viernes, 3 de junio de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 024

El indiferente

María Elena Rodríguez

João Ventura & Sergio Gaut vel Hartman 


Bajé la escalera y salí a la calle. Caminé entre los automóviles incendiados y pisé millones de cristales rotos. En la esquina aún humeaban los neumáticos que los internos del psiquiátrico habían prendido fuego solo para estar a tono con la acción de los manifestantes que reclamaban las viviendas desocupadas de la avenida. Tal vez los marginales estaban pensando cambiar su estilo de vida y probar con los hábitos burgueses, lo que implicaría modificar las drogas que inhalaban o se inyectaban, las marcas de vino que bebían y hasta la clase de mujeres con las que se acostaban. No estoy discriminando: debería ser lo mismo a la inversa. Y no me olvido de los homosexuales o de otros productos puros de la diversidad. Ha sido un cambio maravilloso, me dije sonriendo interiormente, pero inútil; de cualquier modo todo se desmorona. ¿Qué continúa? ¿Otra pandemia? ¿Un huracán devastador? ¿Un terremoto seguido de tsunami? Mientras caminaba, casi sin poder respirar por la humareda, recordé aquel curso de literatura-ficción que había tomado años atrás con una profesora canadiense. Volví a ver la imagen del oso polar parado solo sobre el último trozo de hielo del polo Norte; sentí otra vez la desesperación de aquel padre que escapaba con su hijo, sin destino posible en aquella carretera devastada, y el miedo, el miedo de los únicos sobrevivientes en el tren que nunca iba a detenerse porque ya no había estaciones. No existían más las estaciones de trenes ni tampoco las estaciones del año como las conocíamos. En la carretera, se llamaba la película del hombre y el niño. La del tren no recuerdo, ¿acaso importa? “Estos son los efectos del cambio climático –decía la docente con acento extranjero– estamos a tiempo de detenerlo”. Estábamos a tiempo en ese momento y sin embargo no hicimos nada, creímos que ese futuro nunca llegaría, o que era competencia de otros, de los gobiernos, de las grandes empresas… Ahora ya era tarde, la gente que podía hacerlo había abandonado la gran metrópolis dejando sus casas vacías, vacías de muebles, de gente y de sueños. Los marginales manifestaban en solitario, por un antiguo hábito adquirido, de reclamar haciendo marchas que no iban a lograr nada ni tampoco iban a ser reprimidas porque las autoridades estaban ya lejos, en sus seguros refugios. Hubieran podido ocupar las casas sin que nadie se opusiera. Pero no es fácil desprenderse de costumbres tan arraigadas. Y los internos del psiquiátrico quemaban neumáticos, indiferentes a lo que pasaba, ajenos a todo en su eterno presente; indiferentes como yo, que seguía mi camino, con andar lento, hacia ¿otra pandemia? ¿Un huracán devastador? ¿Un terremoto seguido de tsunami? Seguí caminando sin rumbo, alejándome un poco del centro de la ciudad, y después de unos kilómetros divisé un grupo diferente a los demás. Tenía la intención de pasar junto a ellos manteniendo una distancia segura, pero cuando me vieron, me llamaron. Me acerqué con cuidado, nunca se sabe con quién te puedes encontrar en estos tiempos difíciles. Estaban sentados alrededor de una hoguera, y había ancianos, adultos y niños. Me uní al grupo y compartí lo que estaban comiendo y bebiendo. Y me contaron cómo vivían.

—Antes de la catástrofe trabajábamos en los vertederos. Éramos expertos en recuperar lo que otros tiraban. La obsolescencia programada hizo que acabaran en el vertedero muchos objetos que una persona experta podía recuperar. Como puedes ver, estábamos bien preparados para sobrevivir a la catástrofe. —Los demás rieron, asintiendo con la cabeza—. Estamos organizados, todos los días hay equipos que asaltan los edificios abandonados, recuperando todo lo que puede sernos útil. Desde alimentos hasta utensilios domésticos, hay mucho que recoger en los edificios de los alrededores. Hemos rehabilitado algunas casas abandonadas, y ahí es donde vivimos. Y nuestro grupo tiene un nombre: "Los Supervivientes".

Poco a poco la sombra que nublaba mi mente comenzó a disiparse. Había gente que no se quedaba de brazos cruzados ante la adversidad, que reaccionaba y que iba más allá de lo que estaba implícito en el nombre del grupo. No se limitaban a sobrevivir, sino que intentaban construir una nueva forma de vida. Parecía una isla de esperanza en el caos reinante. No me sentiría mal a su lado. Como si adivinara mis pensamientos, el hombre preguntó:

—Si quieres unirte, ¿qué puedes aportar al grupo?

—Era actor antes de la catástrofe. Sé contar historias…

—Lo necesitamos. Las historias son el cemento que une nuestros recuerdos. Y muchos de nosotros ya las hemos olvidado... ¡Bienvenido al grupo!

Me encogí de hombros. En realidad me importaba poco unirme a los supervivientes o a los muertos vivos. Unos y otros serían barridos por la próxima calamidad. ¿Peste? ¿Tsunami? ¿Huracán? Sé que soy un poco monotemático, pero es que todo me parece tan inútil, tan superfluo… No obstante, me pareció educado llevar una palabra de aliento al grupo, aunque fuera tan falsa como una moneda de cartón.

—Es posible que seamos la semilla de la nueva humanidad —dije—. Quizá podamos reconstruir la civilización recuperando y reciclando los objetos desechados por nuestros predecesores.

—¡Sí! —gritaron todos. Mi interlocutor principal sonrió y me palmeó la espalda. Tenía una triple cicatriz en la mejilla, como si hubiera sido herido por la zarpa de un animal.

—Estoy seguro de que serás el líder que necesitamos —dijo.

Yo, líder. Qué irónico. O no. Tal vez los líderes se construyen a partir de la apatía.

jueves, 2 de junio de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 023

Los amantes distantes

Gastón C. Caglia

Dora Gómez Q. & Jorge Zarco



La extensa ruta de ripio es solo cortada por la puesta del sol que está llegando a su punto más bajo. Un hombre estaciona su motocicleta en la vereda del motel, dejando atrás una estela de tierra suspendida en el aire. Hábilmente desliza la alianza hacia el interior del bolsillo, como así también el casco, que deja colgado del manillar de la motocicleta.

La mujer que lo acompaña, una fina y coqueta dama, le sigue los pasos. Ingresan al motel y ella se esconde detrás un viejo alce embalsamado, observando sin disimulo los gestos ampulosos de su amante al pagar la habitación. Este firma y se apresura a recoger del piso el delgado bolso de mano. La mujer, ya no pudiendo esconderse, pues es tan alta como su amante, se aviene a seguirlo caminando como si fuera dando pequeños saltitos de casilla en casilla en un imaginario juego de la oca.

Dentro de la habitación, tan ordinaria como cualquier otra perdida en los caminos de tierra y solo hechas para que los amantes encuentren razón para arrepentirse de la física del sexo, comienzan a desnudarse en silencio. De fondo, la tarde trae un temporal. Los árboles comienzan a agitarse desde su tallo.

El hombre enarca una ceja mientras sopesa la cerda de su cepillo de dientes, es pulcro para coger. La amante despojada de sus ropas se tiende en la cama y, dado que no hay nada por hacer, enciende la radio. Una suave melodía comienza a sonar, hipnótica, envolvente, así se adormece. 

Cuando despierta juzga que su amante estuvo demasiado tiempo dentro del baño, han pasado tal vez eternos minutos y solo se oye un silencio de muerte. Entreabre la puerta.

Allí lo ve, tendido en el piso, con la mano en el miembro y escupiendo espuma blanca. Cree que el hombre bromea, ya que ha dejado la pasta dental abierta sobre el lavabo.

—¡Vamos ya, levántate, no tengo tiempo para tonterías! —Él sigue sin responder. Lo toca con la punta del pie en las costillas—. Vamos, ¡levántate! —repite. —No responde. Lo zamarrea, pero su cabeza cae yerta. Llama a la recepción—: ¡Vengan, mi pareja se ha desmayado! —Aparece un anciano, de andar cansino. Ella lo acompaña al baño—. ¡Así lo encontré, no sé qué le ha pasado!

El anciano solo toma la muñeca del hombre y la suelta.

—Para llamar a la ambulancia no está. Este hombre está muerto. —Ella grita espantada mientras termina de vestirse, buscando su bolso para largarse de allí velozmente—. No se puede ir señora. Hay que llamar a la policía, porque no sabemos si ha muerto de muerte natural o si usted lo ha asesinado.

—No señor, yo no puedo quedar involucrada en esto. ¡No lo maté! ¡Lo encontré así!

—Al establecimiento tampoco le conviene quedar involucrado en esto. Pierde clientes y prestigio, pero si está de acuerdo lo podemos arreglar.

—Sí, por favor, arréglelo.

—Sacaremos la moto de aquí y la dejaremos a varios kilómetros a la vera de la ruta, con el muerto incluido, la llevaremos a usted en un auto de nuestra empresa hasta su casa, claro que eso le costará, ¿entiende?

—Por supuesto, dígame cuánto y sáqueme de aquí.

—Diez mil dólares —dice el anciano sin inmutarse.

—¿Tanto?

—Incluye su traslado, el del fiambre, y la limpieza del cuarto, incluidas sus huellas.

 Ella saca la tarjeta y transfiere el monto indicado, sin saber cómo le va a explicar a su marido el faltante en la cuenta.

Tal como era lo acordado, el cuarto fue aseado de forma impecable y el infeliz amante abandonado a su suerte al borde de una carretera. Mientras trata de pensar en la excusa que justificará la desaparición de los diez mil dólares de la cuenta corriente, ya que ahí estaba el verdadero problema, oye el sonido del móvil; contesta.

—¿Sí? —Se oye la voz de una mujer al otro lado, una voz desconocida.

—¿Señora Delgado?

—Sí, ¿quién es usted? —La mujer al otro lado traga saliva como si tuviese serias dudas para continuar.

—Tengo… tengo que decirle algo importante.

—Sí, de qué se trata… ¿es sobre mí? —La extraña vuelve a tragar, como si la asustase su posible confesión.

—No, no se trata de usted, se trata… se trata de su marido.

Hay un sentimiento de sorpresa, o quizá un golpe bajo.

—¿No será usted su amante? —Un silencio de varios segundos eternos y finalmente un acelerada contestación.

—Esto… sí, señora Delgado, su marido acaba de morirse.

La mujer está a punto de sufrir un ataque de risa. No sabe si de dicha porque ya no tendría que justificar la pérdida de una cuantiosa suma en su cuenta corriente, o de histeria, al temer que su deseo inconsciente se hubiese cumplido, quizá por la crueldad del azar.

—No me lo diga, ¿murió cuando cogían?

—Sí, sí…

—Y apuesto que ahora está usted desesperada por salir de tan enojosa situación.

—Sí, por supuesto.

De pronto aparece un plan rumiado a la desesperada, a toda velocidad, un verdadero quinto as bajo la manga.

—Tranquila, querida, todo puede solucionarse.

—Sí, dígame.

—Tranquilícese, no hay problema. Solo le costará diez mil dólares…  

 

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 022

La verdad está por ahí

Alejandro Bentivoglio

Edith Rodríguez & Rafael Martínez Liriano


Los perros aúllan al calmarse la luz del sol. Gabriel sale de la casa y mira el camino. No se asusta al no reconocer los árboles o si cree que ve figuras extrañas en el bosque donde vive. Muchas veces se ha reído de su propia superstición. Se imagina a sí mismo viendo sombras, pero no las ve. Siempre ha querido ver algo en aquel lugar donde vive sin compañía alguna. Siempre ha querido ver algo en cualquier parte. Cualquier cosa que le indicara que el mundo no era más que un conjunto de cosas previsibles.

Pero al ver las láminas de la luna sobre la tierra, suspira hastiado de sus propias expectativas. Recuerda haber conversado con otros hombres acerca de eventos que desafiaban esa lógica maciza de la que Gabriel no puede escapar. 

Uno de sus compañeros de trabajo –Gabriel es uno de los muchos empleados del aserradero del pueblo– le ha dicho que una vez jugó el juego de la copa. Que habló con espíritus. Que vio la copa moverse como si una mano fantasmal la guiase. Gabriel lo observó con cara de verdadera atención, pero su mente ya estaba perdida en montones de explicaciones.

Por supuesto, diría. Pero sabría que por supuesto no. Que seguramente la copa se había movido porque otros la habían empujado sin darse cuenta.

Otro le había comentado que había visto una nave en el bosque, una especie de triángulo con luces que despegaba y se marchaba profundamente hacia lo alto. 

El férreo escepticismo de Gabriel le servía, en cierta forma, de protección ante todo aquello para lo que no tenía una explicación lógica, pero está visto que no se puede escapar del destino o el azar como otros le llaman. Así fue como Gabriel se vio a sí mismo en medio del bosque, a medianoche. En persecución de una figura difusa y esquiva que lo arengaba a seguirle con sus burlas, una figura de forma y voz femenina que se presentó en medio de un camino solitario, inmóvil y con la mirada fija en él. 

Gabriel la persiguió, presa de un impulso incontrolable. Ahora se hallaba en un lugar desconocido, no recordaba la forma de aquellos árboles que se erguían amenazantes, tampoco reconocía la pared de roca frente a él ni lograba evocar un lugar así en aquel bosque que conocía desde niño. Estaba viendo que su noción de la realidad se desmoronaba con cada paso; dentro de sí surgían infinidad de preguntas que no sabía cómo responder ni tenían explicación, al menos no una que tuviera sentido. Sentía que cada paso en dirección a aquella pared lo llevaría a su perdición, sin embargo, como un insecto que es hipnotizado por la brillantez de una llama, así se dejaba guiar hacía una inmensa puerta que se abrió automáticamente ante su presencia. 

La voz femenina le llamó desde el otro lado con una voz antigua que Gabriel de alguna manera reconocía; había escuchado aquella voz antes, no en un lugar específico, al menos no en esta realidad; aquella voz pertenecía a la profundidad de sus sueños. 

Dio un paso al frente y el suelo perdió su firmeza, pero no cayó a ningún abismo, simplemente dio otro paso y continuo su camino. La voz parecía extinguirse, pero el siempre lograba distinguir su timbre.

Pronto, unas pequeñas chispas se hicieron presentes en la inmensa oscuridad y la voz dejo de llamarlo definitivamente.

Ahora era otra la voz de quien le hablaba; recordaba esa voz. Desde un ángulo ficticio o irreal observó a su compañero del aserradero frente a una fogata y con una copa frente a él. Podía escucharlo hablarle, aunque en ningún momento lo observó mover los labios. Se acerco a él, quiso tocar su hombro, pero su cuerpo se precipitó sobre él como el viento en las ramas de un árbol. La copa tintineo y se movió ligeramente.

Recordó las explicaciones lógicas que había tratado de evocar en el pasado, pero nada se hacía presente. Siguió caminando; pronto se dio cuenta que su cuerpo se volvía cada vez más ligero. Necesitaba encontrar su casa, necesitaba regresar a su hogar, así que marchó hacia allí, con temor de olvidar lo poco que aún recordaba.

Pasó algún tiempo antes de llegar ante la puerta, sin embargo, no fue capaz de girar el picaporte, algo estaba mal, algo era antinatural.

Cruzó la calle y se sentó bajo los arbustos. ¿Sería posible que hubiera olvidado cuál era su casa? Permaneció un rato en ese lugar, acechando.

La puerta se abrió, era su casa, finalmente, y se recordó a sí mismo, aquel mismo día, saliendo a la calle y contemplando el camino, mientras los perros aullaban. Pero aquel hombre ya no tenía sus facciones.

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 021

 La salud de las arañas

Alexander Padrón García Claudia Paradeda 

& Sergio Gaut vel Hartman


Instalación inmersiva de Tomás Saraceno

La habitación era claramente siniestra, valga el oxímoron. El cielorraso parecía estar a tal altura que solo podría alcanzarse utilizando un avión y la población de arañas debía ser semejante a la de China, si me guío por la cantidad de telarañas que colgaban formando una espesa red. La ventilación brillaba por su ausencia, ya que la única ventana, demasiado pequeña, estaba cerrada, casi diría soldada, y protegida por un nudoso enrejado. Sobre una mesa vetusta, en uno de los rincones, una lámpara lanzaba una luz amarillenta que proporcionaba la escasa claridad del ambiente, solo acrecentada un tanto porque Hertzfeld portaba una potente linterna en su mano izquierda.

No obstante, una vez acostumbrada la vista a la penumbra, pude divisar, sentado en un sillón tapizado con una marchita pana de color indefinible, a un hombre vestido de negro, de avanzada edad, si me guío por la abundante y canosa cabellera. Su rostro estaba envuelto en sombras, como casi todo en aquel aposento, y tardé algunos segundos en registrar sus reales características anatómicas. No era viejo, en absoluto, quizá no había llegado siquiera a la cuarta década de vida, pero la expresión de sufrimiento que expresaba aquel rostro, acrecentado por el hecho de que el hombre carecía de piernas, me ubicó de inmediato en el objetivo de Hertzfeld para llevarme a ese lugar.

—Le presento al doctor Victor Bergssen —dijo mi colega.

—¿Para qué lo trajo, Hertzfeld? —graznó el lisiado con voz áspera—. ¿Cree que yo estoy interesado en compartir mis descubrimientos con esta… persona?

Sentí un rechazo que no pude disimular, seguramente mis feromonas me delataron. Yo necesitaba que me revelara sus descubrimientos para la evolución de mis propias investigaciones que habían quedado estancadas en una laguna sin salida. Lo siniestro del lugar, el aspecto fantasmagórico del sujeto, ese universo de arañas que sentía amenazante, me hacían dudar entre huir espantado o afrontar mis terrores.

Cuando el hombre fantasma levantó su mirada hacia la población de arácnidos, comprendí todo. La decisión era de ellas, las que determinarían si era digno de conocer sus secretos.

Ya nada podía hacer, ni huir, ni rechazar lo que se precipitaría, debía someterme a la gran prueba. Ante su mirada, como si fuera una orden o una convención entre ellos, cayó sobre mí un ejército de arañas que recorrieron todo mi cuerpo. Primero quedé estático, el pánico me paralizó. Luego, de a poco, fui sintiendo las vellosidades de los cuerpos y patas de las arañas como algo agradable. Comenzó una comunicación erótica, sensual entre ellas y mi piel. Las arañas, el hombre fantasma y yo, éramos casi un solo ser.

—A usted, ¿qué más le da quien sea? —farfulló Hertzfeld, mientras dejaba la linterna sobre la mesa y tomaba al lisiado en andas—. ¿Servirá? Esa es la pregunta que importa ahora.

Los artrópodos se apartaron un instante de mi rostro, mientras Victor me miraba —no sin cierto desdén— de arriba abajo. Su boca hizo un mohín de desprecio y chasqueó los labios, pero asintió desde los brazos de su asistente.

—Un poco bajito para mi gusto, pero el tiempo apremia y supongo que, por unos días, habrá que conformarse.

Las arañas respondieron a una orden mental y anudaron mi cuerpo en apretados hilos de seda. No hubo dolor, mientras enterraban sus quelíceros en mi piel y me llenaban de saliva paralizante. Tampoco cuando hicieron torniquetes sobre mis muslos y sesgaron mis piernas con una precisión quirúrgica. Mientras las arañas tiraban de mi cuerpo mutilado hacia la maraña de hilos en el techo como una vulgar marioneta, contemplé con horror cómo Hertzfeld sostenía al doctor sobre mis extremidades cercenadas. Una miríada de pedipalpos cosió mis piernas a sus muñones y, antes de que me hubieran izado totalmente, vi a Victor Bergssen hacer una cabriola con sus nuevas zancas.

Ahora, mientras espero que los jugos digestivos de sus pupilas terminen de licuarme y contemplo los esqueletos de sus anteriores víctimas, me pregunto con curiosidad y una extraña paz —la misma de la polilla que cae en la telaraña— que tal le habrá ido a Víctor en la entrega de los Nobel de medicina.

miércoles, 1 de junio de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 020

Toca para mí

Marcela Iglesias

Dora Gómez Q & Débora Mayol Parodi

 


Un profundo silencio lo rodeó. Estaba ahí, de pie, frente a tanta gente. Un chorrito de sudor comenzó a deslizarse por su frente. Su cuerpo temblaba, como si de repente todo el frío del mundo le hubiera calado hasta los huesos. Su delgada figura se hacía más alta con aquel frac negro y ese corbatín, que ella había escogido y amenazaba con dejarlo sin respiración.

En esos instantes, que se hacían eternos, pensó en todo lo que había pasado para llegar hasta ahí: las largas noches sin dormir, los carnavales sin fiesta, los fines de semana sin salir y cómo ella siempre estuvo ahí, haciendo los mismos sacrificios.

Y de pronto, un estruendo rompió el silencio que comenzaba a hacerse aterrador, al principio fuerte y sonoro y con el paso de los segundos comenzó a escucharse como lluvia fresca de verano. ¿Qué era ese sonido? No podía pensar, hasta que se dio cuenta que eran ¿aplausos? ¡Sí! Aplausos para él, todo el público de pie ovacionando una interpretación perfecta. El solista del año.

No cabía en sí de la felicidad. Y quiso compartirlo con ella; con angustia comenzó a buscarla entre la gente que aplaudía. Escudriñó la sala buscando su sonrisa de orgullo, su mirada altiva, su pecho henchido de los más maravillosos sentimientos hacia él. Estaba arrepentido de no haberla buscado al salir al escenario. Habría mirado directamente hacia donde estaba, se habrían amado con los ojos como cada vez que ella asistía a los ensayos. Le habría murmurado “toca para mí” antes de empezar, y él habría leído sus labios entendiendo esas tres palabras… Pero no lo hizo, estaba tan abrumado por este concierto que olvidó lo más importante.

Y ahora, no la encontraba entre el público. Empezó a sentir angustia. Se preguntó ¿dónde estaba? acaso en medio la rigurosidad de los preparativos, de las corridas por los imprevistos se olvidó de ella. En medio del escenario, agradeció los aplausos y sonrío para el público que lo alentaba. Levantó las manos en señal de victoria cuando las luces lo cegaban y el telón comenzó a deslizarse. Se fue caminando despacio hacia el camarín, saboreando el éxito y esperando que ella estuviera esperándolo como siempre. Que su abnegada esposa lo felicitara.

Había mucha gente que quería abrazarlo, el productor del concierto y gente cuyos rostros no conocía. Entró al camarín que lucía tan vacío como su corazón. Las flores recibidas descansaban en un jarrón junto a una nota. Pensó que eran del público y le restó importancia. Tomo un vaso de agua que no pudo aliviar el nudo que sentía atorado en medio de su garganta. Salió a los pasillos y les preguntó a los de utilería si la habían visto, nadie sabía nada. Le preguntó a un sujeto que estaba limpiando el piso si había visto a una mujer salir de su camarín, pero tampoco obtuvo respuesta.

Con un sabor agridulce volvió sobre sus pasos, se sentó frente al espejo y en ese instante santo recordó sus inicios como una secuencia interminable de flashbacks que se sucedían en la mente: el recuerdo de su madre cuando lo llevaba al conservatorio, recordó el día que debió abandonarlo por empezar un trabajo para ayudar en su casa, el día de verano en que la conoció y le contó su sueño mientras disfrutaban un helado a la salida de un recital … Y lloró con amargura, porque su compañera no estaba. Luego de un buen rato, se secó las lágrimas y tomó la nota. Reconoció inmediatamente su letra, no tuvo dudas. Era una carta de despedida.

¿Recuerdas que siempre te pedí que toques para mí? Fui ingenua. Tú siempre has tocado para ti. Y estoy segura que hoy ni siquiera me habrás buscado entre el público para darte el apoyo de mi mirada, de mi pedido suplicante “toca para mí”. Porque hoy es tu noche. Pero no es solo tu triunfo, también lo siento mío. Sin mí no lo hubieras logrado. Así como las mujeres amas de casa mantienen el hogar, porque sin su trabajo nadie podría ir al colegio o al trabajo en tiempo y forma así, si yo no hubiera trabajado en tu autoestima seguirías con el pánico escénico y no te conocerían más que tu madre y yo. Disfruta tu éxito. Es efímero. Me voy a desintoxicar de ti y tus niñerías y a buscar mis propios sueños, esos que jamás te interesaron. Ahora empieza lo mejor para ti y para mí. Me fui con el director de la orquesta, que tampoco estará en tu fiesta. Y saludas a tu mamá de mi parte, ¿vale?

 

 

martes, 31 de mayo de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 019

Arquitectos 

Laura Irene Ludueña

Mia Cara & Alejandro Bentivoglio

 


El crepúsculo parecía alargarse demasiado, así que fuimos a caminar sin un rumbo fijo. Nos sorprendió encontrar una cabina de teléfonos. Parecía raro que en la época de los dispositivos móviles aún quedase algo que pertenecía a un pasado casi prehistórico. Pero allí estaba la cabina con su gran teléfono con ranura para colocar monedas y la guía telefónica sobre una pequeña repisa de vidrio. Federico dijo que quería saber si tenía tono. Así que se acercó y levantó el tubo. Dijo que sí. Lo miré sorprendido. ¿Alguien todavía llevaba monedas encima?

Federico colgó y me dijo que podríamos ir a algún bar a conversar un rato. Pero en ese momento el teléfono comenzó a sonar. Nos miramos como dos astronautas que se dan cuenta que están en el espacio y que allí todo es infinitamente descabellado.

Mi amigo se volvió a acercar al teléfono. Le dije que lo dejara, pero tampoco yo estaba muy convencido. Levantó de nuevo el tubo y dijo un tímido “hola”.

—Buenas noches —dijo una voz. El sonido era tan fuerte que yo podía escucharlo. Federico alejó un poco el tubo de su oreja y los dos permanecimos en silencio—. ¿No pueden responder a mi saludo? —agregó la voz—. Eso es una verdadera descortesía. Más tomando en cuenta todas las molestias que me he tomado para llamarlos a un lugar tan alejado y midiendo las probabilidades de que aceptaran contestar.

—¿Quién es usted? —preguntó Federico.

—Aquí yo hago las preguntas —contestó la voz al otro lado del teléfono y continuó—: ustedes no saben quién soy yo, pero yo si sé quiénes son ustedes. —Federico y yo nos miramos sin pronunciar palabra—. ¿Hacia dónde van? —preguntó luego. El tono de voz cambió; ahora se oía diferente, no podíamos distinguir si la voz era masculina o femenina.

Federico se toco la cara como si estuviera buscando una respuesta.

—Estamos dando un paseo —contesto débilmente.

—¿Salen a caminar a medianoche? —dijo la voz, que ahora sonaba decididamente femenina.

—¿Medianoche? —exclamamos asombrados al mismo tiempo, ya que aún había luz. Como si nos estuviera viendo, además de oyendo, dijo:

—Esa luz que ven no es la realidad.

Ahora sí que estábamos confundidos y nos preguntamos quién estaba del otro lado del auricular. Como por arte de magia la oscuridad cubrió el día y se hizo de noche, como si las palabras de la mujer en el auricular fueran una orden. Federico lanzó el teléfono con furia, mientras yo me preguntaba cómo era posible que de pronto hubiéramos pasado del atardecer a la medianoche. Sin pronunciar palabra y sin pensarlo dos veces nos abrazamos; un temblor recorrió nuestros cuerpos.

Para no ser escuchado, Federico acercó sus labios a mi oído y balbuceo algunas palabras. Pero ¿por qué tal acción? Si estábamos solos… ¿solos? me pregunté.

—¿De quién es esa voz? ¿Nos están siguiendo?

La voz, que volvía a ser masculina, pronunció tres palabras.

—Soy el Arquitecto. —Y luego de una larga pausa, agregó—: preparo a la especie humana para transportar a sus mejores ejemplares a otro planeta donde “vivirían felices para siempre”.

A continuación, para demostrar su poder, provocó insólitos efectos lumínicos en el cielo que semejaban auroras boreales. Cosa imposible porque en esta parte del planeta no ocurría jamás esa clase de fenómenos.

Como estudiantes de ciencia, debíamos revertir la idea de que alguien tendría poder para hacer algo semejante. Sin embargo, ya habíamos sido testigos de una situación increíble, como la aparición de una anacrónica cabina telefónica y un llamado desde… ninguna parte, o por lo menso desde ningún lugar que pudiéramos localizar.

—La gente quiere ser feliz —señaló Federico—. Eso es cierto. Por eso creerá cualquier cosa que se lo asegure

—¡La felicidad no tiene que depender de un agente externo! —alegué—. Entiendo que lo creerán, si somos convincentes y categóricos, pero no podemos permitir que los engañen, nadie puede hacer milagros ni asegurar la felicidad. No existe una vida llana. Estamos aquí para aprender, evolucionar, transformarnos, y los procesos negativos son las herramientas que nos permiten crecer. Los problemas de los humanos debemos resolverlos los humanos.

En esa discusión estábamos cuando de pronto el cielo se tiñó de ondas rosas, verdes y púrpuras. La belleza del espectáculo era tal, que sentimos que el corazón latía más rápido. Nos miramos y entendimos que, si una promesa era precedida por semejante visión, lo siguiente, no podía ser más que maravilloso. Contar con algo que nos deje expectantes genera esperanza. No sé si el Arquitecto lo había entendido, pero nosotros ahora, sí. En ese momento tuvimos la convicción de que la esperanza que podríamos darle a los miembros de nuestra especie, usando la ciencia y la razón, valía más que cualquier explicación fantástica o sobrenatural.

Tomé el tubo y le hablé al Arquitecto.

—No necesitamos tu ayuda ni tu supervisión. Podemos solucionar problemas que nos afligen por nuestros propios medios; nosotros también podemos ser arquitectos. —Y corté la comunicación.

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 018

 

Los cuentos de la vieja Hildy

Alejandro David Castro

Oscar De Los Ríos & Sergio Gaut vel Hartman

 


Atravesamos el arroyo, que no debía tener mucho más de veinte centímetros de profundidad, y tras patinar un poco en la barranca, alcanzamos el terraplén. El sendero corría paralelo al curso de agua y estaba flanqueado por un pastizal. Trepamos la colina y muy pronto estuvo a la vista la casa de Hildy Sturgeon, la vieja escocesa que solía contarnos historias de aparecidos y muertos vivos.

—Ya no somos niños, José —dijo Mirna, que había estado en desacuerdo con mi idea de hacer aquella visita desde un comienzo.

—No está mal recuperar la niñez —repliqué—. Y lo más interesante es que si la casa existe la vieja aún debe estar viva.

—Entonces debe tener más de cien años —acotó Francisco, feliz de habernos acompañado. Siempre fue el más imaginativo del grupo, y según afirmaba, los cuentos de la vieja Hildy lo habían impulsado a convertirse en escritor.

La vieja cabaña de troncos se levantaba solitaria en la cima del cerro donde nacía el arroyo que acabábamos de cruzar, a un centenar de metros del barranco. El viento norte nos dejaba sentir una brisa suave, que traía el olor a la torta horneada por la vieja Hildy.

A pesar de la protesta de Mirna, y más allá de la felicidad de Francisco, yo tenía mi propio motivo para que estuviéramos allí, ese día. Apuré el paso, acelerando hasta derivar en carrera.

—El último en llegar a la puerta llama a la vieja y le pide que narre un cuento —gritó Francisco, pasando como una tromba a mi lado.

Mirna, tras lanzar un alarido, comenzó a correr como si el diablo le pisara los talones.

Francisco y yo frenamos unos metros antes, pero Mirna, sin poder detener la carrera, dio de bruces contra la puerta que cedió ante la embestida, quedando desparramada en el suelo de la cocina. La puerta nunca tuvo tranca ni llave, la fama de bruja protegía a Hildy. Nadie se hubiera atrevido a irrumpir sin permiso.

Nos miramos intercambiando una sonrisa cómplice. Hay cosas que, por más que pasen veinte años, no cambian.

—Despacio muchacha, ya dije que te puedes lastimar.

Fue como si el tiempo no hubiera pasado, volvimos a ser niños otra vez. Aunque la habíamos escuchado mil veces, la voz cascada de la vieja Hildy, nunca dejaba de sorprendernos. Sabíamos que sonaría vibrante y aterradora durante el transcurso de la narración de una historia.

Mientras Mirna se incorporaba, Hildy, golpeando las tablas del piso con su bastón, nos indicó que pasáramos.

—¡Queridos muchachos! Los estaba esperando. —Mirándome de frente continuó—. Veo que cumpliste, José, y estás aquí para escuchar la continuación del cuento que estaba narrando el día en que viniste solo —y sus ojos refulgieron con malicia al decir—: Imagino que ya les habrás contado a tus amigos la primera parte.

Sentí las miradas inquisidoras de Mirna y Francisco como látigos que castigaban mi espalda.

—Sinceramente, no me atreví, y esperaba que te hubieras olvidado de esa historia —atiné a contestar justificando mi cobardía.

—Sin embargo, hoy es el día y tú lo sabes; has venido acompañado, como te lo pedí; hiciste bien, pero deben saber que también puede ser una mala interpretación de una mente vieja y cansada como la mía.

Con un ademán nos invitó a sentarnos mientras se perdía en la habitación contigua.

—¿Qué es esa historia que no nos contaste, José? —susurró Mirna. En la pregunta de se notaba cierto reproche e indignación por mi actitud—. Me da mala espina todo esto.

Tal vez debía haberles contado qué haría, o desistir de la visita, pero el presente era otro y ahora debía sincerarme y decirles la verdad.

—Hace cinco meses atrás, Hildy me contó la triste historia de la pequeña Katy que asesino a su familia luego de volver del colegio, sin que hubiera motivo alguno para semejante atrocidad. —Un silencio perturbador se percibió en el ambiente mientras esperaban expectantes que continuara con mi relato—. Hace ya más de setenta años, en estas mismas colinas sucedió la trágica historia de los O'Donnell a la que Hildy hace referencia, los cuerpos se encontraron en su dormitorio sin señales de haber ofrecido resistencia alguna, con profundos cortes en sus gargantas mientras que Katy, la única hija del matrimonio, fue hallada en estado de shock con una cuchilla ensangrentada en las manos.

—¡Vamos, hombre! —acotó Francisco levantándose de su silla y agregando con cierto tono burlón—: ¿No creerás que las historias macabras de Hildy son verdaderas? Es bien sabido que posee una frondosa imaginación, pero esto lo supera todo.

—Espera, hay más todavía, no termina ahí la historia.

—Vamos, José, ¿qué estamos haciendo acá? y… ¿qué es eso del día? —replicó Mirna.

Con un ademán les indique que hicieran silencio en el preciso momento en que regresaba la anciana.

—¿Los pusiste al corriente de mi relato?

—Sí —balbuceé—. No están demasiado felices de que los haya traído engañados hasta tu casa.

—No es engaño —dijo Hildy moviendo una mano por encima de su cabeza. Fue un gesto enigmático que no pasó inadvertido a Mirna y Francisco—. Y la historia de Katy O’Donell no es ficticia, aunque lo sea el nombre.

Marcia se frotó las manos, muy nerviosa, y Francisco empezó a buscar un punto de fuga. Yo esperé que mis palabras los tranquilizaran.

—Katy es muy hábil con el cuchillo. No les dolerá casi nada.

 

 

 

 

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 017

El mundo de Luisa

Víctor Lowenstein

Gabriela Vilardo & Hernán Bortondello





Aún no clareaba cuando la alarma del celular comenzó a sonar monótona e insidiosa. Luisa, que disfrutaba del sueño de sus sueños, percibió con disgusto la intrusa insistencia. Sabía lo que significaba pero trató de ignorarlo. Por un rato defendió con los dientes apretados la realidad que no quería abandonar. Sin embargo, ese martilleo sonoro cortaba sus amarres y se dio cuenta con que no podría aferrarse por más tiempo al onírico edén. Con forzada resignación comenzó a soltar la mano amada, lentamente, aprovechando hasta el final el contacto con su piel.

Ahora estaba despierta pero no abría los ojos. Sabía que tras las delgadas cortinas de sus párpados se desplegaba otro escenario: el de una vida no querida. ¡Vamos que llegás tarde!, se dijo aferrándose a la tristeza para enfrentar un nuevo y solitario día.

 Había terminado la jornada tras las rutinarias tareas en la fábrica de calzado. Mientras marcaba en su tarjeta la salida y pensaba, abstraída, que solo le restaba el viaje en subte, llegar al departamento, ducharse y cenar. Después, con esperanzas renovadas, apagaría temprano la luz de su dormitorio e intentaría volver a encontrarse con él.

Esta vez, al escuchar el ringtone del despertador, se revolvió rápido apartando la frazada y levantándose en un solo movimiento. Quería olvidar pronto que había dormido inútilmente: toda la noche lo había buscado sin éxito. Caminó descalza hasta el baño y el piso helado bajo sus pies no solo la espabiló sino que le hizo saber contundentemente que ella pertenecía a ese lado de la frontera. Así de simple, aunque quisiera abandonar para siempre la vigilia para ser feliz.

Esa horrenda mañana lloviznosa, mientras descendía las escaleras del subterráneo, resbaló en un escalón mojado y habría tenido una mala caída si aquellos férreos dedos no la hubiesen sostenido.

Miró para abajo en ese intento de parar una contractura de cuello de esas que provocan los intentos de caídas y supo que el mundo en la vigilia no era tan desagradable a pesar de las apariencias. Ese segundo de ignorar cómo y dónde terminaría en el que se pasaron escenas funestas como una película aburrida, fue interrumpido cuando vio un par de zapatos pelados en las puntas. Los zapatos del dueño de su salvador, de no ser ella protagonista de capítulos en ambulancia con ruido ensordecedor, hospital, tal vez una probable operación, con recuperación lenta en soledad y con la ayuda de algún vecino solidario de vez en cuando. Levantó la vista y un anciano le sonreía desde su lugar de estar más allá del bien y del mal. No tuvo más que palabras de agradecimiento para el señor que la invitaba a bajar. Los dos subieron al mismo subte. Luisa todavía temblaba y comprendió que su día había empezado mal, sin embargo, respiró hondo y dijo: “no tan mal, Luisa. Pensá. Se sentó. El hombre, a su lado.

 —Me salvó de un golpazo —dijo el hombre sonriendo. Pasaron varias estaciones. Luisa no bajaba en ninguna. El señor, tampoco.

—¿Hasta dónde va? —preguntó Luisa.

—Hasta donde vaya usted. Sepa que el que camina y anda es el que corre estos riesgos. Si usted estuviera arropada en una cama seguro que no hubiese resbalado de la manera en que lo hizo.

Luisa pensó si había maneras para resbalarse. Incisivo el comentario, reflexionó.

—¿Cree que en cinco segundos pude haber planificado la posición en la que iba a caer?

El hombre rio.

Ella quiso reír a la par del desconocido, pero su boca empezó a llenarse de agua. Despertó a tiempo, antes de ahogarse en su propia bañera. Los ojos –bien abiertos ahora– pugnaban por atrapar cierto instante… volvió a bajar los párpados, y en un último rebozo de sueño en el que su mano creyó aferrar la calidez de la mano soñada, los dedos solo encontraron el frío de la losa. Debía haberse duchado; el baño de inmersión era peligroso por la noche. ¿Qué hora sería? Luisa se obligó a despabilarse y emerger del agua. Experimentó el déjà vu de un piso helado bajo sus pies; se envolvió en una toalla, y aferrada al marco de la puerta atisbó el reloj de pared de su cuarto.

¡Medianoche ya! ¿Cuántas horas pudieron pasar desde lo sucedido en el subterráneo? El hombre amable y misterioso que… ¿habría sido real?

Recordó un resbalón, no mucho más... Su memoria hilaba escenas inconexas entre espacios vacíos…

Aún no clareaba cuando la alarma del celular volvió a sonar, monótona, insidiosa. Luisa debió soltar la mano que aferraba en sueños ante el insistente ringtone. Con resignación se dispuso a enfrentar otro día más.

 

El parpadeo llegó junto al manotazo de su compañera de trabajo frente a la máquina troqueladora de suelas. ¡Luisa, no te duermas! Ella apartó las manos de los peligrosos filos de acero y puso toda su atención en su labor… en tanto su mente confundida se interrogaba acerca de aquellos desajustes constantes en su percepción. Acabada la jornada laboral, Luisa marcó tarjeta pensando en sus riesgosos descuidos. Afuera llovía. Aún debía abordar el subte, caminar hasta su casa, ducharse, comer algo y dormir. Mientras descendía, resbaló en un escalón mojado, luego hubo una mano sosteniéndola…

Luisa alzó la mirada, pero no vio nada. Un supuesto rostro se diluía en un mar de colores… el sueño la llamaba, la mano la soltaba y ella se perdía, se perdía en un vacío hecho de sensaciones extrañas.

martes, 24 de mayo de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 016

La partida

Alejandro Bentivoglio, 

Georgina Montelongo & Dora Gómez Q


El primer misil cayó en el medio del pueblo, pero no explotó. El segundo y el tercero pasaron bastante lejos. Los pobladores se acercaron al enorme armatoste clavado en la casa de uno de los más viejos habitantes que allí vivían y trataron de ver si la familia estaba bien.

—Sí, estamos bien —dijo el anciano Wilson—. Es solo… esta cosa que hundió la casa.

En verdad, el misil era un asunto bastante grande y siempre cabía la posibilidad de que se decidiera a explotar. Pero Wilson no quería llamar al ejército. Estaba a mitad de una partida de ajedrez y aseguraba que tenía todas las de ganar. Y eso no era algo que ocurriera fácilmente cuando se enfrentaba a su archi rival, el anciano Borich, un anarquista que en su juventud había aprendido a jugar al ajedrez y a colocar bombas con la misma fluidez. Wilson dijo que tendrían que esperar. Ninguna protesta tendría efecto. Que esperaran. La partida era esencial. Algunos le dijeron que simplemente se movieran a otro lugar y que siguieran jugando. Pero Wilson se negó. Aseguró que la buena suerte podría abandonarlo si se iban a otro lado.

—Que caiga un misil en medio de la casa creo que no habla de buena suerte —dijo uno de sus vecinos—. Además, la suerte no tiene nada que ver en el ajedrez, es un juego de estrategia.

—¡La estrategia también se ve afectada por la suerte! —exclamó Wilson, dando a entender que nada iba a hacerlo cambiar de opinión.

Aunque sonaban las sirenas anunciando que más misiles caerían en breve, Wilson trataba de no perder la concentración para adelantar en su mente la próxima jugada. Alrededor del misil sin explotar caían pedazos de mampostería, la araña colgaba del techo por un solo cable, producto de la onda expansiva de los misiles que sí habían explotado. Sin luz y ante la proximidad de la noche, se podían oír las voces alteradas de la gente que corría hacia los refugios, mientras Wilson creía aproximarse el final, absorto y ajeno al entorno. Hasta entonces estuvo haciendo movidas de espera sin poder pensar una estrategia efectiva por los gritos de advertencia para que se vaya de allí y continúe la partida en otro sitio. Pero ahora había logrado atraer al rey adversario a una zona del tablero en la que le resultaba muy difícil defenderse. Borich, aunque advertía el peligro no podía salir de esa posición, pensaba Wilson. Y en su imaginación los gritos de la gente que provenían del exterior eran el rumor de exclamación aprobando su jugada, de un público inexistente. Ni la araña a punto de desprenderse sobre su cabeza, ni el silbido de misiles cayendo, ni la probabilidad de que pudiera estallar el que decoraba su casa lo iban a distraer. Se sentía con suerte, este era su día y no se lo podrían arrebatar, aunque veía con extrañeza al viejo Borich que sonreía enigmáticamente.

La mirada de Wilson se clavó en el misil. Cerró los ojos, y al abrirlos, sonrió como no lo había hecho en años. ¡Ahí, en su cabeza, estaba la jugada que necesitaba para derrotar a Borich! El movimiento era arriesgado, tenía que mover con mucho cuidado a su dama, pero si lo hacía a la casilla correcta, el triunfo sería suyo. Una excitación fuera de toda lógica se adueñó en segundos del cuerpo de Wilson y lo hizo dar vueltas en círculo alrededor de la vivienda. Alzaba los brazos y reía al mismo tiempo. Era como si aquellas voces que al principio escuchaba rogándole que se salvara, ahora estuvieran a espaldas suyas alentándolo a que hiciera ya el movimiento.

De pronto y en medio de su delirio, Wilson quedó de frente al misil. ¡Sí, ese armatoste que había llegado a instalarse en su casa sin avisar, era el que le había dado suerte! La estrategia también se ve afectada por la suerte, recordó. Y antes de hacer el movimiento en el tablero, decidió hacer uno más. Se abrazó al misil con tal fuerza y excitación, frotando su cuerpo con frenesí, que hasta una erección le provocó al viejo.

Nadie supo lo que pasó en esos minutos, la gente solo escuchaba los ruidos de la mampostería que seguía cayendo. Seguro la araña también cayó del cable. Dicen los vecinos que después de la explosión, no quedó ni rastro de los cuerpos de los contrincantes, pero alguien, en alguna de esas noches posteriores, creyó ver en la penumbra a un hombre viejo y corpulento, muy parecido al viejo Borich, quien caminaba lento y sonreía enigmáticamente.


miércoles, 18 de mayo de 2022

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 015

El carnicero del campo

María Cristina Rolnik

Alejandro Bentivoglio & Sergio Gaut vel Hartman


A Samuel la muerte no solía atormentarlo. Había elaborado con inteligencia la idea de que una vez muerto uno no advierte que lo está, por lo que no hay sufrimiento. Y si no se sufre una vez muerto, ¿por qué sufrir mientras estás vivo? La sensación de que estamos condenados no lo inquietaba. Y fue por eso que, cuando el viejo Igor Chumachenko lo apuntó con su carabina, se limitó a sonreír.

—¿Se propone matarme?

—Sí, te voy a matar —respondió el ucraniano—. Porque si no te mato me vas a entregar, me van a meter preso, y me van a juzgar por cosas… —De pronto Igor advirtió que se estaba yendo de la lengua y no solo se quedó callado sino que, además, apuntó con cuidado para gastar un solo disparo. Pero eso era todo lo que necesitaba Samuel.

—Hay una docena de cazadores de nazis en esas colinas. —Samuel señaló hacia el oeste, donde el sol aportaba un atardecer de ensueño, cayendo sobre las colinas. Colinas doradas, naranjas, finalmente violetas.

Los hombres enfrentados dejaron de mirarse, para mirar el ocaso, pero los cuerpos permanecían en guerra: uno apuntando nervioso y rígido, el otro sin intención de huir, esperando.

Para Samuel mirar el ocaso eran Raquel y Anita agarradas de la mano, la otra manita diciéndole adiós papá, adiós. En los campos de exterminio, al atardecer eran las filas para ducharse. Una fila para mujeres, otra para hombres. Ese día, la ducha de los hombres no funcionó. Por eso él estaba en los bosques de la Patagonia. Ellas no.

Mirar el atardecer para Igor era la nada, escalofríos y ganas de irse de ahí (donde fuere que estuviese). Las sombras, las sombras que lo buscan.

Samuel vio la boca abierta, el sudor sin pausa del ex carnicero del campo, sus temblores. La carabina que descendía lenta, hasta caer al piso.

La oscuridad para ese entonces era total, los enemigos ya no se veían.

Pero Samuel sabía que Igor estaba ahí ovillado, en el suelo, lo escuchaba gemir: luz, dame luz. Por favor no me dejes así. Por favor.

 

Desde que espiaba a Igor, Samuel aprendió que él regresaba a su casa antes del atardecer, se encerraba en el hogar y dormía con todas las luces encendidas, incluso las del patio. Su casa incandescente se veía desde cualquier colina. Nunca salía de noche. La oscuridad. Era eso, entonces.

Samuel se alejó guiándose con la linterna de su celular y cuando se aclaró el bosque, las estrellas también ayudaron. Mientras caminaba escuchó el primer aullido, al que pronto se sumaron otros cantos. Cazadores, murmuró, el carnicero es vuestro.

¿Eso es todo? ¿La historia se cierra con los cazadores cercando al carnicero? ¿Y Samuel?

Samuel volvió sobre sus pasos, porque las historias concluyen cuando deben hacerlo y no cuando quieren. Y ante sí vio lo inexplicable, ¿lo imposible? No había cazadores, no había hombres, no había perros, solo estaba Igor apuntando con su arma sin saber hacia dónde hacerlo. Se sacudía y temblaba convulso. Tenía miedo, pero no era un miedo poético, un miedo surgido de la idea de que algo lo haría pagar por los crímenes que había cometido. No había llegado el tiempo de la reparación, el pasado estaba perdido, el pasado era una construcción que se disolvía a medida que transcurrían implacablemente los días. El miedo que sentía era algo del presente, algo que había descubierto en ese lugar, en ese momento. No había venganzas, ni simetrías. Los horrores son humanos, pero también son de otro orden. De uno secreto y misterioso. Que opera cuando quiere, no cuando debe. Samuel vio unas sombras que se asemejaban vagamente a hombres, que se movían mecánicamente y que aullaban como si no pudiesen tampoco escapar a su destino, a lo que debían hacer. Como si fueran lejanos parientes del Golem. Las figuras rodeaban a Igor y no era sencillo adivinar qué iban a hacer. ¿Matarlo? Samuel se dio cuenta de que las sombras bien podían hacer eso. Que quizás eran animales fantásticos, famélicos, arrojados a un destino prefijado de antemano por una entelequia. Los sucesos no se articulan como en una ficción, pensó. Las cosas solo pasan. Un campo de concentración, un evento fantástico. Un universo indiferente. La muerte. Todo condensado en un paisaje y entre dos hombres que se conocen y que ahora temen esa verdad devastadora. Que justamente no existe verdad, sólo un terrible agujero de absoluta nada que finge encadenar los eventos para luego negar su continuidad.

Pero un mago milagroso puede pergeñar un mural análogo al Guernica, una sinfonía semejante a la Novena, una novela equivalente a Crimen y castigo, sacándolas de un lugar al que Igor jamás podría acceder. La obra maestra de Samuel nació resquebrajada por el dolor y tomó la forma de Raquel y Anita agarradas de la mano, caminando hacia la cámara de gas, una ruta que irreversible antes de que el deseo de Samuel, la avidez, el sueño de Samuel se materializaran a partir de una simple palabra. Todos sabemos que la verdad no existe, pero todos sabemos que nada es más poderoso que nuestra verdad secreta.

—¡Sí! —exclamó Samuel ante el perplejo Igor, y ochenta años se enrollaron sobre el eje de la memoria para compartir el destino de las mujeres amadas.

Ese día, la ducha de los hombres funcionó y tanto Samuel como Igor fueron un agujero de absoluta nada.



LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO - NUEVA SERIE - 014

La isla

Dora Gómez Q., 

Lidia Inés Nicolai & Joyce Barker


Sergio iba entusiasmado y expectante a buscar a Lucy al aeroparque. Meses hablando por el chat, hasta que por fin ella se decidió a venir desde Misiones para conocerse personalmente. Cuando los pasajeros fueron saliendo por la puerta de arribos buscó con ansiedad el rostro de la mujer, que de todos modos hubiera reconocido entre una multitud.

Y ahí estaba ella, con su melena roja y sus ojos azules desmedidamente grandes, como si viviera sorprendida. Llevaba una blusa que dejaba ver sus largos y delicados brazos y un pantalón blanco. Bella. Tal vez un poco delgada para el gusto de Sergio. Arrastraba una maleta pequeña y un abrigo importante colgaba de su brazo. Sus miradas hicieron contacto de inmediato. Se dieron un beso en la mejilla y un aroma muy peculiar impregnó las narinas del hombre, agregando un elemento que, era obvio, jamás existió mientras mantuvieron su relación en el plano virtual.

—Este es la dirección —le dijo ella entregándole un papel—, allí nos esperaba mi familia —agregó. Sergio sonrió. Desde un primer momento le había encantado esa leve dificultad de Lucy para pronunciar algunas palabras en castellano, algo que nunca lo sorprendió, ya que Misiones es un crisol de nacionalidades. Pero se sorprendió al leer las indicaciones; el lugar al que debían ir era una isla en el Delta.

Se sintió avergonzado por tener que llevarla en la lancha colectiva desde la Estación Fluvial de Tigre, y por lugares sin mantenimiento, abandonados y sucios, de constantes conflictos de trabajadores náuticos y protestas de isleños, aunque no era tan grave. Después de todo ella no venía de Holanda.

Lucy habló poco en el viaje. La supuso tímida. Él habló por los dos. Cuando arribaron al muelle los recibieron dos mujeres idénticas a Lucy. Y a poco andar por el sendero que conducía a la parte habitada de la isla, otras mujeres llegaron a recibirlos. Para sorpresa de Sergio, eran todas idénticas. Lucy le presentó a tres de ellas.

—Mi madre —dijo—, y dos de mis hermanas.

Sergio sintió que todos sus músculos se tensaban; se puso en guardia. Pero ¿qué podía temer?

La madre de Lucy             le mostró la isla durante media hora. Además de una profusa vegetación enmarañada y el inconfundible olor a tierra húmeda, no había gran cosa para ver. Finalmente desembocaron en una extraña construcción de forma cúbica de brillante color negro que solo presentaba dos pequeñas ventanas herméticamente cerradas.

La madre de Lucy permanecía en silencio, pero no le quitaba los ojos de encima y cuando llegaron a un conjunto de chalecitos de techos rojos, habló por primera vez:

—Aquí se alojará usted. Una de mis hijas se ocupará de que esté cómodo. —El tono de voz era imperativo y no admitía réplica. En ese momento Sergio tomó conciencia de su intranquilidad. Las preguntas se agolpaban en su cabeza, pero decidió no preguntar nada. Y terminado el recorrido, Sergio cayó en la cuenta de que parecía ser el único hombre en toda la isla.

Comió algo en solitario, servido por Lucy o una de las hermanas, algo que no logró elucidar. Ella misma, siempre en silencio, lo acompañó al chalecito señalado donde pudo ducharse y ponerse un pijama limpio. No estaba seguro de haber vuelto a ver a Lucy desde que habían llegado y eso lo mantenía inquieto. Estaba por meterse en la cama, cuando golpearon la puerta.

—Soy Lucy —se oyó una voz de mujer detrás de la puerta—.Vine a desearte buenas noches.

Sergio abrió y le dio un beso cerca de la oreja y —no supo por qué lo hizo—, la olió: no era su Lucy; el aroma difería. Su olfato era infalible.

—Buenas noches, Lucy…

—Mañana vendré temprano. Buenas noches —dijo sin sonreír, y se retiró.

La había conocido por casualidad, en una plataforma de alquiler de propiedades. Pero simpatizaron de inmediato y siguieron chateando hasta hacerse amigos.

A la mañana siguiente llegó Lucy, Sergio la reconoció al saludarla dándole un beso, pero no pudo evitar preguntarle si había ido a visitarlo la noche anterior.

—Sí —respondió ella sin gesticular. Vestía un holgado mameluco rojo y le entregó otro igual que traía en la mano. Sergio intentó disimular la sorpresa ante su mentira—. Tendremos uno ceremonia de bienvenida en el cubo y todas debemos vestir así. Tonteras familiares… y no preocupes, te quedará bien.

—¿Esto? ¡Es muy chico! —Apenas podía respirar.

Caminaron sobre el barro hasta llegar al cubo. Se pararon sobre una piedra circular: una imperceptible puerta se deslizó hacia un costado y se cerró cuando entraron. Estaba oscuro. Lucy lo llevó algunos metros de la mano. Cuando se detuvo, lo abrazó:

—Agradecemos tu visita y tu vida —le dijo al oído.

Sergio estaba fascinado, pero inmediatamente reflexionó: “¿Mi vida?”, e intentó zafarse de Lucy, pero fue imposible.

El interior del cubo se iluminaba paulatinamente: estaba lleno de mujeres idénticas que lo fueron abrazando también, una a una, con fuerza.

—¡Que la luz entre en ti! —gritaban todas—. ¡Que el círculo sea cuadrado y este, una cara del cubo! —Sergio sintió que perdía el sentido. ¿Me dieron algo?, alcanzó a preguntarse. Cayó.

Cuando recuperó la conciencia se puso de pie, se tocó el rostro y agitó los delicados brazos saludando como si estuviera frente a muchos espejos. El mameluco le quedaba perfecto.