijo White sin más preámbulos—. Marc quiere dejarle el departamento y aceptar cualquier propuesta que sugiera respecto del resto de los bienes.

 —No hay duda de que está enfermo si es tan generoso conmigo. Sobre todo, después de lo violento que se puso cuando le dije que quería el divorcio —acotó Lisa con ironía.

—Le pide disculpas por esa reacción, pero trate de entenderlo, nunca pensó que usted lo haría —respondió el abogado.

Lisa firmó todos los papeles sin leerlos siquiera y se fue del lugar dejando que el letrado se hiciera cargo de pagar lo consumido. Decidió caminar un poco antes de subir a la camioneta; estaba triste. Entendía que, después de todo, las cosas se habían resuelto bien, sin la violencia de los primeros días. Habían logrado actuar como hacía la gente adulta. Sentía las lágrimas en sus mejillas mientras emprendía el regreso cuando llamó su atención un tumulto en la esquina de la calle. Un niño de unos cinco años lloraba desconsoladamente junto a su bicicleta mientras un hombre mayor intentaba consolarlo. Alguien les recordó el juramento que habían hecho cuando los autorizaron a usar la bicicleta en las calles. El acuerdo era entre el niño y el abuelo, por un lado, y quienes dirigían el asilo por el otro. El abuelo se veía avergonzado, como si lo hubieron encontrado cometiendo un delito. Lisa pensó que cuidar al pequeño era algo más complicado que mantenerse de pie a su lado mientras pedaleaba. Verlos así, al pequeño como un adulto y al viejo como un niño, le generó tanta ternura que la emocionó. En ese estado de sensibilidad regresó a la cabaña. Conducir la vieja camioneta la relajó lo suficiente como para tomar el camino más sinuoso. Lo condujo al borde del abismo y desde allí contempló la inmensidad del paisaje a sus pies.

El día siguiente amaneció caluroso y húmedo. Se levantó temprano y se preparó para anotar todo lo que necesitaría para el viaje. Reparó en que usaba la misma indumentaria que utilizó cuando dejó a Marc. Sólo que esta vez, su estado de ánimo era otro. Le vino a la memoria otra de las frases de su tía Mary: “Aprende de las olas, a veces vale la pena retirarse a tiempo para volver luego con más fuerza”.

ESPECIAL ROMPECABEZAS - 001


Sin luz

Gabriela Vilardo




 

Se iba la tarde y se cortó la luz. Pensé que en dos o tres minutos volvería. Después, me convencí de que en un rato más. Después de un rato más, que en una hora. Dos. Tres. Y en esa oscuridad aparecieron imágenes de todo tipo. Un niño de unos cinco años lloraba. Lo supe por el tono de voz. Y no era capricho, sí, miedo.

Salí al patio, llevé una linterna que titilaba. Se veía que sus pilas se estaban terminando. El niño ya no se escuchaba, Supuse que era pura imaginación, y disfruté del cielo cargado de nubarrones. ¡Qué más quedaba que disfrutar! Entonces, el cielo gris, las siluetas de los árboles, oscuras siluetas, interrumpiendo ese tono plomizo, y una sola estrella que parecía chocarse contra las montañas. La estrella, radiante entre lo que se dibujaba en el cielo.

Cuando volví a la cocina ya se había consumido la mitad de la vela. La llama oscilaba hacia arriba y hacia abajo, cambiaba de color, desprendía un hilo negro. La luz cálida caía sobre los lejanos recuerdos de la infancia que quise evitar.

Prendí otra. Jugué con la cera que se derretía en el plato hasta consolidarse para formar una suerte de rosa. Ignoré mi estado de extrañeza en semejante oscuridad. Debía hacer caso omiso a las historias que dicen que quedan en los lugares para asustar o acosar a quienes los vuelven a habitar. Si esa afortunada circunstancia llegaba a producirse, la de hacer caso omiso a todo eso, me podía llamar dichosa.

Vela en plato. Plato sobre la mesa. Hojas. Lapicera. Todo listo para describir sensaciones. El invierno, en medio de las montañas parecía más crudo en esas condiciones. Sin embargo, antes de empezar a escribir, llevé la vela conmigo y salí otra vez al patio, salteé algunos charcos y llegué al galponcito del fondo. Sobre la mesa de madera había varios papeles y quedé como estaqueada cuando al recorrer el lugar con la luz de mi vela vi un hombre sentado a esa mesa. Levantó la mano para sujetarse los lentes. Caso omiso. Caso omiso a todo eso, me repetí. Como si no me temblara el cuerpo volví a la cocina no sin antes corroborar que sólo habían quedado los papeles. El hombre ya no estaba. Suspiré. Supe que estaba obsesionada. Debía aprovechar al máximo mi memoria, mi imaginación y la oscuridad para escribir.

Llegué hasta el año 1810 con mi pensamiento. ¡Es que no podía hacer otra cosa más que ponerme en el lugar de aquéllos que vivieron en tiempos en los que la iluminación no pasaba desapercibida porque costaba tenerla! Anduve, al momento de sentarme a la luz de la vela, por los campamentos de guerra y escuché la pluma sobre un papel que se convertiría en carta. Vine un poco más acá en la Historia y me detuve en la Buenos Aires de 1871.Se habían estrenado lámparas a gas, pero todavía faltaba para que llegara la luz eléctrica. Abrí la ventana. El niño de unos cinco años seguía llorando, ahora al borde de la montaña. Pude ver su sombra y la de un hombre. El chico observó al intruso con una evidente desconfianza ya que este intentaba acercarse. El chico trató, entonces, de caminar para atrás, en sentido contrario al hombre, algo más complicado que mantenerse de pie al borde de un precipicio para él, que estaba acostumbrado a esas maniobras o travesuras que oprimían el corazón de su madre. Tambaleaba por no voltear, porque no quería perder de vista al hombre del sombrero que venía para llevárselo. Preferí volver con mi fantasía a la Buenos Aires de 1871. Era más atinado que descifrar la existencia de estos personajes que se dibujaban en mi noche. Y me senté a escribir. Supe que no me tenía que ir a ningún lugar escapando de la peste. Lamenté por aquella calle Balcarce, entre otras, en las que el agua corría por el zanjón hacia el río y arrastraba los residuos de la ciudad desparramando la pestilencia en la atmósfera viciada, tal como había relatado en un cuento alguna vez. El carnaval, figura y fondo. El tango que llegaba a acurrucar la muerte de algunos desprotegidos por la autoridad. El tango presente ahora en aquel señor que intentaba acercarse al niño que comenzaba a llorar otra vez al borde de la cornisa. El tango de 1871 me devolvió inevitablemente a la escena que quise omitir de mi oscuridad. El hombre utilizaba la misma indumentaria que usó cuando trató de recuperar a mi abuelo según los relatos de mi madre. Un tanguero atrevido que venía por la identidad del niño hasta que mi bisabuelo mostró la partida de nacimiento para confirmar que él era el padre. Y agregó: no hay duda de que está enfermo. Y así se refería al tanguero que, cuando este se retiró, el bisabuelo confesó que todos los documentos eran falsos, que no había encontrado otros. En minutos les recordó el juramento que habían hecho, el de no contar.

Y una explosión de triunfo ahogó el dolor de mi bisabuela que estaba tironeada por dos partes. Dos padres. Dos posibles padres del niño. Vergüenza familiar para esos tiempos. Y pensé en sus noches sin luz o con tenue luz. Y me estremecí. Arrastré mi imaginación un poco más acá y se me apareció la infancia de mi madre en este campo de montaña. Faroles, alguna que otra vela y la luna. Nada había cambiado demasiado desde otros tiempos. Los días se hacían cortos. Los atardeceres, más. Entrada la noche, cuando el abuelo se demoraba: el ruido de los cascos de los caballos anunciaba su llegada y eso nos aliviaba y lo aliviaba. Desafiaba al atardecer para no recordar a aquel hombre que una noche lo condujo al abismo desde el borde del precipicio.

Y pensé en esas épocas y sus vidas hasta que tuvieron luz eléctrica, hasta que tuvieron auto... el “mientras tanto” demoraba el día porque después había poco por hacer y mucho de qué cuidarse.

Estas sensaciones me generaba la falta de luz. Me sobró el tiempo para tenerlas y actualizar un episodio nefasto que volvía en forma recurrente a la vida del abuelo. Supe que él prefirió olvidarlo para no sentir otra vez la posibilidad de ser alejado de su madre. Pensé en los ciegos, en los que quieren ver y no pueden; en ellos, que imaginan los colores de sol a sol. En ellos, que imaginan los rostros, y los palpan pero no los pueden apreciar con la mirada.
 Pensé en los que sin estar en la Buenos Aires de 1810, ni en la de 1871, ni en el campo de 1940... “Bueno, mejor ni pensar” dije. Mientras miraba por la ventana lo que no podía ver, mientras la única estrella vislumbrada se esforzaba por iluminar mi barrio entre las sierras, la armónica del abuelo empezó a sonar y llenó mi casa de duendes. Como en otra oportunidad deduje: no es nada más que un juego. Seguro se reunirían esa noche en algún lugar de la casa quienes alguna vez la habitaron.

Y volvió la luz. La armónica, al lado de mi lapicera, sobre la mesa.

miércoles, 10 de agosto de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 026

 

Los quietos

Itzel Alejandra Flores García 

Joyce Barker & Sergio Gaut vel Hartman



La luz mortecina que emitía la monumental araña central, desprovista casi por completo de lámparas, generaba demasiadas sombras y era muy difícil distinguir los objetos de las personas que ocupaban el salón. No obstante, mientras era natural que los objetos permanecieran inmóviles en sus sitios, no lo era tanto que docenas de seres humanos, idénticos entre sí, con sus cráneos desnudos y brillantes, terminaran pareciendo una colección de estrafalarios maniquíes. Semejantes a los candelabros y a los apliques de las paredes, permanecían quietos, pasivos, como si estuvieran esperando la llegada de una bandada de palomas mensajeras que portaran noticias sobre sus muertes inminentes. El salón estaba lleno, insisto, y para los estáticos ocupantes de las sillas era como si el tiempo no transcurriera. La mayoría parecía mirar a un punto del espacio; unos pocos, en cambio, tenían la vista posada en los platos y copas vacíos. No se oía ningún sonido, con excepción del jugueteo de la lluvia sobre los techos. Una lluvia persistente que venía durando semanas y me había obligado a permanecer en ese salón enigmático y sombrío. Yo era el único que recorría el lugar, obligado por el tedio. Y si no insistía en molestar a las inertes criaturas que me rodeaban era simplemente porque era una actividad inútil; ellos jamás se molestaban por mis pellizcos y empujones, gritos, sacudidas y golpes. Hiciera lo que hiciese, volvían a la posición original, ignorándome por completo.

Admito que fue difícil decidir quedarme en esa especie de palacete con evidentes siglos de existencia, perdido en los suburbios de la ciudad, acompañado de esos humanos seriados que alguien fabricó, y que, me imagino, no se pudieron vender debido a la crisis económica reciente. ¿Pero cómo fue posible tanta irresponsabilidad? ¿Dejarlos a su suerte? Se suponía que los fabricantes debían educarlos e individualizarlos, hasta dejarlos activos y funcionales, si no se lograban vender; pero eso… eso era inaceptable.

Me senté junto a ellos, cansado del aburrimiento, y me puse a mirar el punto en el espacio que tanto contemplaban. Ese punto estaba ubicado entre la enorme luminaria y una puerta, a unos dos metros de altura. Fijé la vista como si fuera uno más, y lo que vi fue realmente extraño. No pude distinguir bien, pero al principio era una especie de mancha azul flotando, algo semejante a un humo denso y coloreado, auto iluminado tal vez. Se movía con exasperante lentitud, como si las exhalaciones de los que estábamos ahí tuvieran la potencia de leves brisas. Pocos segundos después de esta reflexión, el humo se comenzó a expandir sin diluirse, cubriendo casi la totalidad del salón. Ni siquiera podía ver a los calvos seriados que tenía casi pegados a mí. Ahora, si tuviera que definir lo que sentí durante esa visión, fue nada, absolutamente nada, ni siquiera sentí mi cuerpo, y quizás eso fue lo que me atrapó.

De pronto vi a los quietos de pie, caminando de prisa en pos de algo; yo me moví a la par, sin siquiera pensarlo, sin poder evitarlo. Apenas los distinguía con tanto humo, pero era un hecho, todos caminábamos al mismo tiempo, en sentido contrario, tropezábamos unos con otros. Al fijar la vista en un punto cercano, el humo dejó de salir y al disiparse me detuve. O ¿me detuvieron?

Quién sabe cuánto tiempo pasó, pero tenía la certeza de que ya no llovía. En aquella caminata nos habíamos movido de lugar; ya no estábamos en el salón quieto y apagado del principio. Ahora nos encontrábamos en medio de una calle iluminada. Los seriados habían adquirido expresión y hablaban en grupos como si todos supieran su propósito. Algunos se dirigían a mí, suponiendo que comprendería lo que charlaban, pero no era así, pues lo hacían en una lengua estrambótica.

Adquirí autonomía y me mezclé entre ellos, todos decían lo mismo. ¿Lo mismo? ¿Cómo podía estar tan seguro?

 Aturdido miré hacia arriba y no había ni cielo, ni estrellas; creo que solo una que brillaba rotunda, sin titilar y estaba justo al frente impasible, observante. Me di cuenta de que no soy diferente de los demás seriados cuando se sincronizó mi diente azul. Al fin recuperaba la tranquilidad. Ellos, los fabricantes nunca se fueron, estaban ahí mirando desde la estrella del frente. Los minutos transcurrieron y el humo cubrió el lugar otra vez. Logré liberarme de la autonomía y me puse en marcha en el idioma nativo. Los seriados nos quedaríamos quietos y luego animados, y así seguiríamos, cómodamente atrapados.

lunes, 8 de agosto de 2022

CUENTO AL CUADRADO - 004

 

Las cartas de la señora Sorrow

Itzel Alejandra Flores García Laura Irene Ludueña

Luisa Madariaga Young & María Elena Rodríguez




 

Alabama, 5 de septiembre de 1943.

Mr. Edward Beaton

California

Estimado Sr. Beaton;

Se extrañará de recibir esta carta después de tantos años. Sé que usted me ha buscado todo este tiempo que tuve que vivir huyendo y que no entiende por qué no hice la denuncia aquel día.

Tuve miedo cuando entraron armados a la tienda, les di todo el dinero.

¿Sabe por qué no llamé a la policía?

Porque usted es el hijo del único hombre que amé. Sí, Edward, en ese tiempo su padre y yo vivíamos un gran amor a escondidas. Y no quise darle ese disgusto; usted era muy joven.

“Ya cambiará”, pensé.

Cambió… para mal; mandó a perseguirme, así que me mudé lejos.

Acá me casé y tuve una hija: Linda, esa mujer con la que usted quiere casarse.

Sí, ya sé que ella le ha dicho que no estoy bien, que paso ebria, que colecciono esqueletos de ratones y solo muestro amor por los gatos y que prefiere no verme.

Pero yo la amo, Edward, aunque me vean así, bebiendo y sola. Con usted no va a ser feliz; sé cómo consiguió su fortuna. Linda nunca lo aprobaría y si se casan, créame que se va a enterar. ¡Sí! ¡Es una amenaza!

Por eso le ruego, por el amor que su padre me tuvo, por el amor que le dio a usted, piénselo, suspenda ese casamiento, mi hija merece un futuro mejor.

Por último, no le hable nunca de esta carta.

Perla Sorrow

 

Misisipi, 7 de octubre de 1943.

Mr. Edward Beaton

California

De mi consideración;

Veo que no se ha dignado a responder mi carta. Me da la impresión de que no dio crédito a la amenaza que le hice, así que le aclaro que tengo en mi poder una serie de reportes que conseguí y seguramente le serán de gran ayuda a la justicia si se los entrego. Todos los “negocios” que usted tiene están aquí, con datos duros. Un archivo de varios años.

Le advierto, Edward, soy paciente; usted lo sabe. Estuve con su padre en los tiempos difíciles en los que la madre de usted fue declarada maniaco-depresiva y la ingresaban al hospital psiquiátrico una vez por semana para practicarle electro shocks. Sé que usted sabía que era conmigo con quien él lograba tener el remanso de tranquilidad que necesitaba para no volverse loco también. Quizás eso fue lo que detonó su resentimiento hacia mí. En fin, eso ya no importa.

Le escribo nuevamente después de un mes porque quiero reiterarle la urgencia de que deje en paz a mi Linda.

Mi paciencia tiene un límite y mucho más si se trata de luchar por la felicidad de ella.

Le doy cinco días para responder, de lo contrario llevaré los documentos a la comisaría para presentar una denuncia formal en su contra; los medios de comunicación se encargarán del resto.

 

Perla Sorrow

 

PD

Recuerde no mencionarle nada a Linda de estas cartas. Ella jamás debe enterarse; su vida correría peligro.



Jackson, 30 de octubre de 1943



Mr. Edward Beaton

Cárcel de Alcatraz

Edward;

Fiel a mi palabra, aún tengo en mi poder la documentación que lo condena. Llegaba a Jackson para entregarla, cuando me enteré lo que le había pasado. Mencioné su nombre, y una pregunta por aquí y otra por allá me anoticiaron de los hechos. Me consta que cortó su relación con Linda. Hoy llora convencida de su regreso, pero lo superará.

Ha tomado la decisión correcta, mi hija merece un hombre que la ame y no digo que usted no lo haga, pero no es necesario aclarar que le ha mentido siempre. Y mi Linda no tolera la mentira, necesita un amor limpio, transparente, que no oculte una vida oscura signada por la violencia, la ilegalidad y las persecuciones. Sé que lo han herido mientras atracaba un banco con su banda, y es por eso que no volvió a verla. Puede ser que esté muy enamorado de ella; quienes viven en la oscuridad se deslumbran con la inocencia de un alma pura.

Celebro que mi hija desconozca lo que ocurrió; es muy triste saber que amamos a la persona equivocada. No seré yo quien le relate la verdad de los hechos. Hace tiempo que no respeta mis opiniones. A usted le deseo que se recupere, pero que cumpla su condena como su padre hubiera querido.

Sepa que no le guardo rencor, quizás le escriba alguna vez como lo hubiera hecho su padre si viviera.

 

 Perla Sorrow

 

 

Washington DC, 26 de diciembre de 1943

Mr. Edward Beaton

Cementerio Arlington.

 

Finalmente logré obtener de usted la confianza que necesitaba para materializar mi plan B si mis amenazas no surtían efecto. Poseía demasiado dinero, poder e influencias como para permanecer tanto tiempo encarcelado.

Salir de la cárcel e ir en búsqueda de mi hija no le tomó excesivo tiempo y yo ya le había advertido que no lo hiciera. No importa que en sus últimos momentos me jurara por todo lo que existe en este mundo que su amor por ella era verdadero; Linda se decepcionaría mucho cuando supiera la verdad oculta tras su máscara de hombre respetable.

Pero vayamos al grano, pude engañarlo cuando le ofrecí una tregua por Navidad y que por amor a Linda le entregaría toda la información que mantengo en mi poder. Esta vieja alcohólica lo tenía todo planeado. Es una lástima que el primer golpe en la cabeza solo lo dejó atontado, pero mirándolo del lado positivo, eso nos dio la oportunidad de mantener una larga conversación, que no nos llevó a ninguna parte ni tampoco cambió para nada mi decisión: una muerte por asalto que quedará impune como todos sus delitos.

Quiero que sepa que luego del funeral, Linda recibió la documentación; a estas horas ya lloró lo suficiente por el desengaño, la recompensa es que me pidió olvidar su rechazo hacia mí y volver a vivir juntas.

Descanse en paz. Nos volveremos a ver en el infierno.

 

Perla Sorrow

viernes, 5 de agosto de 2022

CUENTO AL CUADRADO - 003

 

El tiempo es elástico

Franca Caserta, Guillermo Lamolle, 

Nicolás Micha & Sergio Gaut vel Hartman




 

El pobre hombre no pudo responder; en su rostro se formaron pliegues y arrugas. Luego cerró los ojos y una convulsión lo sacudió eléctricamente. Mientras arreciaba el aguacero, Dayana deploró no tener el maletín que contenía los elementos que hubieran hecho posible reanimarlo. No estaba muerto, a pesar de que la inmovilidad que siguió al espasmo inducía a pensar que ya no le quedaba demasiada vida por delante.

—¡No me toques! —exclamó la bióloga cuando Stephan le puso la mano sobre el hombro—. Este pobre diablo habría seguido su camino si no hubieras aparecido de la nada, materializándote de improviso. ¿Nunca se te ocurrió pensar que para ser un viajero del tiempo se necesita, además de conocimientos científicos, cierta empatía y un poco de sentido común?

—¿Cómo podía saber…?

—¿Cómo podrías saber? —se burló Dayana—. Estudiando, calculando. Venimos del futuro, idiota. Un poco de información adicional no te hubiera venido nada mal.

De pronto, emergiendo de la nada, apareció una figura en la calle encharcada. Se plantó entre el hombre tendido y la pareja de viajeros y, tras ponerse en cuclillas, realizó algunos movimientos indefinibles. Ni Dayana ni Stephan pudieron determinar si la silueta correspondía a una persona física o si era un holograma. Durante algunos interminables segundos se miraron entre sí, tratando de hallar una pista que los ayudara a resolver el enigma, pero cuando llegaron a la conclusión de que la única opción era interrogar al intruso, este se esfumó.

Todo el lugar se llenó de petricor y olor a rosas recién cortadas, lo que daba un aire de misterio y tensión a la escena; parecía que el tiempo se había detenido en medio de dos instantes y lugares diferentes, que como error de cálculo, la mitad de sus cuerpos estaba en un lugar y la mitad en otro. Dayana estaba desorientada por todo lo que estaba pasando y durante un momento se olvidó del hombre tirado en el suelo. Su mente analítica no podía entender qué estaba pasando, pero la formación recibida para afrontar todo tipo de eventualidades tomó posesión de su cerebro; bajó la cabeza, miró el aparato que ceñido a su cintura y se percató de que el medidor de traslación cuántica dimensional se había vuelto loco. Marcaba un número, luego otro; estaban en un vórtice de tiempo. Dayana le gritó a Stephan, que se encontraba paralizado y en shock.

—Regula manualmente tu cinturón; si no lo haces junto conmigo quedaremos irremediablemente perdidos entre dos tiempos. —El hombre aun no reaccionaba, su mente estaba tan confundida que ella volvió a gritarle—. ¡Manipula tu cinturón, con las coordenadas que te daré, vamos Stephan, a la cuenta de tres! Coordenada dimensional alfa 767 y delta 654. —El hombre reaccionó al fin con los gritos de la mujer y puso sus manos en el cinturón, y marcó el código que ella le dictaba. Todo volvió a la normalidad en fracción de segundos; empezó una ligera llovizna, que refrescó los rostros de los tres personajes.

Cuando Stephan se liberó de su confusión, vio a Dayana conversando con el hombre caído. Sí, conversando, porque el hombre estaba de pie y hablaba. Stephan se acercó.

—¿Está usted bien, amigo?

—¿Por qué no habría de estarlo? —preguntó Dayana.

—Bueno, es que... hace un momento… es decir...

—¿Qué dices? Hace rato que estamos de charla con este caballero, mientras que tú acabas de aparecer. Ni viajando en el tiempo puedes ser puntual —agregó, tras consultar su reloj.

—Pero Dayana… ¿no recuerdas? El accidente, el extraño que apareció… —Dayana lo miró extrañada, pero hizo un guiño que podía interpretarse como una señal para posponer la discusión.

—Dejémoslo para más tarde —susurró.

Minutos después, tomando café en uno de esos bares con mesas afuera, a orillas del Weierstrass, se contaron las distintas versiones de lo ocurrido.

—Llegamos hasta aquí por caminos distintos —dijo Dayana—. En uno, un hombre moría a causa de tu aparición intempestiva; en el otro, no. Y dices que hubo una cuarta persona, y por lo que me cuentas, sospecho que tiene algo que ver con todo.

—Tarde o temprano iba a pasar. Es evidente que hay otros con la capacidad para viajar por el tiempo, y probablemente muy mejorada. Mi hipótesis es que nosotros… eh… yo… cometí un error, dañé a una persona, y eso fue detectado y enviaron a un peón a corregir el problema.

—Hay un detalle... —acotó Dayana—. ¿No sentiste algo, cuando tu espacio-tiempo cambió de repente? ¿Qué pasó antes?

—El medidor se había vuelto loco. Por poco, quedamos atrapados para siempre entre dos líneas temporales. Es inquietante.

—Exacto. Puede que aún no lo entendamos del todo, que la respuesta siempre haya estado frente a nosotros y no lo supiéramos.

—Debemos volver —dijo Stephan, levantándose de la mesa—. ¡Volvamos, Dayana!

—¿Volver a donde, idiota? ¿A unos minutos antes de nuestro viaje? ¡Eso provocaría una paradoja!

—Pero es la única forma. Si no, yo… Ah…

Stephan se sentó y se tomó la cabeza con ambas manos.

—Ya entendí.

—¿Qué pasó?

—Yo… nosotros… en realidad no lo logramos —respondió, mirándola a los ojos.

—¿Cómo?

—Que no lo logramos, te digo. Ocurrió una paradoja a causa de este tercer viajero, y quedamos atrapados. El universo, al tener entidades mezcladas en distintas líneas temporales, tuvo que equilibrase. En su equilibrio nos reposicionó.

—Entonces…

—Sí, yo no soy tu compañero. Tu Stephan dejó de existir. Yo reemplacé al tuyo. ¿No es inquietante?

—Yo tampoco soy tu Dayana entonces.

—Lo peor es que no sé qué ocurrió con ella. Pero eso no es todo… Yo no debería recordarlo. ¿Por qué lo recuerdo?

—¿Un déjà vu intertemporal? No, es imposible. No deberías recordarlo de forma tan lúcida.

—Efectivamente. Aunque hay algo que me inquieta aún más. Porque… esto podría haber ocurrido antes. ¿Cuántas veces ocurrió este reposicionamiento sin que lo recordáramos? ¿Cuántas veces jugamos con el tiempo y el universo volvió a equilibrarse? ¿Cuántas veces nuestras líneas temporales fueron destruidas y nosotros acabamos en otras? ¿Cuántas veces fuimos reemplazados?

jueves, 4 de agosto de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 025

 Desnudez  

Luisa Madariaga Young 

Guillermo Lamolle & Hernán Bortondello




 

Rodeada por la oscuridad de la habitación me revuelvo en mi cama sobresaltada, tratando de razonar en medio de la noche. ¿Estoy realmente despierta? ¿Es solo una pausa dentro del recurrente sueño de casi todas las noches? Se ha repetido tantas veces que me asombra lo fácil que se me hace saber lo que pasará, incluso puedo reconocerlo en mi subconsciente ya que se inicia como un hermoso espejismo donde me veo caminando junto a alguien que nunca identifico, pero que, inexplicablemente, sé que amo mucho; el calor de su mano me trasmite una paz infinita, me siento como flotando de bienestar. Paseamos entre la gente sin hablar, disfrutando la mutua compañía; veo fuentes donde desbordan miles de peces de brillantes colores; se destacan los azules y amarillos. ¡Todo tiene tanta belleza! Mi espíritu vuela hermanado al de mi desconocido acompañante; esa conexión entre ambos es increíble, no existen palabras para describirla, es tan grandiosa que deseo vivir por siempre en ella. Pero entonces todo cambia, lo que hasta ahora era tan maravilloso finaliza convertido en una pesadilla irreal, y es que de pronto tomo conciencia de que me encuentro en medio de una multitud y estoy completamente desnuda. ¿Cómo es que hasta ahora no lo había percibido? Hago lo posible por buscar algo de ropa y no la encuentro, las personas me hablan y al parecer no les importa o no ven mi desnudez; busco inútilmente a mi compañero y lo veo entre la gente; ya no me tiene de su mano y mi vergonzosa desesperación crece hasta despertar. Y así, cada tantas noches, regreso a mis curiosas, locas, amadas, odiadas, irreales, ruborizadas y recurrentes ensoñaciones. ¿Será cierto que los sueños tienen algún significado? Porque para muchos, ya sea soñando o no, mostrarse desnudos puede ser algo fascinante y bastante divertido. Repienso mi pregunta, y esta vez me suena un poco tonta. ¡Claro que tienen que tener algún significado! Lo que varía, supongo (no soy ninguna experta), es el criterio para interpretarlos, o traducirlos, si se quiere, al lenguaje de las palabras; una tarea harto difícil, llena de limitaciones y prejuicios. Pero volviendo a mi sueño, ¿por qué esa recurrencia? Seguramente hay algo importante ahí. O podría ser, simplemente, falta de creatividad por mi parte; pero supongamos que no. ¿Qué pueden significar esa persona de la que no conozco ni el rostro y ese entorno estimulante y placentero, y por qué siempre termino desnuda y avergonzada? ¿Acaso algo en mí está gritando que mi desnudez, real o simbólica, también puede ser placentera, que lo que falta para poder disfrutar de todas esas maravillas soy yo misma, en mi estado más «natural»? Mmm... No sé, pero me gusta esa posibilidad. Si fuera psicóloga, y un paciente me trajera ese sueño, tal vez le mencionaría eso mismo, llena de orgullo profesional. Porque debe ser bravo, ¿no?, que te traigan un sueño y no tengas la más mínima idea de por dónde agarrarlo. Bueno, para algo estudian... yo qué sé, me acuerdo de esos peces de colores... siempre me fascinaron, pero en el sueño tienen una especie de valor extra, siento como si hubiera encontrado un tesoro ahí, disponible. Se me ocurre una idea. Voy a esperar un día lindo e ir a un acuario, a ver si ver esos mismos peces, pero despierta, me dan alguna pista. Es un delirio, ya sé, pero ahora que dispongo de cierto tiempo libre puedo dedicarme a jugar un poco. Y, para hacerlo más real, podría invitar a alguien... pero ¿a quién? No conozco a nadie que pueda sustituir a mi acompañante onírico. ¿O sí? ¡Pues claro que no! Cuarenta y cinco años y jamás una relación seria. ¿Para qué mentirme? Dos amigas casadas y compañeros de trabajo no cuentan. Mejor averiguo en el smartphone a qué hora puedo visitar el Centro de Vida Subacuática del que tanto me hablaron Marcela y Claudia. Creo que acerté cuando limité el ejercicio de mi profesión a las mañanas: este lugar abre exclusivamente por la tarde; sonrío satisfecha.

¡Al fin completé las seis horas en la oficina! No pasaban más. ¡Carajo! Por querer llegar rápido al coche casi me tuerzo el tobillo y rompo un taco; es que estoy tan entusiasmada por dilucidar el acertijo de mis noches… Arranqué casi al dar vuelta la llave, conduje como una loca y ahora me asombro de haber llegado en apenas veinte minutos. ¡Pero si recién abren las puertas de la exhibición! Pago la entrada, ansiosa, e ingreso a un verdadero laberinto cuyas gruesas paredes de cristal permiten disfrutar de la maravillosa vida marina, lacustre y fluvial. Como le pasa a la mayoría, me enamoro de los delfines y me cuesta un gran esfuerzo abandonarlos para seguir recorriendo. ¿Pero que es aquel desértico estanque? Apenas posee un lecho de grandes rocas, sin algas ni corales. Me acerco curiosa. Una plaquita dice: Maylandia lombardoi - Lago Malawi (Tanzania, Mozambique y Malawi). ¿Mozambique? De pronto me siento descompuesta. Por el rabillo del ojo capto movimiento. Entre las grietas rocosas asoman tímidas parejas de pececitos… ¡Amarillos y azules! La vista se me obscurece y tambaleo, una luz estalla en mi mente: ¡Mozambique! ¡Aldeia Lusefa! Una niñita y su papá, semidesnudos, vuelven de nadar en el lago. ¡Los portugueses!, grita la gente huyendo. Él suelta mi mano: corra para a floresta, minha menina! Es mi padre y su piel morena enfrenta los fusiles. Mi verdadero padre.

miércoles, 3 de agosto de 2022

CUENTO AL CUADRADO - 002

 

Puertos

Yaya Madrigal Oscar De Los Ríos 

Joyce Barker & Sergio Gaut vel Hartman




La capacidad de Ingmar para ganar dinero era tan limitada que no podía aspirar a vivir en una casa decente o darse algún mínimo lujo, y aunque a Noelia eso parecía no importarle demasiado, ya que era el tipo de persona que jamás se queja, que todo le parece fantástico y está dispuesta a experimentar cualquier cosa, él sentía que podía perderla en cualquier momento. Gracias a esa capacidad de su amada para unirse a cualquier aventura, Ingmar vivía aterrado y sin esperanzas.

Los hechos se precipitaron el día que fueron juntos al puerto. Noelia preguntó con vehemencia cómo se desempeñaban los pescadores y uno de ellos la invitó a embarcarse y comprobar por sí misma en qué consistía la faena de plantar las redes, arrastrarlas y recoger el producto que el mar ofrecía. No le pidió permiso a Ingmar para ir, por cierto, jamás se hubiera permitido algo como eso. Ingmar sintió que algo se rompía en su interior, pero no dijo nada. Supo que si lo deseaba, regresaría, y que si uno de los pescadores la llevaba al otro extremo del mundo aceptaría el convite sin vacilar. Era tan intenso estar con ella, pensó, Ingmar, y tan fácil perderla... Por un momento se imaginó tomando el cuchillo que uno de los pescadores había dejado sobre la tabla que se usaba para limpiar las corvinas y bonitos y destripar al sujeto que iba a robarle a Noelia y a Noelia misma.

Los celos lo carcomían, se odiaba a si mismo por sentirse tan poca cosa y dudar de su amor. No sabía qué había visto Noelia en él para elegirlo como amante, era tan desabrido y predecible que a la mayoría de las mujeres les parecía aburrido. Se quedó contemplando el mar con la mirada perdida, y mientras admiraba la inmensidad sintió que algo le ardía por dentro; era el corazón que le latía implorando un cambio, ya no podía seguir con esa media vida, siendo un don nadie.

Ingmar dirigió la mirada al muelle y alcanzó a ver una pequeña lancha con su nombre rotulado en la proa: “Aventurero”. Sabía que esa era la señal; no preguntó de quién era la embarcación, quería ir tras Noelia para impresionarla. Nunca había hecho nada atrevido en su vida, su mismo cuerpo desconocía esa emoción, pero se sentía tan bien que la sonrisa le desbordó el rostro mientras ponía en marcha al motor.

—Pero si ese tipo no sabe pescar ni un resfriado —dijeron los pescadores que estaban en el muelle—. ¿Qué hace, está loco?

—Déjalo, es algo peor. ¡Está enamorado de esa loca! —Entre murmullos y risas vieron que la lancha se adentraba en el mar. Parecía como si la embarcación lo hubiera elegido a él; era grande, veloz, tenía una gran red, casi nueva, víveres, una lámpara y una maleta negra que no alcanzó a abrir porque vislumbró a lo lejos la lancha en la que Noelia y el pescador se habían marchado; estaba varada en la playa de un islote.

Al llegar a la orilla, Ingmar encalló la lancha, divisó al pescador y a su esposa y salió corriendo hacia ellos quienes, al verlo, agarraron sus ropas y se escondieron en el pequeño bosque interior. No podía creer lo que estaba pasando. ¿Acaso suponen que les haré daño?, reflexionó. ¡Claro que sí! ¿Con quién cree que se casó? ¿Con un pelagatos? Mientras corría tras ellos, visualizó su vida junto a Noelia. Todo el amor que le había dado durante tantos años. Ella nunca dijo que me ama. ¿Y por qué está conmigo? ¿Está? ¿Estuvo alguna vez? Se recordó junto a su mujer mientras ella miraba para otro lado; era una imagen recurrente. Noelia, incluso, lo insultó en público, varias veces. ¿Qué quería de él? Ni siquiera era buen mozo. En una oportunidad se encontró en un bar con Augusto, el ex marido de su mujer.

—No dejes que te consuma —le dijo el hombre—; ella no quiere a nadie y quiere a todos al mismo tiempo. Por eso no le importa quién o cómo eres, simplemente, no le importa. Solo desea entretenerse. No te engañes, amigo. Te consumirá —terminó diciendo ese hombre de no más de cincuenta años, pero con la apariencia de alguien mucho mayor.

¿Qué estoy haciendo?, pensó Ingmar. ¿Acaso no tengo amor propio? No, no tengo. Y era verdad: no tenía porque no lo conocía; había crecido en el seno de una familia apática. Un muerto en vida.

No entendía qué le había querido decir Augusto, y tampoco perdería tiempo en averiguarlo. Si había llegado hasta allí, no podía regresar sin confrontarlos. Conocía bien el islote y sabía que, para salir, debían volver por la embarcación.

Los esperaría oculto en la lancha del pescador.

Solo una duda lo asaltaba: si el sueño lo vencía antes de que volvieran, el muerto sería él. Tendría que elegir el momento en que abandonaran el bosque. Solo saldrán si creen que me he ido, se dijo. Además, estaba desarmado y nunca había peleado con nadie. El pescador seguro llevaría un puñal.

—¡El destripado como un arenque seré yo! —gritó a los cuatro vientos, con bronca y frustración.

Pero, al mismo tiempo, esta descarga lo serenó. Debía pensar qué hacer. Fue entonces que recordó la lancha en la que había llegado. Con la idea de encontrar un arma regresó a la embarcación y la registró de arriba abajo; no había nada que le pudiera servir. Solo quedaba la maleta negra. Forzó la cerradura haciendo saltar la tapa con un destornillador. Estaba llena de billetes hasta el borde, más dinero de lo que nunca había soñado. Levantó la vista, como si el dinero lo hubiera cegado, y el agua le devolvió el reflejo del nombre de la embarcación: Aventurero, en letras negras y doradas. Entonces rompió a reír, pensando en la cara que pondrían Noelia y el pescador cuando descubrieran que no estaba.

Nunca más lo volvieron a ver en ese puerto, pero sí en casi todos los demás.