miércoles, 10 de agosto de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 026

 

Los quietos

Itzel Alejandra Flores García 

Joyce Barker & Sergio Gaut vel Hartman



La luz mortecina que emitía la monumental araña central, desprovista casi por completo de lámparas, generaba demasiadas sombras y era muy difícil distinguir los objetos de las personas que ocupaban el salón. No obstante, mientras era natural que los objetos permanecieran inmóviles en sus sitios, no lo era tanto que docenas de seres humanos, idénticos entre sí, con sus cráneos desnudos y brillantes, terminaran pareciendo una colección de estrafalarios maniquíes. Semejantes a los candelabros y a los apliques de las paredes, permanecían quietos, pasivos, como si estuvieran esperando la llegada de una bandada de palomas mensajeras que portaran noticias sobre sus muertes inminentes. El salón estaba lleno, insisto, y para los estáticos ocupantes de las sillas era como si el tiempo no transcurriera. La mayoría parecía mirar a un punto del espacio; unos pocos, en cambio, tenían la vista posada en los platos y copas vacíos. No se oía ningún sonido, con excepción del jugueteo de la lluvia sobre los techos. Una lluvia persistente que venía durando semanas y me había obligado a permanecer en ese salón enigmático y sombrío. Yo era el único que recorría el lugar, obligado por el tedio. Y si no insistía en molestar a las inertes criaturas que me rodeaban era simplemente porque era una actividad inútil; ellos jamás se molestaban por mis pellizcos y empujones, gritos, sacudidas y golpes. Hiciera lo que hiciese, volvían a la posición original, ignorándome por completo.

Admito que fue difícil decidir quedarme en esa especie de palacete con evidentes siglos de existencia, perdido en los suburbios de la ciudad, acompañado de esos humanos seriados que alguien fabricó, y que, me imagino, no se pudieron vender debido a la crisis económica reciente. ¿Pero cómo fue posible tanta irresponsabilidad? ¿Dejarlos a su suerte? Se suponía que los fabricantes debían educarlos e individualizarlos, hasta dejarlos activos y funcionales, si no se lograban vender; pero eso… eso era inaceptable.

Me senté junto a ellos, cansado del aburrimiento, y me puse a mirar el punto en el espacio que tanto contemplaban. Ese punto estaba ubicado entre la enorme luminaria y una puerta, a unos dos metros de altura. Fijé la vista como si fuera uno más, y lo que vi fue realmente extraño. No pude distinguir bien, pero al principio era una especie de mancha azul flotando, algo semejante a un humo denso y coloreado, auto iluminado tal vez. Se movía con exasperante lentitud, como si las exhalaciones de los que estábamos ahí tuvieran la potencia de leves brisas. Pocos segundos después de esta reflexión, el humo se comenzó a expandir sin diluirse, cubriendo casi la totalidad del salón. Ni siquiera podía ver a los calvos seriados que tenía casi pegados a mí. Ahora, si tuviera que definir lo que sentí durante esa visión, fue nada, absolutamente nada, ni siquiera sentí mi cuerpo, y quizás eso fue lo que me atrapó.

De pronto vi a los quietos de pie, caminando de prisa en pos de algo; yo me moví a la par, sin siquiera pensarlo, sin poder evitarlo. Apenas los distinguía con tanto humo, pero era un hecho, todos caminábamos al mismo tiempo, en sentido contrario, tropezábamos unos con otros. Al fijar la vista en un punto cercano, el humo dejó de salir y al disiparse me detuve. O ¿me detuvieron?

Quién sabe cuánto tiempo pasó, pero tenía la certeza de que ya no llovía. En aquella caminata nos habíamos movido de lugar; ya no estábamos en el salón quieto y apagado del principio. Ahora nos encontrábamos en medio de una calle iluminada. Los seriados habían adquirido expresión y hablaban en grupos como si todos supieran su propósito. Algunos se dirigían a mí, suponiendo que comprendería lo que charlaban, pero no era así, pues lo hacían en una lengua estrambótica.

Adquirí autonomía y me mezclé entre ellos, todos decían lo mismo. ¿Lo mismo? ¿Cómo podía estar tan seguro?

 Aturdido miré hacia arriba y no había ni cielo, ni estrellas; creo que solo una que brillaba rotunda, sin titilar y estaba justo al frente impasible, observante. Me di cuenta de que no soy diferente de los demás seriados cuando se sincronizó mi diente azul. Al fin recuperaba la tranquilidad. Ellos, los fabricantes nunca se fueron, estaban ahí mirando desde la estrella del frente. Los minutos transcurrieron y el humo cubrió el lugar otra vez. Logré liberarme de la autonomía y me puse en marcha en el idioma nativo. Los seriados nos quedaríamos quietos y luego animados, y así seguiríamos, cómodamente atrapados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario